Crimen de niño mariachi pudo evitarse

El niño mariachi y su victimario se enfrentaron en el colegio donde estudiaban.

En el colegio Los Pinos, en el barrio Los Laches (centro oriente de Bogotá) estudiaba Carlos, el menor de edad que murió el 15 de agosto, al parecer a manos de uno de sus compañeros de clase. / Óscar Pérez

Detrás de la sevicia con la que fue asesinado Carlos*, el joven mariachi de 14 años que recibió en su cuerpo 21 puñaladas propinadas por uno de sus compañeros de colegio —quien habría sido apoyado por otros para ejecutar el brutal crimen—, hay antecedentes que conocieron los padres de familia y las directivas del colegio Los Pinos, donde estudiaban los menores. Hechos a los que no se les prestó atención para alertar a las autoridades sobre lo que estaba ocurriendo.

El contexto de acontecimientos previos a la fatal decisión arroja información clave. Cinco meses antes del asesinato de Carlos, ocurrido el 15 de agosto, la víctima tuvo una pelea, dentro del colegio, con otros dos estudiantes: Pedro y Guillermo. En el enfrentamiento el joven mariachi le propinó una puñalada a Pedro. Esta información fue confirmada a El Espectador por el coronel Óscar Pinzón Moreno, comandante de la seccional de Protección y director del Grupo de Infancia y Adolescencia de la Policía de Bogotá. El uniformado agregó que los padres de Carlos, incluso, le pagaron los medicamentos y la curación al herido.

El testimonio acerca de la puñalada que recibió Pedro también lo verificó este diario con una fuente del colegio. Según esta versión, los padres de los involucrados en el episodio fueron citados en la institución educativa, pero todo quedó ahí. No hubo un seguimiento al conflicto, nadie informó de lo sucedido al Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF), ni mucho menos hubo una denuncia ante la Fiscalía. La Secretaría de Educación tampoco recibió una alerta y apenas se enteró de lo sucedido ante una consulta hecha por este medio.

Las cuentas pendientes y la mala cara entre los estudiantes continuaron. Al parecer, las rencillas se exacerbaron por el interés de Carlos en Sandra, una estudiante del colegio que en ese momento tenía 14 años. A ella no le gustaron los piropos y así se lo comunicó a Pedro, de 18 años (quien también cortejaba a la muchacha) y a Guillermo, de 16.

Según los indicios que tienen las autoridades, Sandra se puso de acuerdo con ellos para planear el asesinato de Carlos una semana antes del fatídico 15 de agosto. Se presume que la joven se comprometió a evitar que el joven fuera al colegio con la falsa idea de llevarlo al Santuario de la Peña para presentarle a una amiga y les dijo a sus dos compañeros en qué punto les entregaría al mariachi.

De acuerdo con una de las versiones, los jóvenes quisieron desistir de la idea del homicidio, pero ella los convenció de seguir adelante. Lo que están verificando las autoridades es si en ese instante comenzaron las agresiones de Guillermo contra Carlos, y si Sandra estuvo presente en los hechos. “Las nuevas pruebas señalan que ella organizó todo”, anotó el coronel Pinzón.

Después de que se encontró el cadáver de Carlos, el 18 de agosto, cubierto de piedras en el Santuario de la Peña, Guillermo fue al colegio y algunos compañeros lo acusaron del asesinato y quisieron hacer justicia por su propia mano. Él decía que no era el responsable, pero luego en el centro educativo todos se sorprendieron cuando se enteraron de que se había entregado y aceptado los cargos por homicidio agravado.

Pedro y Sandra no han aceptado los cargos. La joven fue capturada el miércoles por la Policía y está en manos del ICBF para que dé su concepto psicológico, verifiquen las condiciones de su hogar e indique si pudo haber actuado con conocimiento de causa. De demostrarse su responsabilidad como autora intelectual del homicidio, será enviada a un centro de reclusión especial y se le impondría la pena máxima para menores: siete años.
Los jóvenes involucrados en esta historia de pasión y odio son estudiantes del colegio Los Pinos, ubicado en el populoso barrio Los Laches, en el centro oriente de Bogotá, donde viven personas humildes, muchas de las cuales trabajan como obreros o en el servicio doméstico. Pero también se trata de un sector en el que no es extraño que algunas familias tengan vínculos con la delincuencia.

*Por disposición del Código de Infancia y Adolescencia, omitimos los apellidos de los involucrados.

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@VeronicaTellez

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