"Tenemos que pasar de la carreta a los hechos"

El codirector del Banco de la República propone crear un impuesto ambiental para las 200 empresas que más emisiones producen.

Dice que fue en los años que pasó visitando campesinos en Perú y Bolivia, ayudando a formular proyectos de desarrollo alternativo, entre los años 1999 y 2002, cuando comenzó a despertarse en él eso que llaman “conciencia ambiental”.

La escasez de agua, la desaparición de bosques, la pérdida de biodiversidad, el lento pero inexorable derretimiento de los glaciares... comenzaron a desajustar en su cabeza las teorías económicas que usaba para entender el mundo.

Regresó a Colombia para ponerse al frente del Ministerio de Agricultura. El cambio climático ya era para entonces un asunto imposible de obviar en el diseño de políticas y en las proyecciones del sector. “Lo que hice fue empezar a estudiar eso. Soy un autodidacta”.

Recorrió buena parte del departamento del Vichada, entre el río Tomo y el río Meta, hasta la desembocadura de ambos en el río Orinoco, pasando por la famosa finca Carimagua, pero también por Gaviotas, una granja que Paolo Lugari constituyó hace más de 20 años para experimentar con tecnologías autosostenibles.

Todo lo que vio y oyó por esos días hizo que germinara una idea: convertir la Orinoquia colombiana en el mayor sumidero de carbón del mundo. Si los países industrializados estaban dispuestos a pagar a otros países para compensar de alguna manera sus pecados ecológicos —las emisiones de gases de efecto invernadero—, pensó que Colombia bien podría usar sus bosques para lavar los pecados ajenos a cambio de fondos económicos.

“Entonces me fui para el Japón. Diseñamos el esquema general del proyecto agroambiental y se lo presentamos a los ministros de economía, de agricultura, de ambiente y al vicecanciller de Japón. Eso se volvió una ola de entusiasmo. ¿Por qué a Japón? Porque ahí nació el Protocolo de Kyoto, que estableció cuotas de reducción de emisiones a los países”, cuenta con cierta nostalgia el hoy codirector del Banco de la República. Sabe bien que el destino de la Orinoquia ahora ha tomado otro rumbo. Una tierra codiciada por su potencial agroindustrial.

Llegó en 2005 su nombramiento al frente del banco emisor. Una época en que muchos de los bancos centrales del mundo comenzaban a incumplir sus metas de inflación.

“Empezamos a ver un fenómeno que llamamos predominancia alimentaria de la política monetaria o predominio de los precios de alimentos sobre la inflación”, explica Cano.

Eso obligó a los economistas a investigar un poco mejor de dónde provenían las perturbaciones. “Empezamos a ver el impacto del cambio climático. Yo me había familiarizado con el tema en el Ministerio. Y entendía que detrás de toda esta alteración de precios de los alimentos se escondía ese fenómeno”. La relación entre economía y medio ambiente era evidente y directa. Los fenómenos climáticos estaban afectando poderosamente la producción de alimentos.

Reconoce el error de su gremio: “en este tema los científicos han ido mas allá que los economistas. Ahora los economistas debemos acercarnos a los científicos”.

Los planteamientos del británico Nicholas Stern lo ayudaron a entender mejor el problema que tenía al frente. En su famoso informe de 2006, el gurú de la economía ambiental dijo que se necesita una inversión equivalente al 1% del PIB mundial para mitigar los efectos del cambio climático y que de no hacerse dicha inversión el mundo se expondría a una recesión que podría alcanzar el 20% del PIB global.

El otro nombre que Cano cita una y otra vez al explicar sus ideas sobre la forma como la economía debe interactuar con la ecología, es otro británico: Arthur Cecil Pigou. “En los años 20 Pigou planteó la teoría de las externalidades. Es decir, aquellos costos que no se incorporaran en el precio final de un producto sino que son asumidos por vecinos o futuras generaciones”. Exactamente el desafío que plantea el cambio climático a la economía global.

“Pero tenemos que pasar de la carreta a los hechos”, dice Cano, bien acomodado en el sillón de su amplia oficina en pleno centro de Bogotá. Es evidente que hablar de esto lo entusiasma. Los economistas que trabajan a su lado se han contagiado y poco a poco se han ido interesando por estudiar los pronósticos de las agencias climáticas intentando buscar instrumentos que guíen de mejor manera la toma de decisiones.

Y aquí vienen las ideas que saliendo de la boca de un banquero resultan provocadoras.

“La propuesta es que no esperemos que la comunidad internacional acuerde hasta el mínimo detalle de un sistema de comercio de carbono. Empecemos ya. ¿Cómo? Identificando las actividades que producen las más altas emisiones de gases de invernadero en el país. Propongo que las primeras 200 empresas paguen un impuesto de carbono. Ya sea por tonelada emitida o al sobrepasar un tope permitido”.

Esas empresas tendrían la oportunidad, como ya ocurre en Europa y dentro del marco del Protocolo de Kyoto, de pagar por compensar esas emisiones. Cree que podrían compensar total o parcialmente ese impuesto promoviendo la regeneración de bosques, conservando el bosque en pie, entre otras opciones.

“Creo que están dadas las condiciones para que el nuevo Ministerio de Medio Ambiente y los de Hacienda y Agricultura inauguren en ese tema”.

Pero hay otro paso que según Cano el país debe dar. Una reforma al impuesto predial. Buscar la eliminación de tantas exclusiones y exenciones que se ofrecen a muchos propietarios. En cambio, otorgar créditos o descuentos a quienes inviertan en proyectos de desarrollo limpio.

Por si fuera poco, y con esto se da uno cuenta de que el asunto lo toma a pecho, el codirector del Banco de la República dice que es hora de que el Estado recupere el manejo del recurso hídrico en el país, especialmente en el campo. “No puede ser que entreguemos el rey de los recursos naturales a intereses privados”.

Las ideas están sobre la mesa. Antes de que la conversación termine, una última pregunta: ¿Estamos ante el comienzo del fin del capitalismo como algunos insinúan? Se toma unos segundos para responder: “Pienso que al capitalismo se le puede salvar como lo hizo John Maynard Keynes. En su época lo acusaron hasta de socialista por plantear una fuerte intervención sobre los mercados. Pero lo que hizo fue salvar al sistema capitalista. Hay que intervenir fuertemente los mercados parapara que las externalidades no nos destruyan”.

Los mercados de carbono

Los bonos de carbono son un mecanismo financiero creado con el objetivo de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en el mundo.

Las reducciones de emisiones se miden en toneladas de CO2 equivalente y se traducen en certificados de emisiones reducidas (CER). Un CER equivale a una tonelada de CO2 que se deja de emitir a la atmósfera y puede ser vendido en el mercado de carbono.

Existen dos grandes mercados. Uno, el mercado regulado, que se creó con la firma del Protocolo de Kioto e impuso ciertas cuotas a los países industrializados que lo firmaron. El otro es el mercado voluntario donde se vende y se compra por iniciativa propia.

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