Así fueron los dos meses que vivió un policía infiltrado en el Bronx

El agente que se camufló en la olla más grande del país e hizo posible su desarticulación, narra cómo durante dos meses vivió entre el miedo, las ratas que parecían conejos y el olor a excremento, para identificar a los jefes de los ganchos.

El 28 de mayo pasado, la Policía, la Fiscalía y el Ejército, junto con funcionarios del Distrito, intervinieron el Bronx. / Cristian Garavito
El 28 de mayo pasado, la Policía, la Fiscalía y el Ejército, junto con funcionarios del Distrito, intervinieron el Bronx. / Cristian Garavito

Detrás de la reciente toma del Bronx hubo una operación que se planeó durante cuatro meses. Entre todas las fuerzas que participaron fue clave el papel de tres integrantes de la inteligencia de la Policía de Bogotá, que se infiltraron en la principal olla del país para identificar las organizaciones criminales y a sus cabecillas. Este es el relato de uno de ellos, quien identificó a Teodilio Arango, alias Teo, y a Rónald Rodríguez, alias el Flaco, supuestos jefes de finanzas y de sicarios del gancho Mosco, la organización que controlaba la mitad del negocio en la zona. Su trabajo sirvió para dar con sus capturas.

 

“Yo les tengo miedo a los roedores, pero en los dos meses que estuve infiltrado en el Bronx tuve que superarlo, porque allá las ratas parecían conejos y no le tenían miedo a la gente. Dormían con los habitantes de calle, se les acostaban al lado sin que ellos las espantaran, compartían el calor. No es que yo quisiera meterme allá, pero es el trabajo, mi hermano. Me seleccionaron por mi perfil, porque tengo 28 años y no aparento mi edad, lo que me ha servido para ingresar en muchos grupos sociales, incluso en barras. Mi misión era individualizar a los objetivos, a los cabecillas, reconocerlos para luego tomarles fotos.

Comencé el 19 de febrero. Llegué con una pantaloneta, una camiseta esqueleto, tenis y gorra. Y con $1.500 en el bolsillo para toda la operación. Busqué un habitante de calle, compré una papeleta de bazuco y me retiré. Ese día no hice más. Después me contacté con dos recicladores, que conocí en el Voto Nacional, y les pedí un costal para echar mis vainas, mi reciclaje. Al principio estaban a la defensiva. Me preguntaban si les iba a quitar el negocio, que esa era su zona. Pero yo andaba con una cajetilla de cigarrillos Gold, esos baratos, y cada que los veía los invitaba a fumar.

Y me inventé mi historia: que yo era ladrón, que vivía en Las Cruces pero me acababa de ir de mi casa y que estaba empezando con el bazuco. Uno de los recicladores incluso me daba consejos. Ellos fueron muy importantes para entrar al Bronx.

Al comienzo sí sentí miedo. Sólo vendía mi reciclaje y salía. La idea era que me vieran. Empecé a ganarme la confianza de varios, a hablarles. Fueron dos semanas de entrar y salir, de dormir donde cayera, por ahí en el Voto Nacional. A las dos semanas pude meterme sin alarmar a los sayayines ni a los campaneros. Preferí no arrendar pieza de $1.500 sino dormir afuera, en las calles del Bronx. Si iba a estar ahí tenía que estar como los demás. Cuando entré del todo, perdí el contacto con los de afuera. El éxito de estas misiones es olvidarse de que uno tiene otra vida. Esta es la vida, mi hermano.

Yo allá monté mi papel de loco, de visajoso y de hiperactivo. Cantaba vallenatos a cambio de monedas. Cantaba dizque El osito dormilón. Soy un desafinado total, pero estaba metido en mi papel. Yo era ‘el loco que canta’, así me reconocían. Incluso los policías de la zona, que varias veces me requisaron, me llamaban así.

La clave fue la adaptabilidad. Yo me adapto rápidamente a lo que tengo al frente. Si estoy con universitarios, hablo como ellos, actuó como ellos; si estoy entre ñeros, como les dicen, también.

Mantenía sucias las manos y hasta la ropa interior. Todo eso es importante. A uno lo pueden descubrir por tener la ropa interior limpia. Y usted sabe lo que les pasó a los dos agentes del CTI (fueron secuestrados y torturados el año pasado), y eso que no estaban haciendo inteligencia. Si a uno lo descubren, no hay salida.

