El debate por los baños mixtos

Este lunes, en su regreso a clases, los estudiantes de la Universidad Externado encontrarán estos espacios. Además de su impacto positivo, la medida trae desafíos para adecuarlos mejor para los discapacitados y evitar que sean foco de acoso sexual.

En Estados Unidos, hay más de 4.000 baños neutros. AFP

La apertura de baños mixtos en la Universidad Externado genera un debate nuevo en Colombia. Hoy, cuando los estudiantes retomen sus clases, encontrarán uno en cada edificio y podrán entrar a ellos sin importar el género. Parece que la medida tiende a ser aceptada, pero a la vez trae desafíos: adecuar mejor esos espacios para poblaciones que seguramente los usarán, como los discapacitados, y concienciar a los usuarios para mantenerlos limpios. Además han surgido inquietudes entre mujeres que temen ser acosadas. (Lea: “El baño mixto es una pequeña solución para la discriminación”: rector de la U. Externado)

Se trata de seis baños neutros, que equivalen al 34 % del total. El rector Juan Carlos Henao tomó la decisión por tres razones: los reclamos de mujeres por las extensas filas en sus baños, el respeto por la identidad de género y la propuesta de Barack Obama de que todas las escuelas públicas de Estados Unidos tengan espacios de este tipo, tema que también se metió en la carrera presidencial hacia la Casa Blanca. (Vea: Los estudiantes de la U. Externado dieron el sí a los baños mixtos). 

Además de quienes se han mostrado a favor, algunas mujeres consultadas por este diario plantean argumentos en contra. Dicen que si algunos hombres las acosan sexualmente en Transmilenio, ¿por qué no lo harían en el baño, un espacio más cerrado? Sienten que estar rodeadas por un combo de tipos les quita intimidad para maquillarse, subirse el brasier, limpiarse cuando llega la regla. Saben que no todos los hombres buscan el roce, pero piensan que el baño atrae a quienes sí lo hacen. Sin embargo, las estudiantes están en libertad de utilizarlos: el 66 % de los baños no sufrieron modificaciones.

También cuestionan la utilidad de estos baños para la población travesti. Consideran que si una mujer trans, por ejemplo, busca reafirmar su identidad de género, lo mejor es que use el baño femenino, y que si alguien no se reconoce como hombre ni como mujer, no tendrá lío en entrar a uno u otro.

La medida, para ellas, abre un debate: ¿ofrecerles un espacio seguro a algunas poblaciones, como los trans y las personas en condición de discapacidad, aumentará las posibilidades de acoso a las mujeres? Ochy Curiel, feminista y coordinadora del posgrado de la Escuela de Estudios de Género de la Universidad Nacional, piensa que sí. “No estoy de acuerdo con la creación de baños mixtos por el riesgo de acoso sexual y por higiene. Mientras no se concientice acerca de la alta dominación que tienen los hombres sobre los cuerpos de las mujeres, es peligroso hacerlo. Además, muchos de ellos mojan la tasa cuando orinan y esas bacterias traen problemas para la salud”.

Matías Matilda González, la mujer trans que consiguió crear los primeros baños neutros de la Organización de Estados Americanos (OEA), en Washington, piensa, por el contrario, que el miedo al acoso no se puede basar en la sospecha. Señala que, de acuerdo con una investigación del centro Media Matters, los 17 distritos escolares más grandes de Estados Unidos con estos espacios no han reportado casos de hostigamiento. Que en Carolina del Norte los adultos conservadores impulsaron una medida para prohibir el ingreso de los trans al baño con que se identificaban, pero en las audiencias la Policía no presentó ningún reporte en el que hombres se disfrazaran de mujeres para atacar, como sostenían los veteranos. Que mientras el excandidato republicano Ted Cruz advertía de los supuestos peligros de combinar niñas y hombres adultos en el mismo espacio, 200 organizaciones que luchan contra la violencia sexual desinflaron su discurso. “No en mi nombre”, fue la consigna. La división de baños, sostiene, no protege de las violaciones.

Juan*, un hombre trans de 22 años que estudia finanzas en el Externado, cuenta que en el baño de mujeres le decían que se había equivocado de lugar. En el de hombres, la imagen de una paliza galopaba en su cabeza. Sólo entraba cuando un amigo podía escoltarlo. Con la medida, se quita un ladrillo de encima y reconoce que es un punto de partida. “Aunque el doctor Henao busca incluir, no puede controlar el trato de algunos profesores y compañeros. Cuando toman lista me llaman por mi nombre femenino, pero yo soy hombre. Ahí comienzan las burlas y los señalamientos. También recuerdo que un docente me dijo que nunca había tenido un estudiante LGBTI que sacara cinco porque, según él, eran vagos y rumberos”.

“En un mundo libre de transfobia, no serían necesarios los baños mixtos”, apunta González. Durante su paso por la Universidad de los Andes, donde estudió derecho, se mantuvo en el clóset como un hombre gay porque el entorno no le daba otra opción. Recuerda que, como presidente del Círculo LGBTI de esa institución, propuso ante su facultad crear baños sin género, pero le rechazaron la idea al instante. Vivía con miedo cotidiano a entrar al baño. En ese momento de exploración sexual cualquier alternativa —falda o pantalón— le producía la seguridad de quien se sube a una canoa. Luego, durante su etapa en American University (Washington), comía menos para no ir muy seguido al baño, y tuvo que ubicar el menos concurrido, en un sótano. “En la OEA comencé a ver que ir al baño influía en pensar mi identidad. Ahí me pregunté si iba a tomar hormonas o hacer transformaciones corporales. Una vez tuve títulos, empezaron las intervenciones. Antes no: en la universidad me rechazarían”.

Para González, esto detona varias preguntas sobre la población trans, que van más allá de la apertura de baños mixtos: ¿por qué ni en el colegio ni en el trabajo ni en la universidad hay compañeros trans? ¿Por qué su expectativa de vida en América Latina es de 35 años y el 90 % de ellas ejercen o han ejercido la prostitución? “Es hora de abrir más cupos educativos y de prestar acompañamiento psicológico en el proceso”, propone.

La población con discapacidad es otra beneficiada con la medida. Yenny Guzmán, abogada de la clínica jurídica Paiis, de la Universidad de los Andes, resalta que los acompañantes de estas personas podrán entrar sin importar su identidad. “Los baños son lugares de discriminación y esta iniciativa pone sobre la mesa la discusión de cómo hacerlos seguros. Hay que pensar en baños con diseño universal, que no generen violencia para nadie y garanticen el acceso a las personas en discapacidad: una rampa para entrar, espejos con todos los ángulos, una baranda que les permita llegar al sanitario”.

González concluye que el machismo no es un destino ni una fatalidad: hombres y mujeres y quienes no se identifican con ningún género pueden aprender a compartir este espacio. “Hay hombres que orinan la tasa y no limpian, como hay mujeres que dejan la toalla higiénica a la vista. Debemos trabajar, con educación y debate público, para cambiar esas actitudes históricas. Nada de esto se soluciona segregando los géneros”.

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