Cerro Monserrate habla por los colombianos

Monserrate es la atalaya bogotana. La elevación que marca el inicio y el fin de una ciudad ruda y generosa, creyente y procaz. A la cima llegan, de un lado, una mescolanza apenas audible de mil cláxones y sirenas; del otro hay verde y calma, y olor a potrero.

 

Subir hasta la ermita de Monserrate –ese nido colgado de un risco, como le llamara Alejandro de Humboldt– es tan cliché como inevitable. Lo sabían los originarios muiscas, lo sabían los invasores españoles, lo sabían los peregrinos y lo saben los bogotanos, deportistas y viajeros de hoy. Hay algo de seductor en esa sensación de sentir una ciudad, de por si alta, a tus pies.

Acá llegan todos –los locales, los extranjeros, los que llegan de otros departamentos– no tanto para rendir homenaje religioso como para vivir la experiencia de encaramar sus cuerpos en una cumbre a tres kilómetros de altura por encima del nivel del mar.

El teleférico y el funicular adelantan al 51% de los visitantes mientras la ciudad se alcanza a ver, ascendiendo, como un picnic de concreto. El funicular avanza primero entre muros de eucalipto sembrados en terrazas, para luego internarse en un túnel por casi un minuto, tal vez menos. Bajo tierra el tiempo adquiere una dimensión aplastante.

Mirado desde la mística, ciertamente hay un acercamiento a Dios en esa subida; pocas veces está uno tan cerca del cielo. Lo atractivo de Monserrate es que por muy poco esfuerzo uno puede llegar muy alto. Funicular o teleférico mediante, el visitante deja tras de sí el caos de Bogotá y logra, en la distancia, encontrar cierto orden, cierta lógica a una ciudad que se resiste a la sistematización.

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Se unen el campo y la ciudad en este meridiano de la fe. A menudo la gente sube porque quiere ver al Señor Caído de Monserrate, una talla del siglo XVI a la que se le atribuyen milagros. Milagros que van de lo divino a lo terrenal. Jesús Angarita, en 2001, dice haber visto sanar el pulmón de su padre, y Trida de Aruba dejó el cáncer atrás.

No obstante, la especialidad del Señor de Monserrate parece ser los asuntos de visado. Luis Fernando Rendón, en 2002, ya vivía en Nueva York, y agradece a la imagen "por haberme concedido la residencia en Estados Unidos". Olga Uran, por su parte, encomendó sus papeles para un destino no tan lejano: Aruba.

Ambos son fieles bogotanos, pero también son números en la leva migratoria. Durante la década de 2010 se calculaba que uno de cada diez colombianos vivía fuera de su país, según cifras oficiales. Colombia era y es el país sudamericano con mayor emigración.

Imagino al Señor de Monserrate, caído por el peso de la cruz, llorando perlas blancas en 2020, sobre los 152 mil 384 expedientes que recibirá la cancillería. Nuestros dioses describen nuestros anhelos.

En un cuartón cercano al altar de la ermita se acumulan decenas de tarjas que agradecen los milagros. El mármol gris con que están hechas la mayoría opaca el sitio. Hay rejas en lo que parecen ventanales, a la entrada. Prisión de deseos cumplidos, quizá para librarse de ese peldaño vencido, la gente talla y recluye lo que fue algún día obsesión.

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Es entendible que en 360 años de historia, justo cuando subimos a la cima, las cosas hayan cambiado. Haciendo honor al número, de un modo total.

El templo que dio origen a la peregrinación al cerro de Monserrate fue reemplazado en 1925 por uno de estilo neogótico, y posteriormente reformado como la actual iglesia. Pero la edificación no solo ha cambiado de fachada, sino, además, de inquilino. El nombre de Monserrate se debe a que la primera capilla se dedicó a Nuestra Señora de la Cruz de Monserrate, una virgen morena, como la de Barcelona.

A unos metros de la ermita, bajando unas de las tantísimas escaleras, se descubre una casa blanca, “de madera de palorrosa”, comenta como un espectro uno de los insistentes atendedores profesionales del lugar, mientras nos hace la historia de esta, la casa Santa Clara. La casa en que estamos perteneció a una influyente familia de Usaquén, en lo que, hacia 1924, no era la periferia bogotana, sino más bien, un pueblo aparte. Ese año la casa fue “traída desde Europa pieza por pieza”, nos cuenta. Luego de vivirla poco, la familia la donó a la Iglesia local, y en 1979 fue trasladada a Monserrate por orden clerical, del mismo modo, parte por parte.

Esta casa itinerante se pierde a veces entre la bruma que, a esta altura, se condensa a velocidad de timelapse y devora a la virgen gigante que corona el vecino cerro de Guadalupe.

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Vicente Martínez, un anciano vendedor de souvenirs al pie de la ermita, recuerda sus años de muchacho, en que la gente subía por puro fervor religioso, en el funicular y el teleférico, pero sobre todo a pie. “No llegaban tantos como hoy en esa época”, dice, “pero los que llegaban venían con un propósito. Ahora no, ahora es una afluencia de gente que ni sabe bien por qué viene. Y los domingos ni le digo; los domingos se mezcla todo, turista, creyente; la iglesia queda que no cabe un alma más”.