Me acostaba entre cartones, dormía con una cobija deshilachada que mantenía en mi costal. Era lo único limpio que tenía. A las 4 a.m. me despertaba el frío. Ahí empezaba a hacer vigilancia. A ver quién entraba, sin parecer muy mirón, porque allá la información fluye, se enteran de todo, las paredes tienen ojos. Entre las 8 y 9 a.m. salía a respirar. Daba una vuelta por el Voto, por la Caracas, veía cómo los niños pasaban para el Bronx, veía el movimiento que había afuera.

Me hacía el que estaba armando mi pipa con un esfero roto y un tubo de PVC. Así podía pasar horas en el Bronx. Me tocaba fumar pedazos de papel picado. Lo hacía cuando tenía a los campaneros encima. O cargaba tabaco que llevaba en una bolsita, para que pareciera marihuana. Fumaba ahí, pero cuando los tenía cerca tiraba el humo para otro lado, porque el de la marihuana es más espeso que el del tabaco y se podían dar cuenta. Uno ya sabe muchas mañas, yo ya había tenido misiones parecidas antes.

En el Bronx vendían chamber, que es un endulzante mezclado con alcohol etílico. No es ni con Frutiño; si usted lo toma con Frutiño es porque es “pupi”. Yo pedía $500 de chamber y tomaba de eso para que ellos me vieran llevado. Todo depende de cómo uno venda su imagen.

Adentro era como en Las Vegas: fiesta las 24 horas. La música nunca se apagaba. No dormía bien porque siempre sentía zozobra. El frío de las 2:00 de la mañana y el olor constante a mierda eran muy duros. Una cosa son los que se aguantan eso bajo el efecto de la droga, pero yo no estaba así, yo sólo pensaba en mi objetivo.

Pero lo más duro fue la comida. Por lo que menos se preocupaban ellos era por eso, porque ya sabían que a las 8 a.m. llegaban carros a repartir almojábanas. Y que luego podían ir a reclamar fichos para el almuerzo. Pero yo no sabía nada.

Al principio los compañeros policías me compraban el almuerzo en un restaurante y me lo dejaban entre la basura, en una bolsa. Yo tenía que llegar por ahí a las 11:30 a.m. a recogerlo o si no ya no encontraba nada. Pero luego perdí el contacto por completo. Entonces recogía cartón para costear la comida, para comprar un combinado. Caminaba por ahí recogiendo el reciclaje. Parecía un alma en pena, mi hermano.

Además de sobrevivir tenía que hacer mi trabajo. A los cabecillas nadie los ve, un habitante de calle no los reconoce. Pero pude identificar al Flaco, a quien le decían Payaso Rojo, a Teo y a otros que aún estamos investigando. La idea era identificarlos sin tener que relacionarse con ellos. Una vez entré a una de las tabernas a comprar una chocolatina y uno que andaba con el Flaco me sacó a calvazos porque yo olía a mierda. Es que pasé los dos meses sin bañarme.

Yo los reconocía y avisaba: va a salir un hombre que es así y está vestido así. Y llamaba a mis compañeros desde una cabina telefónica. Una llamada corta, unos cuantos segundos y colgaba. Alguien afuera les tomaba las fotos. Sólo me contactaba con ellos por asuntos de la misión. Porque iba a pasar algo. Lo hice como cinco veces mientras estuve en el Bronx.

En los últimos días no dormía, trabajaba todo el tiempo. Cuando logré el objetivo empecé el proceso de salida. El proceso más feliz porque desde que usted entra allá todo es brutal. Es ver la locura, la gente sin razón de vivir. La primera noche que me acosté de nuevo en una cama limpia lo agradecí. Fue como un gran suspiro, un alivio. Lo logré.

Salí de allá con gastroenteritis, suelto, con mucha diarrea. Bendito sea mi Dios, no me dio una infección en los ojos en medio de ese ambiente. Pero lo peor era el temor a una tuberculosis o a haberme contagiado de otra enfermedad, porque yo mantenía mis manos cochinas y oliendo a mierda, aunque procuraba limpiarme antes de comer.

El día del operativo me sentí satisfecho. Por lo menos los niños ya no van a tener un lugar para ir a hacerse tanto daño. Verlos en ese mundo fue lo que más me impactó. Cuando supe que detuvieron a Teo y al Flaco sentí que había hecho mi aporte. Es una satisfacción interna porque nadie sabe lo que hice, ni mis compañeros. Mi familia pensaba que yo estaba de viaje. Y yo estoy acá, vivo. Esto es como al que le gusta escalar o hacer trabajos en altura. Se pregunta por qué le gusta, pero uno simplemente le tiene amor a lo que hace. Yo, por ejemplo, no sé en qué más podría trabajar”.

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