"Yo imito, no ridiculizo a los personajes": Hugo Patiño

hace 1 hora

Yo estuve en la conquista de un cometa

El 12 de noviembre, la Agencia Espacial Europea registró un hecho sin precedentes: por primera vez una sonda espacial se posó sobre la superficie de un cometa. ¿Cómo recibieron la gran noticia los genios que trabajaron en aquella misión llamada Rosetta? El astrofísico Juan Diego Soler estuvo allí.

Superficie del cometa 67P/Churiumov-Guerasimenko.

“No siempre es así, no todos los años son como este”. Eso decía el hombre con aire de profesor retirado y gafas como fondos de botella que nos hablaba desde su silla a quienes estábamos apiñados en una esquina. La sala estaba a reventar y habíamos renunciado a nuestros asientos cuando comenzaron a llegar los más de cien invitados al evento. En el lobby del edificio esperaban las cámaras de un par de medios de comunicación y se había abierto una sala adjunta para quienes habían traído a sus niños a ver la transmisión de la llegada de una sonda a un cometa por primera vez en la historia.

Desde muy temprano, el trabajo en el Instituto de Astrofísica Espacial (IAS) estaba trastornado ante la inminencia de la llegada de la sonda Philae al cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko, pero esa fecha no llegaba como una sorpresa. Desde el 20 de enero, cuando Rosetta salió de sus dos años y medio de hibernación, la información sobre esta misión empezó a circular por todo el IAS directamente desde el lobby del tercer piso, en donde reposa un modelo a escala natural del Philae.
En mayo habían llegado las imágenes que revelaban que el cometa tenía la forma de un patito de goma y no de una pelota, como se esperaba. En septiembre recibimos las fotos de la aproximación al cometa. Se veía una superficie llena de cráteres y accidentes geográficos que parecía salida de un sueño de Yves Tanguy.

A bordo de la sonda, que en ese momento estaba presta a llegar al cometa, iba el instrumento Consert (que luego produjo las mediciones que se difundieron como los “sonidos” del cometa) y la cámara CIVA, que enviaría a la Tierra las primeras imágenes desde la superficie. Ambos instrumentos habían sido desarrollados en el IAS, a donde yo había llegado hacía más de una año para trabajar como investigador en los datos del satélite Planck. Así, casi por accidente, ese día estaba en medio de uno de los centros de información sobre el que se posaban los ojos del mundo entero.

Mientras se acercaba la hora del aterrizaje, la atención en la sala iba y venía entre las pantallas, entre las conversaciones de pasillo y las presentaciones donde nos recordaban cada paso de lo que iba a suceder cuando Philae tocara el cometa.

El hombre en todas las conversaciones era Jean Pierre Bibring, uno de los creadores de Philae e investigador del IAS, que para ese momento estaba en el centro de control de Darmstadt en Alemania, probablemente con el corazón en la mano luego de que supiera que los propulsores que debían fijar a Philae a la superficie no habían funcionado de manera correcta. Aun así, la misión había procedido y esa mañana la sonda se había separado de Rosetta, el vehículo en el que había viajado durante los últimos diez años.

El reloj marcaba las 4:00 p.m. en París. A 500 millones de kilómetros de la Tierra, Philae ya debería estar posada. Lo único que nos separaba de la gran noticia era la media hora que tarda en llegar la señal desde aquel lugar del sistema solar. La acción sucedía tan lejos de nosotros que una fotografía panorámica tardaría mucho más en llegar. Apenas esperábamos un cambio en las líneas de tipo electrocardiograma que marcaban las señales, para empezar a celebrar.

Los más experimentados recordaban sus expectativas antes de la llegada del hombre a la Luna en 1969. Los más jóvenes recordábamos vagamente el aterrizaje del Mars Pathfinder en 1997. En el otro lado de la sala la tensión en los rostros me hacía recordar las horas antes del lanzamiento de los globos en la Antártica, cuando las mariposas en el estómago se hacían de plomo y un millón de ideas se sienten hervir justo detrás de los ojos.

Comenzaba a caer la noche prematura que trae el otoño en Europa. Desde mi esquina, yo mantenía un ojo en las pantallas y el otro en el teléfono móvil desde el cual había reportado los acontecimientos a El Espectador y a otros medios en Colombia.

A las 4:33 p.m. el rumor de las decenas de conversaciones fue disminuyendo. La sala entró en un extraño silencio. La hora había llegado pero aún no sabíamos nada de Philae. En la pantalla de uno de mis colegas una línea recta en una gráfica se transformó en un pico, y con un salto anunció la llegada de Philae. Después se replicaría en el centro de control de Darmstadt, donde veíamos a los científicos abrazarse y dar vítores. Una ola de felicidad atravesó la sala y todos celebrábamos lo que nos permitía la imaginación.

Mi celular comenzó a vibrar y mientras pasaba a hablar con Gustavo Gómez, de Caracol Radio, yo preguntaba a mis colegas si todo había salido bien y me respondieron con el pulgar apuntando hacia arriba. Con la voz quebrada por la emoción reporté que estábamos en el cometa mientras mis compañeros se sonreían y alguien abría una botella de champaña. Pero mientras repetía una y otra vez que lo habíamos logrado, vi que los colores desaparecían de la cara de quien antes levantaba el pulgar y su mirada ahora se fijaba preocupadamente en la pantalla de su computador.

Lo que sucedió exactamente en el resto de esa tarde sólo lo supimos 24 horas después, cuando las fotografías tomadas por Rosetta revelaban lo que ya se temía a partir de la señales de telemetría. Los arpones para aferrarse al cometa no habían funcionado y Philae había rebotado hasta llegar a casi un kilómetro de la superficie y luego había aterrizado en un precipicio donde la luz no podía alcanzar sus paneles solares, impidiéndole recargar sus baterías.

Mientras las primeras imágenes de la superficie del cometa comenzaban a tomarse los medios y las redes sociales, los científicos de Philae trabajaban contra el reloj para recolectar datos en las 48 horas de energía que aún tenía su batería primaria. Esa es la información que ahora se está analizado y aunque Philae sigue en hibernación, hay grandes probabilidad de que sus baterías puedan recargarse y vuelva a entrar en operación en los próximos meses cuando el cometa se acerque aún más al Sol. La misión hasta ahora ha sido un éxito y los contratiempos sufridos no hacen más que enaltecer el logro de todos los científicos que trabajaron en ella.

¿Qué significa para la humanidad el aterrizaje de Philae? ¿Qué significa un hito científico, un logro tecnológico o un paso más en nuestro conocimiento del universo? Casi un mes después de la llegada de Philae al cometa, la hijita de uno de mis compañeros de laboratorio pasó el día en nuestras oficinas. Se sentó en uno de los escritorios para ponerse a dibujar y sacó de una cartuchera color aguamarina un manojo de lápices de colores y el modelo plástico del cometa 67P/C-G que nos dieron como regalo el día del aterrizaje. A todo el que le preguntaba qué era eso, ella le respondía: “Es un cometa. Donde ya estuvimos”.

* Astrofísico colombiano