Steve Jobs: el usuario indeseable

El fundador de Apple, un personaje que fluctúa entre la adoración y la animadversión.

La muerte incita a reclamar nuevos santos y denunciar nuevos demonios. Tras la desaparición de Steve Jobs, una multitud de almas piadosas se lanzaron a exigir su lugar en el panteón de los heroicos semidioses de Occidente, mientras que críticos de oficio afilaron sus garras para revelar la naturaleza perversa del presidente de Apple. Los más anarquistas llegaron incluso a formular que Jobs era un ‘don nadie’ y que Apple es casi irrelevante para la historia de la tecnología. La verdad es que Steve Jobs nunca fue un inventor, ni un revolucionario tecnológico, ni un genio del marketing. No hay uno solo de sus productos tecnológicos que no haya tenido claros —e incluso, brillantes— antecesores; ni una funcionalidad técnica completamente desarrollada por él; ni mucho menos una vida libre de crasos errores comerciales (Lisa, Apple TV, Ping, por ejemplo). Compararlo con Leonardo, Edison o Ford no sólo implica desconocer los procesos propios de la industria tecnológica, sino insultar todo lo que representan cada uno de estos hombres en la historia.

Pero decir que Jobs era sólo un oportunista, que con su carácter tiránico explotó a miles de trabajadores e indujo a masas de usuarios a arrojarse al consumo desmedido de aparatos cuyas funcionalidades son intrascendentes, es igualmente una perspectiva pobre, afectada y moralista. Si Jobs no era uno de esos hombres que donaba la mitad de cada centavo que ganaba, si no era el mejor padre y si no llenaba de elogios a sus empleados, no importa. La moral no puede ser un criterio para medir la relevancia histórica de una tecnología.

Lo cierto es que Steve Jobs era el usuario más exigente, crítico, insatisfecho e influyente que ha conocido la industria tecnológica en los últimos 30 años. Tenía una capacidad extraordinaria para juzgar la utilidad de un producto, pero también para sintetizar funcionalidades y abandonar acuerdos tácitos con relación a lo que un producto debe ser. Y allí radicaba su genialidad. Sí, era un genio, pero más como un jugador de fútbol que como un científico. Sabía qué zapatillas le venían mejor a un jugador para dar un golpe, pero no tenía por qué saber cómo hacerlas. Sin embargo, sí tenía cómo ordenarle a un equipo que lo hiciera. Esto explica por qué hizo de las interfaces su mayor obsesión y uno de sus criterios fundamentales de trabajo: el diseño debía ser un modo de concebir la funcionalidad y de solucionar problemas vitales, y no sólo un elemento cosmético e insignificante. Esto es lo que no le perdonan a Jobs los puristas de la función, aquellos que creen que no importa de qué sea la cuchara mientras permita tomar la sopa. Jobs demostró con todos sus productos que “el diseño no se trata de cómo se ve y se siente algo, sino de cómo opera”.

Muchos olvidan que antes de 1984 los computadores estaban restringidos a usos estrictamente empresariales, científicos y militares. Es cierto que Xerox ideó en los setenta un sistema de interfaz gráfica con íconos y mouse que le permitía a cualquier persona sin conocimientos profesionales darle órdenes sin necesidad de escribir una sola línea de código. Pero también es cierto que sólo hasta que Jobs creó el Apple Lisa, este modo de acceder a las máquinas y darles órdenes no llegó realmente hasta el ciudadano promedio. Usted podrá ser un usuario de Windows que odia a Mac, pero sepa que la concepción misma de las “ventanas” fue popularizada por Jobs. El ingenio de Jobs para exigirle a sus empleados el desarrollo de interfaces amigables, simples e inteligentes no se detuvo en los ochenta. Ya desearía cualquier usuario de Windows contar con las maravillas de Exposé, un sistema que permite saltar entre ventanas y aplicaciones de una manera tan sencilla, como rápida y precisa.

Muchos ingenieros, ‘especialistas’ y geeks detestan precisamente que Apple oculte por completo el funcionamiento de la máquina en un conjunto de íconos y ventanas, pero: ¿tienen todos los seres humanos que aprender códigos para usar un computador? Jobs no inventó la computadora personal, pero gracias a él ahora cualquier persona puede operar una. Otro logro histórico en diseño es el iPod. Algunos dicen: “¡Pero por Dios, es lo mismo que un walkman!”, y eso sólo muestra que nunca tuvieron que cargar 5 ó 10 casetes, ni una maleta con discos compactos. Sólo con la llegada del iPod fue posible simplificar radicalmente la búsqueda de archivos. La rueda del iPod fue una transformación en nuestros modos de manipular un objeto, al punto de que hoy en día muchos equipos de sonido integran la rueda como mecanismo de navegación. Pero también, el usuario tiene la posibilidad de acceder a información de cada archivo: letra, compositor, año de grabación, etc., lo que hace que la experiencia de escucha varíe por completo. Con el iPhone, Jobs produjo un acontecimiento que trastornó la historia de la telefonía. Muchas funcionalidades que antes estaban separadas terminaron integradas, por primera vez, en un solo dispositivo: agenda y libreta de apuntes; lienzo para dibujo; cámara de fotografía y video; reproductor de audio y video; editor de audio, imagen y video; grabadora; calculadora científica; navegador; localizador; control remoto. Miles de aplicaciones permiten soportar todo tipo de actividades. Y nuevamente: todo esto ya existía, sí, mucho de ello, pero Jobs no sólo lo integró, sino que generó un nuevo modo de acceder a la información: tocándola. Y esto no es un cambio menor, pues los ejercicios previos de pantallas táctiles no incluían los comportamientos de la mano como parte de su modo de funcionamiento. Jobs nos puso a tocar las sacrosantas pantallas y, con ello, dio a los desarrolladores una variable más para trabajar: el cuerpo.

En fin, no importa si usted nunca ha tenido un Mac o si no tiene con qué comprar un iPhone, Jobs nos afectó a todos los que manipulamos tecnología. Nos enseñó que, así como la forma de una hoja no es independiente de su función en el árbol, el diseño de nuestras interfaces y aparatos no es independiente de aquello para lo que están destinados. El diseño es conocimiento y, como en todo, hay buenos y malos diseñadores. Steve Jobs no era un diseñador, pero era un usuario lo suficientemente insatisfecho como para exigirles a sus empleados soluciones geniales. Y bueno, eso bastó para transformar nuestro modos de ver y tocar la información.

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