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hace 10 horas

Caminar bajo la luna de hiel

Carlos Alberto Zuluaga es uno de los 158 graduados de los talleres de Integración Social. Ahora es el bibliotecario del centro de acogida.

Carlos Alberto Zuluaga consumió drogas durante 35 años. /Andrés Torres

“La droga es como un amor dependiente. Al principio es una luna de miel, pero luego se convierte en una de hiel… y de ahí es muy difícil salir”. Quien habla es Carlos Alberto Zuluaga Gómez, de 54 años, un profesional en Ciencias Sociales y Filosofía de la Universidad de Antioquia, que hoy está en proceso de rehabilitación en un programa de la Secretaría de Integración Social. Él es uno de los graduados de la Universidad del Habitante de Calle, una iniciativa que busca capacitar a esta población en varios oficios, como la carpintería, la culinaria y participación ciudadana. Hace una semana, él y otros 157 habitantes de calle se graduaron de esta institución, creada en asocio con la Fundación Escuela Taller.

Este oriundo de Filadelfia (Caldas) cayó en la tentación de las drogas desde que estaba en el bachillerato. Empezó varias carreras, pero lo sedujeron las ciencias sociales. Toga, birrete, cartón, aplausos. Una meta que lo llevaría muy lejos, como lo querían sus padres, pero que al final lo llevó hasta la selva.

Zuluaga entró al M-19 cuando tenía 18 años. Allí hizo las tareas sucias del movimiento: robó, secuestró y extorsionó. Cuando se llevó a cabo la desmovilización, decidió ingresar a la disidencia en el Jaime Bateman Cayón. “No les quisimos creer a nuestros compañeros que la violencia no era la salida. Nos volvimos unos hampones”, asegura. Allí aumentó su consumo hasta cuando se dispersaron. Estaba muy frustrado porque la política lo era todo en su vida. Ya no tenía familia, ni amigos. Así que la única opción que vio fue la calle. Era una decisión propia. Vivía en Armenia y sobrevivía con las limosnas. Dormía en las ollas. Se bañaba en el río.

Hace cinco años paró esta rutina, porque se enteró de que Gustavo Petro, también exmilitante del M-19, se lanzaba a la Alcaldía. Quería la ayuda de su compañero, así que llegó a la capital del país a buscar otro camino. Muy ingenuo pensó que sería fácil hablar con Navarro Wolf o con Gustavo Petro, pero nunca lo logró. Así que su vida de habitante de calle la siguió en el Bronx.

Hace cuatro años, un grupo de Integración Social llegó a la olla más grande de Bogotá. Le dijeron que allí podría por lo menos bañarse, preguntar por un médico, pues tenía una mano herida después de que tres hombres intentaran asesinarlo cuando él dormía en una de estas calles. “Aquí matan todo el tiempo habitantes de calle por limpieza social y nadie dice nada”, denuncia.

Tanta insistencia lo hizo aceptar la propuesta. Comenzó a ir unos días, recaía, volvía. Fue un proceso muy largo y hace solo dos años dejó de consumir. Se dio cuenta del desorden de libros que había en el centro de acogida Óscar Javier Molina y decidió realizar un diplomado en bibliotecas públicas, en la Universidad de La Salle, que le ofreció el Distrito. Después de eso se convirtió en el bibliotecario del lugar. Creó las fichas, el inventario. Organizó las secciones y ahora administra este espacio. Hace unos días se graduó del taller de Formación y Participación Ciudadana, que duró cuatro meses.

Para Hernando Manjarrez, vocero del proyecto de Adultez de Integración Social, historias como las de Zuluaga son muy importantes, pues casi el 30% de los habitantes de calle que llegan los centros de acogida, recaen. En Bogotá hay 12.000 habitantes de calle y todos son consumidores de sustancias psicoactivas. De ellos, 300 están estudiando en los talleres del Distrito, en los que se ve un derroche de creatividad. Por ejemplo, los carpinteros se inventaron un parqués en 3D que ahora es vendido a empresarios. Este proyecto está a cargo de la subdirección de adultez que para este año tiene un presupuesto de $25.000 millones.

Manjarrez cuenta que los graduados están trabajando en empresas públicas y privadas, gracias a alianzas, aunque el acompañamiento de Integración Social es permanente. Carlos hoy trabaja en la biblioteca y recibe un techo y comida, además de la ayuda de profesionales. Algunos de sus compañeros lo siguen invitando a consumir, pero él se resiste, porque no quiere volver a caminar por las calles bogotanas solo y con hambre. Y aunque hasta ahora la historia parece tener un final feliz, Zuluaga sabe que aún no acaba, porque su posibilidad de recaer es alta. Pero este es un paso y, aunque no lo diga, sabe que logró atravesar la amargura que le provocó su amor a las drogas y aprendió a aprovechar las oportunidades que brinda la luz del sol.