Bruselas y Belo Horizonte: otras realidades de los habitantes de calle

El alcalde de la capital belga y una profesora que estudió el fenómeno en la ciudad brasileña, asistentes a la Cumbre mundial de Alcaldes en Bogotá, hablaron sobre la atención que se le brinda a esa población en esas ciudades y los retos que aún tienen que asumir.

Habitantes de calle de Bogotá. / Foto: Archivo El Espectador

Desde la intervención de la Policía, la Fiscalía y la Alcaldía de Bogotá en el Bronx, el 28 de mayo pasado, que significó la dispersión de los habitantes de calle concentrados en ese foco del crimen, está sobre la mesa la discusión sobre las alternativas que pueden ponerse en práctica para tratar con esa población. En la Cumbre mundial de alcaldes que se celebra en la capital del país El Espectador habló con dos estudiosos del fenómeno en otros países: Bélgica y Brasil.

No hay fórmulas concretas más allá de partir del respeto a la dignidad de esas personas, pero algo puede aprenderse de lo que cuentan el alcalde de Bruselas, Yvan Mayeur, y la profesora brasileña Karine Goncalves Carneiro, cuya tesis de doctorado comparó la situación de Belo Horizonte con la de Bogotá.

“Con una persona que no quiere, no podemos hacer nada”

El alcalde de Bruselas (capital de Bélgica), Yvan Mayeur, explica que allí se estableció un programa que le ofrece hogar a la gente que habita la calle. Es una población que, dado ese contexto, tiene sus particularidades y los dividen en cuatro grupos: Primero, ciudadanos que perdieron su trabajo y también su hogar. Segundo, inmigrantes que buscan alojamiento. Tercero, gente que se fue a vivir a la calle porque allí se siente bien y por ende quiere quedarse allí. Y cuarto, personas que sufren de alcoholismo o drogadicción y encuentran en la calle libertad para suplir sus dependencias.

En los últimos años el fenómeno ha crecido debido a la inmigración, a la crisis económica europea y como consecuencia de políticas de austeridad. Además, agrega el alcalde, el programa ha ampliado su oferta a madres solteras que no tienen dónde vivir.

En Bogotá, hay que recordarlo, la dificultad para integrar más habitantes de calle a los programas del Distrito ha sido la desconfianza o desinterés que muchos manifiestan con respecto a la administración. Y el gobierno se siente maniatado porque solo puede lograr resultados si ellos se vinculan voluntariamente. Además, es sabido que las redes criminales les ofrecen incentivos, como droga, para que se mantengan al margen de la oferta institucional. En Bruselas, cuenta Mayeur, también es difícil convencer a la población drogadicta que deambula por las calles de que se acoja a la oferta del gobierno. “Con una persona que no quiere, no podemos hacer nada”, afirma.

Eso sí, quienes ingresan a procesos de rehabilitación se benefician, por ejemplo, de estrategias que incluyen el suministro de productos como metadona, que sustituyan las drogas duras, como mecanismo de reducción del daño y control del síndrome de abstinencia. Generar la confianza para que cada vez más habitantes de calle se vinculen a estos programas es una tarea que la asumen los hospitales, que son especializados, o asociaciones privadas que están en terreno.

La renovación urbana no deben entenderse como limpieza

Tras la intervención en el Bronx, la Alcaldía de Bogotá anunció que pondrá en marcha un plan de renovación urbana en esa zona de la localidad de Los Mártires. Cerca, de hecho, se planea construir una estación del metro.

Sobre la relación entre proyectos de renovación urbana y habitantes de calle habló en la Cumbre de alcaldes la profesora Karine Goncalves Carneiro, del Departamento de Arquitectura de la Universidad Federal de Ouro Preto (Brasil). En su concepto, las intervenciones de este tipo no pueden concebirse como mecanismos de higienización de las ciudades, que es lo que se hace en la mayoría de situaciones. “Hay que comprender que los habitantes de calle son parte del espacio y hay que tratarlos como personas que pueden hacer parte del proceso para construir conjuntamente soluciones espaciales”, resaltó.

Desconoce, sin embargo, experiencias de ese tipo en las que se haya logrado la participación de esa población, precisamente porque, tal y como ocurre en la mayoría de ciudades, “son generalmente construcciones hechas de arriba hacia abajo, es decir, en las que especialistas del espacio hacen un diagnóstico desde lejos de los territorios que intervienen”.

Recordó, de todas formas, cómo en Belo Horizonte los habitantes de calle comenzaron a construir pequeños espacios en zonas no edificadas. Incluso, ayudados por personas de la pastoral y de universidades, empezaron a hacer pequeñas plazoletas y construyeron ellos mismos el mobiliario urbano y pequeñas huertas comunitarias. “No obstante, cuando el poder público se dio cuenta de que eso ocurría, lo prohibió porque no había pasado por un proceso regulatorio. Hay entonces un problema entre formalidad e informalidad de la espacialidad. En este caso, pedir formalidad significó cortar el proceso”, se quejó.

En general, la profesora no ve diferencias sustanciales entre lo que ocurre en Belo Horizonte y Bogotá, sobre todo en lo que tiene que ver con los programas que ofrecen los gobiernos locales para los habitantes de calle. Sí le llama la atención de Bogotá que, con el Bronx, existiera “una territorialización tan marcada de estas personas en un mismo sitio. Eso es más raro en Brasil, aunque en Sao Pablo hay un sitio llamado crackolandia, que tiene características similares al Bronx. En Bello Horizonte no hay un sitio igual. Están diseminados por toda la ciudad y no hay un foco intenso”.

Temas relacionados