El Buen Pastor: entre la fiesta y el dolor

Internas de la cárcel de mujeres El Buen Pastor participaron en un concurso de belleza en el que las figuras del desfile fueron sus historias.

El cielo de Bogotá era gris como de costumbre, se mezclaba con los interminables pasillos de la cárcel el Buen Pastor de mujeres. Oscuridad, viento y frío adornan las paredes, lo único que resalta son cenefas de ropa sucia y mojada colgando de las celdas.

Al final, después de pasar varias puertas vigiladas por dragoneantes del INPEC (Instituto Nacional Penitenciario y carcelario) y guiados por un vallenato de Diomedes Díaz, llegamos a un patío donde se llevó a cabo el reinado de las reclusas. Era ambiente festivo. Bombas, confeti, pitos y gritos hacían del pasado viernes 22 de septiembre un día diferente. Estaban de fiesta. Aquí no vale la edad, la clase social, la raza, la nacionalidad, ni el delito por el que se encuentran recluidas, al fin de cuentas todas viven el mismo infierno de concreto.

Sus guardianas, impecables. El maquillaje y el uniforme bien puesto eran el común de estas mujeres que poco a poco se fueron integrando a la fiesta, se juntaron al baile y al desorden, eso sí, cada una le hacía fuerza a su patio, ese mismo que día a día vigilan y controlan. Hoy las reclusas parecían sus amigas.

Llegó el momento esperado, el desfile. Con arengas y pancartas cada reclusa animaba a su candidata preferida, o simplemente a la representante de su patio. Una por una desfiló y se envolvió en el papel intentando convencer a los jurados, quienes después de los desfiles premiarían a la mejor. Las historias también iban desfilando.

Entre la música y parejas de reclusas bailando juntas, el caso de una madre recluida con su hija en el mismo patio, pero por delitos distintos, dejaron impresionados a los invitados de honor. Rostros desgastados y miradas arrepentidas se ocultaron detrás de una sonrisa incompleta que al final de la tarde volvió a ser apagada por la oscuridad de sus celdas.

Pero no todo era fiesta. Al otro lado de la cárcel, donde el sonido de la música y de los gritos se iba perdiendo dentro de las celdas, se encontraba Érika Chavarín, una mexicana condenada por narcotráfico en Colombia, ha pagado tres años y le quedan varios más en prisión. Para ella no había fiesta. Su padre, quien era incondicional había fallecido el pasado 8 de septiembre en el terremoto de Chiapas.

Su tristeza caía con cada lagrima que salía de sus ojos; su dolor y su arrepentimiento se iban con los lejanos aviones que se escondían dentro de las nubes. El único consuelo fueron sus compañeras de patio, que en su mayoría fueron condenadas por el mismo error. Al otro lado, y por el teléfono Lourdes, su mamá, le contó la noticia. Además, su sobrino todavía se encuentra en riesgo. Pidió perdón a su padre, y ahora, cada noche que le falta en Colombia será más triste que las que ya pasaron.