La triste historia de un ciego que recuperó la vista

En 1959 un trasplante de córnea le devolvió la vista a Sidney Bradford, quien se había vuelto ciego siendo un bebé. La operación, lejos de mejorar su vida, la empeoró drásticamente.

Un elefante, como lo imaginaba el señor Bradford antes de la operación.

Nada parece más simple y natural que el acto de ver: abrimos los ojos y el mundo se despliega magnífico en sus tres dimensiones, admirable en sus detalles, abundante en contrastes, rico en matices, texturas y colores. Y aunque ese remedo ilusorio de la realidad resulte fiel en extremo, no deja de ser una alucinación cotidiana, una extrapolación de la escasa información que se proyecta sobre la diminuta retina de cada ojo.

En la literatura médica se relata la triste historia de Sidney Bradford, un hombre que perdió la vista antes de cumplir el primer año de edad a causa de una queratitis ulcerativa profunda, una gravísima infección de la córnea. En la Escuela Birmingham para ciegos se conserva el registro de ingreso del pequeño Sidney. El documento certifica que se trataba de un niño, ciego para todos los propósitos, no obstante, en el expediente se reconoce su capacidad para reaccionar ante algunos estímulos luminosos.

Según el testimonio de su hermana mayor, el pequeño debió llevar sus ojos vendados durante toda su infancia. No hay evidencia de que alguna vez hubiese visto colores, ni mucho menos que pudiese reconocer objeto alguno. El niño creció como ciego, y aprendió a llevar la vida propia de los invidentes. Era, sin embargo, alegre y despierto. Leía sin dificultad en sistema Braille, y podía guiarse con un bastón. Averiguaba las horas en un reloj de pared cuyas manecillas se encontraban al alcance de sus manos.

En 1959, la cirugía había avanzado lo suficiente como para hacer posible un trasplante de córnea. Apareció entonces una luz de esperanza: a sus 52 años de edad, Bradford sería el primer ciego a quien la ciencia médica devolvería la vista. Las expectativas de la operación dejaron al mundo en vilo: todos deseaban saber qué ocurriría con aquel hombre una vez se removieran los vendajes, abriera sus ojos y se encontrara con la infinita riqueza de un mundo desconocido. Vería por fin a sus seres queridos, a quienes solo conocía por la textura de la piel y la geografía táctil de sus rostros. Podría deleitarse contemplando el atardecer; disfrutaría de los paisajes montañosos, de las nubes, del inmenso mar y vería por fin el Sol, la Luna y las estrellas. Comprendería el significado de esas cualias indefinibles que son los colores; y hasta conocería la verdadera forma de un elefante.

Pero el señor Brooks abrió sus ojos, ya sanos, y no pudo comprender aquello que veía. Su primera impresión visual fue la del cirujano, para él un espectro indefinido del cual emanaba una voz. Más tarde supo que esa cosa monstruosa era una cara humana. Tres días después de la operación vio por primera vez la Luna, aunque creyó estar viendo un reflejo de luz. Para su sorpresa, esa imagen no coincidía en absoluto con la de un cuarto de pastel, como siempre la había imaginado.

El vidente ciego tampoco se sorprendía ante las ilusiones visuales: tras examinar en silencio durante varios minutos una cartulina en la cual se había dibujado la célebre “ilusión de Hering”, en la que se ven dos líneas paralelas que parecen curvarse alrededor del centro de contacto de un haz radiado, manifestó no percibir nada extraordinario. Frente a sus ojos, el famoso cubo de Necker no fluctuaba en apariencia, prueba de sus limitaciones a la hora de inferir la profundidad del espacio.

Ilusión de Hering: las dos rectas paralelas verticales parecen curvarse en el centro.

Cubo de Necker: al mirar con detenimiento la figura, el cubo parece cambiar súbitamente de apariencia.

El universo del señor Bradford era ahora un caleidoscopio de formas en caótico movimiento, sin dimensiones ni profundidad. Los rostros eran para él una sucesión de manchas amorfas, impenetrables, carentes de expresión, siluetas imperfectas que parecían venírsele encima. Las mujeres, antes hermosas, ahora le resultaban incomodas, desagradables, incomprensibles, feas.

Pasó el tiempo y su progreso fue desalentador. Creía, por ejemplo, que podía salir de su casa, no por la puerta, como de costumbre, sino descolgándose hasta la calle por la ventana de su alcoba, ¡situada en un cuarto piso! La simple tarea de calcular distancias sobrepasaba las posibilidades de su cerebro. Desde el balcón de su residencia, la calle parecía estar justo al alcance de sus pies. Esa realidad ininteligible, ese mundo atroz se reducía a una colección de objetos ambiguos, sin fronteras ni orden. Cuentan que nunca cruzó la calle sin antes cerrar los ojos.

Como el señor Bradford, los macacos y los chimpancés privados de todo estímulo visual durante los primeros meses de vida jamás aprenden a ver. Las pobres criaturas quedan ciegas para siempre, aunque sus ojos se encuentren íntegros y sanos. Bajo el microscopio, el examen histológico de la corteza visual revela interconexiones sinápticas incompletas y en extremo pobres. Nacemos con el potencial para desarrollar complejos algoritmos que hacen posible procesar la información proveniente de nuestros ojos, pero un cerebro privado de experiencias visuales durante las primeras etapas de la vida nunca desarrollará esa facultad, y permanecerá por siempre ciego.

Aunque ver nos parezca tan simple como respirar, las ilusiones visuales son prueba indirecta de que no todo lo que percibimos a través de los ojos está presente en el mundo físico. El triángulo de Kanisza, evidente en la figura, es solo una ilusión: basta tapar con las manos dos de las figuras negras para hacerlo desaparecer por completo.


Triángulo de Kanizsa.

Ver consiste además en discernir y reconocer patrones. La existencia de esas complejas rutinas gestálticas puede demostrarse por el hecho de que casi toda persona sea capaz de leer sin la menor dificultad el texto siguiente:

C13R70 D14 D3 V3R4N0 3574B4 3N L4PL4Y4 0853RV4ND0 4 D05 CH1C45 8R1NC4ND0 3N 14 4R3N4. 357484N 7R484J484ND0 9UCH0 C0N57RUY3ND0 UN C4571LL0 D3 4R3N4 C0N 70RR35, P454D1Z05 0CUL705 Y PU3N735. CU4ND0 357484N 4C484ND0 V1N0 UN4 0L4 D357RUY3ND0 70D0.

Para apreciar cuán increíble resulta esta hazaña, basta recordar que el reconocimiento de unas pocas letras distorsionadas (Captcha) es todo lo que se necesita para distinguir en internet un usuario humano de una máquina.

A medida que avanzan la neurología y la sicología poseemos un mejor entendimiento de la manera cómo funciona ese complejo sistema ojo-cerebro. Sin embargo, la más inmediata y natural de las rutinas cognitivas, la visión, permanece todavía, en su mayor parte, en el más absoluto misterio.

Antes de la cirugía, Bradford trabajaba como maquinista. Después de la operación siguió operando sus herramientas como siempre lo había hecho, pero ahora cerrando los ojos. Falleció dos años después. La causa de su muerte se desconoce.
 


 

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