Terremotos fruto de la actividad humana

Un estudio relaciona un sismo de 5,7 en Oklahoma con la inyección de aguas residuales al subsuelo, en actividades de extracción de gas.

Protesta frente al Parlamento Europeo contra el fracking, un método para la extracción de gas pizarra muy polémico por su impacto al medio ambiente. / Rebecca Harms - Flickr
Protesta frente al Parlamento Europeo contra el fracking, un método para la extracción de gas pizarra muy polémico por su impacto al medio ambiente. / Rebecca Harms - Flickr

Es sabido que la actividad humana tiene consecuencias en el subsuelo, pero pocas tan espectaculares como un terremoto. Un estudio publicado en la revista Geology relaciona un sismo de magnitud 5,7 ocurrido en Oklahoma (Estados Unidos) en 2011, que dejó dos heridos, 14 casas destruidas y carreteras dañadas, con una técnica que se usa en la explotación de hidrocarburos y que consiste en inyectar en el subsuelo el agua residual del proceso. En este caso, el fluido procedía de un pozo de petróleo.

Esta misma técnica es usada para eliminar el agua sobrante del fracking, un polémico método de extracción de gas pizarra (un tipo de gas natural no convencional atrapado en formaciones geológicas de piedra pizarra) que algunos países europeos ya han vetado y cuyos riesgos medioambientales están en discusión en otros.

Los investigadores estudiaron la relación entre la inyección en el subsuelo de fluidos residuales y el terremoto que sufrió la localidad de Prague, el de mayor intensidad en la historia del estado de Oklahoma. Tras 18 años inyectando sin incidentes los fluidos sobrantes de la extracción de petróleo en un yacimiento agotado, el 5 de noviembre de 2011 los movimientos sísmicos empezaron a alarmar a los habitantes de la zona, acostumbrados hasta entonces sólo a los tornados. Al día siguiente se produjo el terremoto de magnitud 5,7, “el mayor de los relacionados con la inyección de aguas residuales”, explica la geofísica de la Universidad de Oklahoma Katie Keranen, autora principal del estudio.

La fractura hidráulica, o fracking, consiste en romper las rocas que albergan los hidrocarburos (gas o petróleo) mediante la inyección a alta presión de un compuesto de agua (99,5%), arena y productos químicos a gran profundidad. El aumento de los episodios sísmicos es una de las críticas habituales a este método. También lo son el riesgo de filtraciones a los acuíferos, las dudas sobre la composición de los productos químicos y el excesivo gasto de agua.

Antonio Turiel, integrante del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en el Instituto de Ciencias del Mar de Barcelona, explica que, al usarse ingentes cantidades de agua, uno de los problemas del fracking es cómo eliminar los fluidos residuales. “Una parte retorna de manera natural a la superficie, pero la mayoría no”. Se pueden reutilizar, construir una balsa para que se evaporen o reinyectarlos en el subsuelo. Las explotaciones de Estados Unidos han optado mayoritariamente por esta solución.

“Lo que sugerimos es que los terremotos sucedieron en 2011 (y uno anterior en 2010) porque se necesitaron casi 20 años para que la presión fuera aumentando lentamente en esa zona”, explica Keranen, que considera que su estudio contribuirá a la preocupación que rodea al método de la fractura hidráulica. “Tanto el agua residual del fracking como la del caso que estudiamos tiene que ser eliminada”, dice. “En ambos casos hay riesgos sísmicos asociados. El tratamiento de los fluidos tras el fracking ha de hacerse de forma segura”, añade.

Ángel Cámara, coautor de un informe reciente del Consejo de Ingenieros de Minas sobre fractura hidráulica, considera que el caso del estudio no es extrapolable: “Se trata de agua usada en una explotación de petróleo convencional que tiene elementos mucho más agresivos que pueden hacer la roca más permeable y que se colapse produciendo el efecto de un sismo”. Y añade: “Además, tiene que haber otros condicionantes geológicos que multipliquen el efecto de la inyección de agua, como una conjunción de fallas. Sin ellos, es difícil alcanzar una intensidad de 5,7”. Estudios muy rigurosos del terreno evitarían estos errores, añade.

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