Adiós a ‘El Choly’ Narváez, un oficial ejemplar

Los familiares del teniente del Ejército Carlos Narváez Linero, quien falleció el pasado lunes en el siniestro aéreo en el cerro de Majuí, en Cundinamarca, lo recuerdan como un hombre bromista y de buen corazón.

La serenata que escuchaba la abuela Amalia, por sus 87 años, se interrumpió con una llamada. La suerte del ‘Choly’, como le decían cariñosamente al teniente del Ejército Carlos Narváez Linero, copiloto de una areonave Cessna C2018B, era incierta.

Sus familiares sabían que desde la mañana de ese día estaba preparando un viaje desde el fuerte militar de Tolemaida (Tolima) rumbo al aeropuerto de Guaymaral, en el norte de Bogotá. Inicialmente no les extrañó, porque esas labores hacían parte de sus misiones cotidianas. (LEA: "La última revisión de la aeronave fue en enero")

De hecho, sus once años como oficial fortalecieron la paciencia de sus seres queridos, quienes tuvieron que acostumbrarse a la ausencia del Choly, incluso en las celebraciones más importantes.

Pero en esta ocasión el mensaje estaba cargado de una zozobra inusitada. Hacia las 4:30 p.m. se había perdido la comunicación con la aeronave de la que el teniente Narváez era copiloto. (LEA: Fiscalía investiga accidente de avión militar en Cundinamarca)

Minutos después el Ejército les confirmó la noticia: el teniente Narváez había perdido la vida junto con otras siete personas, entre quienes estaban el teniente coronel Rafael Gómez Caraballo, el mayor Jefferson Parada Ramírez, el sargento segundo Iván Darío Herrera Castillo, el cabo primero Andrés Morales Quintero, así como las civiles Mónica Pineda Cañón, Karen Maldonado Veloza y Leydi Tatiana Vargas.

“El Choly habló con su mamá ese día muy temprano. Lo hacía todos los días, siempre después de orar. Era muy apegado a ella y muy amoroso. Le dijo que en el transcurso del día llamaría a la abuela Amalia para felicitarla”, dijo Juan Guillermo Goenaga Linero, primo del teniente Narváez. (LEA: Siniestro de avión militar deja ocho víctimas)

Al describirlo, sus familiares no pueden negar que durante sus primeros años era un “niño problema”. Las travesuras que no hacía en el barrio El Reposo de Santa Marta, de donde era oriundo, las urdía en el colegio San Luis Beltrán, en donde aún lo recuerdan con cariño. “Casi toda la ciudad lo conocía, por su amabilidad y buen corazón”, agrega su primo.

De un momento a otro, hace más de una década sorprendió a su familia y amigos cuando dijo que quería iniciar la carrera militar. A pesar del escepticismo que su decisión despertó entre sus allegados, al pasar todos los exámenes recibió su apoyo incondicional. “Aprendió a manejar avión, antes que motocicleta”, le decían en broma sus parientes. Así, oficial logró acumular 860 horas vuelo, como un militar ejemplar hasta el día del siniestro.

Al militar entregado, al amante de los animales desamparados, al familiar sentimental y bromista, que se convirtió el orgullo de sus allegados, lo despedirán con honores el jueves en su natal Santa Marta, al igual que a todas las víctimas que perecieron en el accidente.