La cocina los rescató de la delincuencia

Nueve jóvenes que vivían entre balazos, robos y drogas estudiaron culinaria mientras pagaban sus penas en un centro de reclusión para menores.

Nueve menores infractores se graduarán de cocinaCortesía

Nueve jóvenes que sabían de “vueltas”, “fierros”, drogas, robos y balazos serán cocineros. Estudiaron un año, mientras pagaban las penas que les impuso la justicia de menores. Hoy están próximos a graduarse. Carlos López es uno de esos “pelados”, que estuvo cerca de la muerte y de la delincuencia, que supo lo que era “puntearle” el pecho a un joven con una navaja, y que hoy ve su futuro diferente.

Solo en el primer semestre del año, las Unidades de Infancia y Adolescencia en Bogotá conocieron 5.291 casos por delitos cometidos por menores de edad, de los cuales el 40% fueron hurtos, el 10% lesiones, seguidos por narcotráfico, homicidios y abuso sexual.

“Yo era un loco. Me la pasaba con malas amistades. Una noche un amigo me invitó a una fiesta y se formó una pelea. Un man me iba a meter una puñalada, así que me defendí. Le puse una navaja en el pecho. Llegó la policía y me procesaron”, dice López con arrepentimiento. Tenía 17 años y durante dos años estuvo en el centro de reclusión El Redentor, por intento de homicidio.

Le costó adaptarse al encierro y a los “pelados” que llegaban a buscarle problema. Allí terminó el bachillerato. Cuando le faltaban cinco meses para cumplir la sanción, el Distrito les ofreció a los chicos un curso de cocina. López fue uno de los elegidos. Su buen comportamiento, ser bachiller y no tener fuertes problemas con la droga fueron las razones por las que lo eligieron.

Según López, iniciar las clases fue todo un reto. Muchos aceptaron por salir del encierro y no por capacitarse. “A la mayoría les costaba prestar atención a los profesores, eran indisciplinados, no les gustaba la gastronomía y con el demonio de las drogas encima las cosas se pusieron peor. Algunos dejaron el curso. De 25, sólo quedamos nueve”, señala.

El Distrito le puso freno al tema de las drogas cuando el curso estaba finalizando. Hizo un convenio con el hospital Centro Oriente para que los chicos recibieran sesiones de acupuntura y calmaran la ansiedad. A varios les sirvieron las terapias. Otros regresaron a las calles.

Pese a las complicaciones, para Giovanni Rojas, coordinador académico de la Escuela Taller de Bogotá, es un logro haber alejado a varios de estos jóvenes de la delincuencia a través de la gastronomía. “Es una lástima que varios desperdiciaran la oportunidad, pero soy un convencido de que en estos procesos no debemos centrarnos en los números. Así no hayan terminado todos, los que finalizaron han tenido un cambio en sus vidas”.

Pero no sólo las drogas motivaron la deserción. Algunos, tras cumplir la sentencia, dejaron las clases por las responsabilidades familiares que los esperaban en casa. Para evitar este problema en los próximos cursos, la recién creada Secretaría de Seguridad, que se encargará del proyecto, puso una condición: sólo quienes no estén próximos a cumplir sentencia pueden ingresar al curso.

Con la nueva institución a cargo, el programa tendrá clases de 7:00 a.m. a 5:00 p.m. y siete profesores seguirán enseñándoles. La fundación Escuela Taller continuará siendo el escenario donde los chicos aprenderán a cocinar.

Sin embargo, la oferta de cursos se ampliará. Además de cocina, la siguiente generación podrá elegir carpintería o construcción con énfasis en restauración. También seguirán recibiendo clases de emprendimiento, las mismas que llevaron a López y a cuatro de sus “parceros” a crear su propio proyecto de vida: un servicio de comidas para eventos al que llamaron Friend Service. Refrigerios para el Ejército, platos fríos, calientes y guarniciones fueron parte del menú que brindaron en algunas reuniones.

Trabajar sin hacerle daño a nadie los ayudó a recuperar la confianza en sí mismos. Y aunque algunos consiguieron mejores oportunidades laborales y a otros no les volvieron a dar permiso para salir del Redentor, la cocina les mostró que era posible dejar a un lado las balas, los hurtos, la muerte…

Hoy, López trabaja en un restaurante cerca de la Universidad de los Andes. Vive en Usme y a diario se levanta a las 5:00 a.m. para estar allí a las 8:00 a.m. Su turno acaba pasadas las 9:00 p.m. “Salgo agotado, pero con un fresquito por estar haciendo las cosas bien. Cuando llego al barrio veo en las esquinas a los que decían ser ‘mis amigos’, invitándome a hacer ‘vueltas’ o a meter vicio. En ese momento me doy cuenta de que la cocina fue un salvavidas que me sacó de las calles, lugar al que no quiero volver”, concluye.

Él y ocho de sus “parceros” del Redentor esperan con ansias el 14 de diciembre, día del grado, para recibir un cartón que, según López, les abrirá mejores oportunidades

*El nombre del personaje fue cambiado para respetar su identidad .