Si Rosario Tijeras fuera al psiquiatra...

Diez reconocidos especialistas analizan los cuadros mentales de esta y otros once personajes de la literatura colombiana para entender cómo asumieron sus vidas de ficción.

FLORENTINO ARIZA, El amor en los tiempos del cólera. Gabriel García Márquez. (1985)

Diagnóstico: Pedro Guerrero, miembro emérito de la Asociación Colombiana de Psiquiatría.

El personaje, hijo único de madre soltera y padre adinerado, manifiesta haberse enfermado de amor en su juventud, y exhibe con orgullo seis blenorragias (rastros de enfermedad de transmisión sexual), huella de sus relaciones con 600 mujeres. Sin embargo, no se observa trastorno mental y se descarta una adicción al sexo. Ariza es una persona normal. Su perenne amor por Fermina Daza (que se consuma después de medio siglo de espera) le produce vómitos y fiebres típicos del cólera, producto de emociones y sentimientos patológicos. Pero, ¿es posible enfermarse de amor? Sí, dice el psiquiatra.

ROSARIO TIJERAS, De la novela homónima. Jorge Franco (1999).
Diagnosticada por Silvia Gaviria, directora del pregrado de psiquiatría de la Universidad CES.

Rosario no conoció a su padre, fue violada cuando tenía ocho años y no se habla con su madre. Carece de figuras ejemplarizantes, lo que ha llevado a que desarrolle un escaso valor por el sentido de la vida. La joven vive en un barrio marginal de Medellín de finales de los 80, donde Pablo Escobar era ‘El Patrón’. Rosario mata por dinero y a pesar de sus traumas y carencias mata con indiferencia y de forma racional. No se mide en riesgos y busca satisfacción de sus placeres inmediatos, se irrita con facilidad cuando alguien la contradice, reacciona con violencia desproporcionada, posee un típico cuadro de trastorno antisocial de la personalidad.

DAVID, La luz difícil. Tomás González (2011).
Diagnóstico: Camilo Umaña Valdivieso, psiquiatra y artista plástico. Fundador de la clínica Isnor.

A David no hay que vigilarlo de cerca. Su figura, de 76 años, no evidencia síntomas de alerta. La melancolía en la que ha caído y la constante reflexión de las desdichas y aciertos del pasado, no son más que el resultado de un duelo: Jacobo, su hijo parapléjico, ha muerto por decisión propia y con la aquiescencia de su familia. Después de muchos años de lo sucedido, David recuerda ese hecho e infinidad de sensaciones se encuentran en su mente. De todas ellas, siempre parece quedar un rezago de melancolía que se transforma en una oportunidad de reflexión. No necesita fármacos ni terapia alguna. Ese duelo y esa claustrofobia que lo represa son una lección de vida. Una lección que lo conduce hacia la luz.

BOLÍVAR: DOS HOMBRES, UN HÉROE, El último rostro, El coronel no tiene quien le escriba, La carroza de Bolívar.
Diagnóstico: Jorge Téllez Vargas, director del área de Neuropsiquiatría del Instituto de Neurociencia de la U. del Bosque.

La compañía del último viaje de Bolívar por el río Magdalena no fue otra que el sentimiento que lo agobiaba hacía muchísimo tiempo: la melancolía. Además de las enfermedades que padecía desde que partió de Bogotá, el “libertador” tenía síntomas de desencanto. Una megalomanía que no logró evitar tras sus innumerables victorias, desembocó en el abatimiento de su ánimo. Y esa tristeza, sumada a un ineludible insomnio, a una energía que parecía inagotable y a un escaso control de sus impulsos sexuales, no pueden generar un síntoma distinto a la depresión crónica. En palabras médicas: un trastorno afectivo bipolar.

LA POBRE VIEJECITA, Del célebre poema infantil. Rafael Pombo. (1867).
Diagnosticada por Noemí Sastoque, jefa del servicio de salud mental del Hospital Simón Bolívar (Bogotá).

Pese a que bienes y criados abundan en su hogar, la paciente se queja de grandes carencias y soledad. Afirma que encuentra una persona distinta a sí misma cuando está frente al espejo y aunque la información sobre el personaje es insuficiente, se especula que padece depresión o demencia. La primera, porque a pesar de tener mucho, la vieja no se preocupa por vestirse, ni bañarse, ni moverse de la cama. Vive en una pereza que se vuelve radical y se mantiene iracunda. La demencia porque no recuerda qué ha comido, olvida lo más reciente y las tareas que tiene. “Pobre nuestra viejecita, ya no recuerda su mundo”

 

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