Habrá protestas hoy para exigir soluciones

El drama de vivir a 200 metros del relleno sanitario Doña Juana

Habitantes del barrio Mochuelo Alto, cuyas viviendas colindan con el relleno sanitario, insisten en que en sus casas persisten los malos olores, así como la presencia de moscas y roedores. Piden que no se amplíe la vida útil del basurero.

José Alonso Díaz pide que no amplíen los terrenos ni prorroguen la vida útil del relleno sanitario Doña Juana. Cristian Garavito

 

No hay rincón en la casa de José Alonso Díaz que no esté contaminado por las moscas. Las siente en el rostro cuando se despierta; las espanta con la mano al llevarse una cucharada a la boca, y las vuelve a sentir sobre la piel tras apagar las luces al final de la tarde. Los días frescos son los más tranquilos, porque solo están en las paredes, sobre las cortinas, en las ollas y algunas revolotean sobre su cama. Pero cuando la temperatura supera los 12°C, pareciera que vive en medio del relleno sanitario Doña Juana, su vecino, que se levanta a 200 metros de su casa. “No es ningún relleno; es un basurero”, corrige indignado. (LEA: 20 años de una tragedia que no se supera)

Él tiene 43 años y no ha conocido lugar distinto para vivir que el barrio Mochuelo Alto, en Ciudad Bolívar. Como la mayoría de los habitantes del sector, José Alonso se dedica a la agricultura; a las cuadras del barrio les dice veredas y por sus calles transitan hombres de ruana, bigotes y botas pantaneras, quienes no se han enterado de ningún crimen desde que inició el año . Los datos estadísticos de la Policía confirman su percepción: no se ha registrado un homicidio y no se ha interpuesto una sola denuncia, tanto por robo a personas como al comercio. (LEA: 631.000 personas esperan indemnización tras el derrumbe en Doña Juana)

“Acá cultivamos arveja, alcachofas, zanahoria, fresas, tomate de árbol, papa criolla, cilantro… Es una tierra muy fértil”. Como telón de fondo, observan y escuchan las decenas de vehículos que transportan y depositan en las entrañas de la tierra las 6.000 toneladas de basura diaria provenientes de Bogotá. Por eso, no dudan en considerar que el devenir diario del barrio es una paradoja: “Nosotros les enviamos alimentos y nos devuelven montañas de basura”. (Galería: Así fue el derrumbe registrado hace 20 años)

Habitantes de Mochuelo Alto se dedican, principalmente, a labores de agricultura. Desde su vereda, al fondo, se puede apreciar el relleno. Siembran alcachofas, papa criolla, zanahoria, fresas, tomate de árbol, cilantro. Cristian Garavito-El Espectador

 

Tras ese ir y venir de los desechos, corren los roedores al lado de las casas, en las tiendas, en la escuela, en la cancha deportiva. José Alonso se los encuentra todos los días, a las 6:00 a.m., cuando sale a trabajar: siente que las ratas rozan sus pies y se pierden en la penumbra. Las vuelve a escuchar en las noches, cuando se enfrentan a los gatos que tuvieron que conseguir los vecinos para alejarlas de la cuadra. Son negras y enormes como conejos, dicen. Otros habitantes, como José Alonso, optaron por tapar los orificios que estaban entre las paredes y las tejas y entre el suelo y las puertas, para no dejarlas entrar a sus casas. Así las han mantenido al margen. 

Pero el contacto con los vectores y los infinitos males de Doña Juana, que lo han hecho caminar con aire abatido y lo hacen lucir mayor, no han logrado vencerlo hasta la enfermedad. “Sí que tengo defensas, porque no tengo derecho a enfermarme”. Hace unos años trabajó en una empresa constructora y el sueldo era “digno”. A partir de ese momento su calificación para el Sisbén se disparó y ya no puede acceder a ese beneficio. “Es inhumano, porque viviendo por acá no tengo seguro médico. Ni a eso parece que tengo derecho”.

Los niños salen de una gripa para entrar en otra. Tienen dolencias con frecuencia y sus ojos permanecen rojos, a punto de lagrimar. En consonancia con un estudio de la Universidad del Valle, publicado en 2006, los líderes del barrio les atribuyen las enfermedades respiratorias y la propensión al cáncer a los gases que emite el basurero. De hecho, de acuerdo con la estación de monitoreo de calidad de aire de la CAR, los promedios de contaminación por material particulado (PM10) de la zona superaron el promedio nacional en 30 puntos, un índice que resulta crítico.

“Es como si nos quisieran matar poco a poco”, dice Romualdo Cruz, de 65 años, quien llegó al sector hace tres años para construir su casa. Desde entonces se ha privado de lujos como consumir carne frita, porque las moscas lo acechan desde el instante que enciende la estufa. Muestra de ello son los platillos antimoscas que están colgados sobre su cama. A ninguno de ellos le cabe un insecto más.

Concluida la manifestación que realizaron en agosto, los habitantes del área de influencia volvieron a sus viviendas y su situación, insisten, no ha cambiado. En ese momento le pidieron a la administración distrital que no prorrogara la vida útil de Doña Juana hasta el año 2070 y que tampoco expandiera los terrenos en 130 hectáreas y 200 adicionales para la amortiguación ambiental, como lo indicó el alcalde Enrique Peñalosa el pasado 23 de agosto durante un debate de control político en la Cámara de Representantes. Eso significa para ellos solo una opción: la expropiación de sus predios. El Distrito, sin embargo, asegura que está abierto al diálogo. 

“Nosotros fuimos criados en el campo, sabemos trabajar la tierra, ahora cómo es posible que nos envíen a la ciudad", dice Romualdo. A su lado agrega José Alonso: “Mientras protestamos, las autoridades nos señalaron, nos enviaron el Esmad y al final nos dieron puros pañitos de agua tibia, porque no nos han solucionado nada. Ahora quieren desplazarnos; nos sentimos amenazados”.

Ellos creen que el futuro de Doña Juana puede ser distinto: por un lado, si no es posible clausurarlo, proponen una planta de reciclaje para aprovechar el material reutilizable que llega hasta ese punto y, por el otro, les piden a los habitantes de Bogotá y de los municipios aledaños que cada vez que botan su basura y se olvidan de ella hay una población campesina que la padece y que no tiene otra opción que vivir junto a ella. A pesar de todo eso, se niegan a abandonar su tierra.

 

 

 

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