La paz, o la sensación de ella, se va introduciendo en las venas de Colombia. Al menos así lo perciben los turistas que empiezan a asumir cada vez más a Bogotá como un destino posible. El Instituto Distrital de Turismo calificó en 2016 a Monserrate como la atracción número uno para visitantes de Bogotá. Solo el 26% de quienes ascienden son residentes de la capital. El Observatorio de Turismo del distrito identificó que el 71% llega de fuera de fronteras. El Instituto Distrital de Recreación y Deporte registró en 2016 más de 2 millones y medio de visitantes. Es decir, que cada mes hay 221 mil personas queriendo llegar a la cima para consignar una promesa de fe o para conseguir un suculento selfie con Bogotá a sus espaldas.

A un costado de la ermita, los mexicanos Alfredo y Angélica recuperan el aliento. Aunque sus bocas parecen más interesadas en hablar del terremoto reciente en México y las reformas en Cuba que del paisaje, sus ojos no se apartan un instante del croquis de la ciudad que se extiende ante ellos. “Es el lugar”, dicen, “desde que llegamos nos dijeron que si queríamos tener una visión completa de Bogotá, este era el lugar”.

Unos metros más abajo, Edwin, un joven caleño, reposa apoyado en el muro con su esposa y dos hijos pequeños. Sus brazos están tatuados con tribales y referencias religiosas. Andan de paseo por la ciudad, y saben que no podían irse sin visitar el Santuario del Señor Caído. “Es un sitio súper importante para cualquier católico colombiano, claro que teníamos que visitarlo”, comenta Edwin.

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A 3 mil 152 metros de altura en los Cerros Orientales, a unos pasos de la ermita que corona Monserrate, hay un pozo. Permanece ahí sin otro interés que el de un hoyo insondable, que, quizá un día calmó la fatiga de los monjes.

Hay mucha gente en torno al brocal de un metro. En varias lenguas se ríen de algo empinando el cuerpo. Los niños no. Insisten en que los padres les alcancen monedas, quizá alentados por la fábula del pozo maravilloso de los hermanos Grimm: quien dejara caerle un viejo huso, acababa lleno de oro.

Pero vaya pena para el romántico cuando descubra una reja a mitad del pozo que acaba, no en el oscuro final de los pozos, sino a metro y medio de profundidad.

Cierto que se esmeraron. Lo enchaparon con lajas que imitan las centenarias que están en el camino hacia la ermita, pero el pozo no es más que una trampa para turistas. La primera sospecha es que encima sobre acrílico reza: pozo de los deseos. Desconfiemos de los sitios tan bien señalizados.

Una mujer descansa sobre el torso en el borde del brocal, como si esperara que se abriera un poco más hacia las entrañas del cerro. Y suelta:

- Hay poquito dinero para ser un pozo de los deseos.

-Quizá no cumple tantos y la gente se decepciona –le contestan.

Un hombre, con acento mexicano, salta incrédulo:

-Yo les voy a dar un pinche deseo, güey.

Hay monedas colombianas de varias denominaciones, unos pocos billetes con ceros inflados. Hay centavos canadienses y estadounidenses.

-Las monedas extranjeras las llevan al Banco de la República y las funden –me explica un técnico en mantenimiento que cambia bombillas al final de una escalera.

-Cada 8 días sacan las monedas y billetes -me explicara otro-. Sacan entre millón y medio millón de pesos.

Entre 350 y 400 dólares, al cambio.

El complejo turístico-religioso asentado sobre Monserrate es administrado por la Iglesia católica, autoridades transportistas (funicular y teleférico), y la red gastronómica, que va desde un chiringuito que vende té de coca a un restaurant gourmet y se maneja de manera independiente.

El dinero del pozo, dice un empleado, se manda a una organización que trabaja con niños de la zona sur bogotana, de bajos ingresos económicos. Ninguno de los empleados, en la base o la cima del cerro, sabe decirme el nombre, y las búsquedas en internet tampoco arrojan referencia alguna.

Si esto fuera verdad el pozo seguiría siendo falso, por supuesto, pero sería más real que cualquier otro en la historia. La fe o fingimientos de algunos que lanzan monedas al aire, se convierte en el sustento de otros que esperan, abajo, que los hermanos Grimm hubieran tenido razón.

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Por la web y en las calles circula la leyenda urbana de que la iglesia está asentada en un volcán dormido. Que si el Señor Caído apacigua las fuerzas de la naturaleza, que si los pasos de los paseantes mantienen el magma contenido, las suposiciones más rocambolescas sirven de sustento a la normalidad que se vive en la montaña. Lo cierto es que no pasan de ser historias para cazar crédulos, y el Monserrate no guarda más secretos que los que hombres y mujeres han puesto allí.

Mientras las teorías sobre el volcán dormido rellenan blogs en la red, un peligro mucho más real y probable se cierne sobre el cerro. Han pasado 100 años desde que un gran terremoto sacudiera Bogotá, y 274 desde que un sismo destruyera las ermitas de Monserrate y Guadalupe. Aunque no se puede hablar de una periodicidad sísmica, sí se puede hablar de un “silencio sísmico”, un elemento importante referido al tiempo prolongado desde la ocurrencia de un fenómeno de este tipo. Según un estudio de expertos convocados por la Dirección de Prevención y Atención de Emergencias de Bogotá, la recurrencia de este fenómeno en la zona es de 200 años, así que la certeza de un temblor que haga cuestionar la creencia de los parroquianos se acerca con la inexorable imprecisión que acompaña a estos fenómenos. Cuando ocurra, y es solo cuestión de tiempo, veremos si esta vez basta el poder de la fe basta para salvar el santuario de la catástrofe.