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Dos visiones sobre espacio público

El arquitecto Guillermo Fischer señala que la modificación al Plan de Ordenamiento Territorial deja este factor en manos del mercado inmobiliario. El Distrito asegura que busca calidad y reducción de los costos para la ciudad.

Uno de los lugares destacados de la ciudad por el espacio público a su alrededor es la Biblioteca Virgilio Barco. / David Campuzano - El Espectador
Uno de los lugares destacados de la ciudad por el espacio público a su alrededor es la Biblioteca Virgilio Barco. / David Campuzano - El Espectador

Urbanismo sin dimensión humana

Gustavo Petro planteó en su campaña una Bogotá ecológica. En consecuencia, la propuesta del nuevo Plan de Ordenamiento Territorial (POT) contempla una ciudad densa, que protege su territorio natural, disminuye las cargas que el transporte impone sobre la naturaleza y aumenta el tiempo libre y la productividad de sus habitantes.

Los ingredientes tradicionales en los POT han sido tres: edificación, movilidad y espacio público. Ahora se añade un ingrediente descuidado en los anteriores: el cambio climático, dejando de lado el mayor logro en el que Bogotá ha logrado reconocimiento mundial: el espacio público, para muchos el ingrediente más importante, ya que es el único lugar donde se “homogeneizan” las diferencias de clase y se construye el ciudadano igualitario.
En este POT, la creación de espacio libre recae en los aislamientos que se exijan al constructor a cambio de una altura mayor, cuyo resultado formal serán espacios residuales, inútiles para la reunión ciudadana, los cuales van a terminar siendo apropiados por los particulares o convertidos en muladares.

Espacio público es el lugar donde cualquier ciudadano tiene el derecho de estar y circular y que el Estado está en la obligación de proveer. Los términos antejardín, cesión, aislamiento, retroceso no son espacio público, sino distancias que se establecen entre edificios y vías. Su uso es privado, ya que existe la posibilidad de hacerles cerramiento.

Paradójicamente, estos nombres de espacios abiertos provienen justamente del modelo urbano que el POT pretende acabar: el suburbio de expansión descontrolada. El aislamiento consiste en los retrocesos que hacen los constructores a cambio de altura y densidad, como los antejardines y las “cesiones”, restos informales dejados por la operación inmobiliaria. Una concepción que, se podría decir, es “neoliberalismo Petrificado”, valga la mayúscula, hecho por una Alcaldía que se supone progresista.

En el área central de la ciudad, donde se permite edificación de gran altura y que estará densamente poblada, es notoria la ausencia de espacio público.

La herramienta fundamental de urbes que han tenido renovación urbana exitosa ha sido hacer más atractivo el centro que el suburbio periférico, con la creación de espacio publico. Aquí sucede todo lo contrario.
Simulaciones que expertos urbanistas han hecho muestran que el área libre (privada y pública) por ciudadano en proyectos de alta densidad con el POT actual es de 4,0 m² por ciudadano; al aplicar las normas del nuevo, bajaría a un escalofriante 1,3 m² por habitante en las mismas zonas.

Paradójicamente, se suele ubicar a Enrique Peñalosa en el otro espectro político, cuya política de espacio publico inclusivo aparece ante este POT como extremadamente progresista.
Este es un POT que no construye sobre lo construido, y hace tabula rasa no solamente en el tema del espacio público, sino en el otro ingrediente ligado: la edificación, cambiando radicalmente la forma en que la ciudad ha crecido en las últimas décadas. Las demás urbes del planeta no hacen planes donde se “patea el tablero”, sino que cuidadosamente detectan las tendencias malignas y benignas del desarrollo urbano y hacen cuidadosos ajustes a las normas que aseguren un desarrollo continuo en la mejora de la calidad de vida de sus habitantes.
El espacio público no puede ser el resultado aleatorio del mercado inmobiliario. Debe ser planeado acorde a una ciudad que cuadruplicará su densidad de población por metro cuadrado.

Guillermo Fischer ** Colectivo Ciudades Invisibles

La meta: calidad y equilibrio ambiental

Bogotá cuenta con tres políticas sobre su espacio público: la primera se orienta a la generación donde es insuficiente. La segunda, a mejorar su calidad que, en sentir de muchos, es poco amable con el humano y poco cercano a lo natural. Y la tercera, a fortalecer la gestión institucional, económica y social para administrarlo y cuidarlo del deterioro y el uso inadecuado. Pero las herramientas, los mecanismos y las normas para desarrollarlas no son claros. Vale la pena aclarar algunos de los aspectos al respecto:
La modificación excepcional del POT (Mepot), que cursa en el Concejo, decide, entre otros, que en procesos de redensificación también se adecue y entregue parte del suelo para generar parques, vías, plazas y suelo para equipamientos públicos de salud, educación, cultura, etc., como soporte para que la ciudad funcione y las condiciones de vida en los barrios mejoren.

Dependiendo de los déficits de espacio público, habrá sectores en que esa obligación pueda atenderse mediante entrega y dotación de suelo en otro lugar, o pagada en dinero, para que el espacio público sea generado donde la gente más lo necesita. Esto se logra con el cumplimiento de obligaciones urbanísticas (ver artículo 326 del proyecto de Acuerdo).

Con las normas actuales, y durante años, muchos proyectos no han tenido que aportar a la ampliación de infraestructuras y espacios públicos. Hoy se transforman barrios de casas de 1 y 2 pisos, en barrios de edificios de 8 y 10 niveles. Así se multiplica la población sin generar un metro cuadrado nuevo de espacio público, vías o equipamientos.

Junto con la exigencia de generar espacio público, la Mepot permitirá que el aprovechamiento del área privada para los proyectos a desarrollar también sea mayor. Hoy las normas permiten ocupar máximo el 28% del área total un lote, generando edificios de entre 10 y 15 pisos, rodeados de rejas. La norma propuesta permite edificaciones de igual o menor altura, ya no rodeadas de espacios libres privados entre rejas, sino de espacio público de mejor calidad para todos, como parques, plazoletas o alamedas; menos rejas y más edificios dando frente al espacio público.

Las normas sobre aislamientos y antejardines son esenciales para articular el nuevo espacio público con lo edificado, no el mecanismo para generarlo. La función que cumplen en la ciudad la calle, el parque, la plaza y el edificio público es irreemplazable.
Hoy sabemos que es muy difícil generar espacio público de calidad en una zona central y consolidada de ciudad, mediante grandes proyectos que implican alta inversión pública que, a largo plazo, dan lugar a grandes espacios libres, pero sin vitalidad urbana, desplazando residentes originales y con pocos aportes para revertir el deterioro de un sector.

Es importante el fortalecimiento de la vocación funcional y de equilibrio ambiental del espacio público. Recientemente la discusión se ha centrado en qué tanto espacio público tenemos, restando atención a qué tan bueno es el actual.
Todas las críticas enriquecen, más aún cuando se trata de la discusión sobre el espacio de todos. La Mepot se ha hecho con el aporte de diversos actores; personas del común, expertos en la forma urbana y la arquitectura, y de experimentados en habitarla; estos últimos quizá, quienes mejor entienden el espacio público porque lo recorren durante horas al día, trabajan en él o simplemente lo habitan y lo sienten como suyo.

Secretaría Distrital de Planeación