La abogada que derrotó a la Policía en el caso del grafitero

Entre amenazas e intentos de soborno, Myriam Pachón ha logrado cinco condenas contra la Policía y sus miembros por el asesinato de Diego Becerra y el intento de desviar el caso. No lo habría logrado de no haberse formado en la misma institución.

Myriam Pachón trabajó durante 15 años con la Policía, la institución a la que luego tuvo que enfrentar. / Cristian Garavito

La mujer que derrotó en los estrados judiciales a la Policía, en uno de los procesos más escandalosos de esa institución, cree que no habría logrado un fallo con tintes de hazaña si no hubiera pasado 15 años en las entrañas de la misma entidad contra la cual ya ha logrado una condena de la justicia administrativa y cuatro más contra sus miembros, entre ellas la que fue emitida el pasado 18 de enero contra el patrullero Wílmer Alarcón por haber asesinado a Diego Felipe Becerra, un joven de 16 años, en la noche del 19 de agosto de 2011.

Además de haberse formado como investigadora dentro de la Policía, Myriam Pachón dice que allí adquirió un carácter riguroso, al que tuvo que aferrarse, más que nunca, para asumir un proceso en el que han estado involucrados un general, tres coroneles y otros policías y civiles, y el cual, cuenta, ha estado atravesado de amenazas de muerte, persecuciones y hasta multimillonarios intentos de soborno.

El primer contacto de Pachón con el caso fue a través de un televisor, cuando en la pantalla apareció Liliana Lizarazo, la madre de Becerra. La imagen era la de una mujer parada junto al ataúd de su hijo, sin lágrimas en los ojos. Y Pachón vio en esa contención de las emociones un dolor profundo. Quiso ir a darle el pésame a la familia. En la funeraria conoció a los papás.

Tras escuchar el relato de lo sucedido, les dio sus impresiones, les habló de los tiempos del crimen que, desde ya, la inducían a pensar que la escena había sido manipulada. Le costaba creer que hombres de la institución que tanto respetaba hubieran urdido un montaje para ocultar el asesinato de un menor. Pero los hechos terminaron por convencerla. Así llegó al caso que le cambió la vida. Luego vinieron las amenazas, las persecuciones y los intentos de soborno.

Pachón se tiene confianza. Habla de ella misma en tercera persona y se reconoce como una abogada que quedará en la historia como la defensora del grafitero. Ese carácter fue el mismo del que se valió para empezar su cruzada titánica contra un Goliat como la Policía. Pero no estaba sola. Con Liliana Lizarazo y Gustavo Trejos, los padres del menor, conforma una trinidad, dice.

Llegar a ese punto de confianza en sí misma tomó tiempo. Pachón primero intentó ser odontóloga, pero luego del alboroto que causó en casa el anuncio de que la salud dental ya no era lo suyo, se pasó al derecho. Se graduó de la Universidad Católica. Luego se colgaría siete diplomas más, cursando posgrados en sociología, derecho constitucional y otras tantas áreas en universidades como la Externado, y otras en Milán y Madrid.

Y cuando quería dedicarse al derecho administrativo, apareció la especialización en criminalística. Entonces se volvió investigadora del CTI y luego docente de la Escuela General Santander. Allá vivió los años que la transformaron como abogada. Entre policías se moldeó su carácter. Se hizo más disciplinada, rigurosa, astuta: el catálogo de características que le han permitido ganar las batallas jurídicas en el caso del grafitero. En esos tiempos, sin embargo, estuvo del otro lado, defendiendo a policías que se metían en problemas.

Diez días después del asesinato de Becerra, Pachón se reunió con el general Francisco Patiño, el oficial de mayor rango que ha sido relacionado con el caso, quien era el comandante de la Policía de Bogotá. Entonces, aún circulaba la hipótesis, divulgada por la institución y hoy desestimada por completo, de que el grafitero había participado en el atraco a una buseta durante la noche de su muerte. La abogada le dijo al general que lo único que ella y los papás del muchacho pedían era el reconocimiento, por parte de la institución, de que el joven no era un delincuente. El general se negó y desde ese día decidieron ir hasta el final. “Nos obligaron a demostrar que mintieron”, dice.

Mientras el proceso avanzaba, arreciaban las intimidaciones: si iba a un centro comercial la seguían, hostigaban el vehículo donde se movilizaba, le tomaban fotos en la calle, la llamaban a insultarla. Incluso, cuenta, estando en un salón de belleza se le acercaron a ofrecerle un soborno de US$3 millones si se retiraba del caso. “Pero yo no le temo a eso”, dice, “yo sabía en lo que me estaba metiendo”. Siguió investigando y buscando pruebas, en medio de las trabas que, asegura, le han puesto para conseguirlas.

Sin embargo, eso no ha sido lo más duro que ha vivido en el proceso. El año pasado, cuando se cumplía un lustro desde el asesinato de Becerra y el juez estaba a punto de decretar la culpa de Alarcón, la audiencia se suspendió por petición de la defensa del policía. Justo en esos días se vencían los términos del proceso. Alarcón quedó libre. Desde entonces está prófugo. Pachón se sintió impotente.

Además de esa condena, otros tres policías han sido sentenciados. En la justicia administrativa, Pachón también logró una sentencia contra la Policía y el Ministerio de Defensa. Hoy espera que la misma Policía capture a Alarcón para que empiece a purgar su pena. Que con este fallo como base, en el que queda demostrado que hubo un complot para ocultar el crimen, se avance en los procesos de los otros vinculados al caso, que son 13, pero podrían llegar a 27. Y, sobre todo, espera que con los asomos de justicia que ha ido logrando en el caso, Liliana Lizarazo y Gustavo Trejos, los padres del grafitero, sus defendidos, sus amigos, puedan empezar a hacer el duelo que se ha embolatado durante cinco años de lucha en los estrados.