La capital recoge los dividendos de la paz

Los días oscuros de miedo dan paso a la esperanza.

Starbucks abrió en una lujosa área de Rosales, muestra del cambio de percepción de grandes marcas con la ciudad. /Archivo

El año pasado, Yolanda Aúza hizo un sueño realidad. La antigua directora regional de Unisys, la compañía de software, tomó su paquete de indemnización, sus habilidades gerenciales y sembró US$600 mil en una nueva librería. Desde entonces, Wilborada 1047 es una de las mejores librerías de Bogotá, con 15 mil títulos distribuidos en tres pisos de un inmueble en Quinta Camacho. “¿Por qué habría de invertir en otro lugar? Bogotá no sólo es mi ciudad, sino un gran lugar para estar hoy en día”.

Aúza no es la única persona que piensa esto. Gracias a un descenso en la violencia y una explosión en el consumo, sector que representa dos tercios de la economía colombiana, la tercera más grande de Latinoamérica, otros como Aúza están limpiando la reputación de una ciudad más conocida por el miedo a estar en ella. Un local de Starbucks está abriendo en la lujosa área de Rosales, apenas a unas cuadras de distancia de Wilborada. Almacenes de marcas de lujo, como Cartier y Dolce & Gabbana, también se están instalando alrededor de la moderna Zona Rosa.

Los jóvenes de la ciudad, crecientemente más ambiciosos y educados, están acelerando este cambio de percepción abriendo tiendas, cafés y restaurantes en áreas que solían ser exclusivamente residenciales, como La Macarena y Chapinero, ahora conocida como Chapiyork, por su ambiente que se asemeja a Brooklyn.

La ciudad, que aporta un cuarto de los US$400 mil millones de la economía del país, aún enfrenta enormes retos, pero las comparaciones con la Bogotá de hace 25 años son impactantes.

En ese entonces, Bogotá era un lugar más pequeño, con una población de apenas cinco millones, en comparación con los ocho millones de habitantes que alberga hoy. Por esos días había tristeza y miedo. Aquellos fueron los años de los secuestros de personas de las clases altas, cuando narcotraficantes como Pablo Escobar estaban inmersos en una guerra a muerte contra el Estado.

Hoy, sin embargo, esos años de horror se sienten como un recuerdo lejano. La Bogotá moderna es la base de operaciones del Grupo Aval, uno de los bancos más grandes de Latinoamérica, con activos por US$78 mil millones. La Empresa de Teléfonos de Bogotá (ETB) está invirtiendo US$1.000 millones en la actualización de sus redes y en el despliegue de fibra óptica. Dole, el productor de fruta estadounidense, recientemente invirtió US$18 millones en una planta procesadora en las afueras de la capital.

Muchos colombianos han regresado del exterior y han hecho de su ciudad un punto de atracción y crecimiento para pequeñas empresas, bien sea en desarrollo de software, servicios mediáticos o cervecerías artesanales. Las caravanas de escoltas ahora son asimiladas como un símbolo de estatus y no como una necesidad vital, mientras que muchos bogotanos se ejercitan a lo largo de los más de 100 kilómetros de calles que cada domingo son habilitados para peatones.

Bogotá solía ser reconocida por su conservatismo y sus horas de cierre temprano para negocios más que por su gastronomía, vida nocturna o turismo. Pero hoy, reconocidos chefs peruanos como Gastón Acurio y Rafael Osterling están abriendo nuevos restaurantes, mientras que el número de festivales y conciertos se ha disparado. Aún cuando los encantos coloniales del centro histórico de La Candelaria necesitan una revitalización, cada día son más los turistas que recorren sus calles empedradas. Hacia el norte se están instalando cada vez más hoteles, incluyendo la empresa local Click Clack y el lujoso W, administrado por el Grupo Starwood, de Estados Unidos.

A pesar de la mejoría en la imagen de la capital, los colombianos suelen tener una visión negativa de la ciudad: 65% de sus residentes piensa que la gerencia distrital está empeorando, de acuerdo con algunas encuestas. “Bogotá es una ciudad muy confundida; es un lugar de contradicciones permanentes”, dice Juan Gabriel Vásquez, uno de los escritores colombianos más reputados, quien regresó a la capital después de vivir 16 años en Europa.

Las ensimismadas clases altas viven en el norte, en condominios de ladrillo rojo que se levantan en la falda de los Andes. Los pobres viven en su mayoría en el sur, en lugares que no paran de crecer como Ciudad Bolívar. Desde estos sitios han de apiñarse en buses viejos y contaminador para realizar el recorrido diario hacia sus trabajos o esperar en largas filas de Transmilenio, el sistema de transporte masivo que colapsa bajo el peso de la expansión de la ciudad.

Sin la posibilidad de utilizar un metro subterráneo, que supuestamente está comenzando a ser desarrollado, al igual que un sistema de teleféricos, los bogotanos han adquirido 130 mil carros particulares durante los últimos cinco años, según cifras de Bancolombia, algo que ha vuelto aún más espeso el tráfico de la ciudad.

Si bien Bogotá ha dado grandes pasos, muchos de sus antiguos problemas se han vuelto más obvios hoy en día gracias al desarrollo económico sostenido y, paradójicamente, a los prospectos de lograr la paz. Sin embargo, el crecimiento de la inversión distrital y privada muestra que Bogotá está trabajando en cómo convertirse en la capital de un nuevo país, la Colombia del posconflicto que anhela que sus horas más oscuras se hayan quedado en el pasado para bien.

 

 

* Copyright The Financial Times Limited 2014

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