El Distrito planea un proyecto para 2018

Cafés tradicionales en Bogotá: ¿ex-tintos?

Según el Instituto de Patrimonio Cultural, de los 70 cafés que daban lugar a tertulias a mediados del siglo XX sólo quedan cinco. Sus propietarios denuncian abandono estatal e inseguridad.

El Automático, que no sobrevivió al paso del tiempo, era visitado por Gabriel García Márquez y León de Greiff. / Archivo: El Espectador

Sólo quedan vestigios del ambiente bohemio que habitaba los cafés del centro de Bogotá. Allí ya no se gestan los grandes debates políticos ni se escriben discursos presidenciales sobre sus mesas. El desarrollo urbano, tecnológico e industrial y el acelerado crecimiento de la ciudad han desplazado muchas de las prácticas e influencias sociales que nacieron en estos espacios. Ahora, los púlpitos políticos prevalecen en las redes sociales y ninguna figura pública ronda estos espacios.

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Sobre esas épocas, Gabriel García Márquez escribió en su libro Vivir para contarla: “Siempre me las arreglé para que los meseros me ubicaran lo más cerca posible del maestro León de Greiff —barbudo, gruñón, encantador— que empezaba su tertulia al atardecer con algunos de los escritores más famosos, y terminaba a la medianoche ahogado en alcoholes de mala muerte con sus alumnos de ajedrez”.

En la década de los 40, cuando Bogotá apenas tenía el 10 % de la población actual, los cafés del centro tenían prestigio. Sin embargo, los que sobrevivieron después del Bogotazo hoy parecen agonizar en medio del cambio generacional, que ignora la tradición y perdió la costumbre de visitarlos. Sus fachadas dan cuenta del paso del tiempo y el pretexto del desarrollo se convierte en una amenaza. A pesar de ello, la negación al olvido es lo que abre sus puertas diariamente, aunque sólo den perdidas.

Los empleados de la pastelería Belalcázar, fundada en 1942, ubicada en la carrera 8ª con calle 20, también denuncian inseguridad. “El problema de esta cuadra es la presencia de habitantes de calle durmiendo en los andenes. A la gente le da como pereza venir”, señala Elsy Cáceres, quien trabaja allí desde hace 21 años.

Para Álvaro Vázquez, el actual dueño del café Pasaje, fundado en 1936, ubicado en la plazoleta del Rosario, hay otro problema más allá de la inseguridad. Se queja del decreto que restringe la venta de licor a 200 metros de las universidades, pues desde el 2011 no ha podido hacer el tradicional carajillo, mezcla de café y licor, que se hacía desde que se fundó. “A veces nos da pena con los extranjeros al decirles que no pueden tomarse una cerveza en un lugar tan histórico para la ciudad”.

César Lannin, dueño del café La Romana, fundado en 1964, ubicado sobre la avenida Jiménez con carrera 6ª, expresa que las ventas bajaron 30 % a causa de la inseguridad y de las transformaciones urbanas. Y no es para menos. Según registros de la Policía, entre enero y septiembre de este año se han presentado 608 denuncias de hurtos en la localidad La Candelaria y 2.614 en la localidad Santa Fe. La lista de quejas es larga.

Un patrimonio sin dolientes

A diferencia de capitales como París y Buenos Aires, donde la conservación de estos espacios parte de políticas públicas e iniciativas ciudadanas, en la capital del país no hay ninguna que garantice su permanencia.

El único intento se hizo entre 2012 y 2015, cuando surgió la iniciativa Bogotá en un Café, que reunió los establecimientos más tradicionales de la ciudad. De ella sólo quedan hoy algunas placas pegadas en las paredes de estos negocios, que intentan reivindicar su valor, y un libro llamado El impúdico brebaje. Los cafés de Bogotá, 1866-2015, que recoge sus historias.

Al San Moritz, ni ese respaldo patrimonial le sirvió para evitar su cierre. Ahora los CD, las sillas, las mesas y los cuadros están guardados, mientras encuentran un lugar en el cual revivir. “El Distrito debería conservar estos sitios, llegar a concertaciones con los propietarios, para que no pase lo que pasó con nosotros, que nunca le hicieron mantenimiento a la casa. La idea era que se cayera para sacarnos”, aclaró Hilda Vázquez, la administradora que trabajó allí por 20 años.

Los dueños de los seis cafés más tradicionales de la ciudad: la pastelería La Florida, el café Pasaje, el café San Moritz (hoy clausurado), la pastelería Belalcázar, el salón Fontana y el café La Romana, reconocen que mientras el programa estuvo activo, las ventas y el flujo de clientes aumentaron. Pero cuanto terminó, de nuevo quedaron en el olvido.

Un nuevo plan

Las quejas de los dueños de los cafés tradicionales no son nuevas para la administración. Por eso, dicen, se viene trabajando en una iniciativa para recuperar el sector. Mauricio Uribe, director del Instituto Distrital de Patrimonio Cultural (IDPC), resalta y aplaude iniciativas como Bogotá en un Café e indica que no continuó porque no estaba formalizada.

La idea ahora es sacar adelante, a partir del próximo año, un proyecto que no sólo reivindique el patrimonio material, sino su valor inmaterial. “Hemos estado trabajando en un plan que se llama Bogotá en…, que busca ampliar y revivir Bogotá en un Café para que se extienda a otros espacios, como los mercados, los teatros, los parques y las librerías”.

Así, pues, entre luces y sombras se debate el futuro de lo que representa el pasado de una Bogotá que fue, que heredan y transforman las nuevas generaciones. Aunque los grandes personajes no hagan de los cafés sus oficinas, ni sus púlpitos, ni sus escritorios, su historia sigue vigente y se resiste a sucumbir.