Una maestría para entender la sexualidad

Desde Guaviare y Chocó se han matriculado profesionales en medicina, derecho y trabajo social para investigar durante dos años problemáticas relacionadas con la salud sexual y reproductiva de los colombianos.

Elsa Mariño, directora de la maestría en salud sexual y reproductiva de la U. El Bosque. / Óscar Pérez
Elsa Mariño, directora de la maestría en salud sexual y reproductiva de la U. El Bosque. / Óscar Pérez

¿La menstruación afecta el ejercicio de las nadadoras profesionales? ¿A qué se debe la prevalencia de sífilis congénita en recién nacidos de algunas poblaciones de Boyacá? ¿Por qué en Colombia el condón femenino es tan desconocido, mientras en otros países no sólo es efectivo sino económico? Las respuestas a este tipo de cuestionamientos forman parte de los trabajos de investigación de los estudiantes de la maestría en salud sexual y reproductiva que hace ocho años creó la Universidad El Bosque en Bogotá.

Una apuesta ambiciosa por implementar un programa interdisciplinar que les permitiera a los profesionales que trabajan en este campo adquirir nuevas herramientas para orientar mejor a la población y comprender algunos de los fenómenos y las problemáticas más comunes entre la población colombiana.

Elsa Mariño, enfermera con especialización en salud mental y psiquiatría, y maestría materno-infantil, es la directora. Cuenta que la decisión de implementarla dentro de la oferta de posgrados de la universidad nació de la necesidad de formar profesionales en conceptos y competencias que pudieran apuntar a mejorar la salud sexual y reproductiva de la población.

Médicos, enfermeras, antropólogos y psicólogos participaron en el diseño de la estructura del programa, que dura dos años, tiene una sesión presencial sólo una vez al mes —de viernes a domingo— y un encuentro virtual también mensual para interactuar en foros, recibir asesoría y acompañamiento por parte del docente tutor.

Esta modalidad de estudio se pensó para evitar que la maestría se centralizara y profesionales de diferentes regiones del país tuvieran la posibilidad de acceder a ella. Y ha funcionado. En cada corte se aceptan 10 estudiantes y varios de ellos, destaca Mariño, vienen de departamentos como Chocó y Guaviare, llenos de necesidades de todo tipo y con carencias en el acceso a la educación no sólo escolar, sino relacionada con la sexualidad.

Dentro de las bondades del programa también se destaca el costo del semestre, que en comparación con otras maestrías es bastante económico: $6’800.000. A lo largo de los dos años de estudio, que pueden alargarse dependiendo del tiempo que se tarde el estudiante haciendo la tesis, se abordan tres núcleos.

El primero es de carácter investigativo, le sigue el contexto político, jurídico y normativo de lo que significa la salud sexual y reproductiva en nuestro país, que incluye comparaciones entre diferentes naciones, y está el enfoque biopsicosocial, que aborda el contexto cultural de la sexualidad, la violencia de género y la promoción y prevención en salud sexual y reproductiva.

Finalmente, hay un núcleo relacionado con la gestión, que consiste en formar a los alumnos con miras en que al graduarse puedan implementar proyectos en esta área que realmente tengan una repercusión significativa en la sociedad. Aunque la maestría está dirigida a profesionales de cualquier área, es requisito que tengan algo de experiencia en esta temática y que a través de un ensayo evidencien su interés por profundizar en ella.

La mayoría de estudiantes son abogados, psicólogos, trabajadores sociales, médicos, ginecólogos, psiquiatras y enfermeras. Los docentes, que constituyen otra fortaleza de la maestría, trabajan tiempo completo en la universidad o dictan clases en posgrado y provienen de diversas entidades como ministerios y agencias nacionales e internacionales, lo cual, destaca Mariño, le da una visión más amplia al programa.

El desafío no es sólo seguir atrayendo a profesionales de los rincones más apartados del país, sino propiciando investigaciones y proyectos de largo aliento que permitan comprender las problemáticas en salud sexual y reproductiva que enfrenta el país, identificar falencias y encontrar estrategias para superarlas y hacerles frente a fenómenos preocupantes como los altos índices de embarazo adolescente. En Colombia nacen diariamente 408 niños de padres que tienen entre 10 y 19 años.

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