El estilista de los muertos

El oficio de Ignacio Martínez es peinar, maquillar e incluso pintar las uñas de los cadáveres, para que tengan un aspecto digno durante las exequias.

Ignacio Martínez lleva 10 años trabajando como embalsamador.

“Un día me llegó el cadáver de un bebé de ocho meses. Era un cuerpo intimidante, tenía los ojos abiertos. Intenté varias veces ponerle bolitas de algodón en los párpados, pero no logré cerrárselos. Fue tal la frustración que me tocó hablarle y decirle que yo no tenía la culpa de lo que le había pasado, y que por favor me dejara trabajar. Después de esas palabras salí unos minutos del cuarto para tomarme un tinto, y cuando regresé el bebé había cerrado sus ojos”. Ignacio Martínez narra este episodio con tranquilidad, como una anécdota más de los diez años que lleva como embalsamador.

Se puede decir que el oficio de Martínez es maquillar la muerte. Además de ocuparse de los asuntos fisiológicos del cadáver, gran parte de su trabajo consiste en peinar, vestir e incluso aplicar cosméticos a los cuerpos, para que los familiares puedan despedirlos con dignidad. Por eso dice que reconoce que hizo un buen trabajo cuando los dolientes del difunto le comentan que parece que su ser querido, en vez de muerto, estuviera dormido.

El especialista cuenta que la clave de lo que hace es el amor por su profesión y el respeto por el difunto. De hecho, cuenta que siente la presencia del alma de los muertos en el cuarto donde trabaja. A veces percibe algún tipo de resistencia por parte de los cadáveres que no le deja más remedio que hablar con ellos para pedirles colaboración. E incluso se ha tenido que poner bravo para que le permitan terminar con sus labores. También reconoce haber tenido temor cuando está con los cuerpos en lugares oscuros y que ha sentido manos que le tocan la espalda.

A pesar de las presencias que percibe, prefiere trabajar de noche porque puede dedicarle más tiempo a cada cuerpo, en un proceso que, dice, requiere mínimo hora y media. Sin embargo, en casos complicados, como los cuerpos en un avanzado estado de descomposición, puede demorar varios días. Apenas recibe el cadáver empieza por drenar la sangre y succionar con una aspiradora las vísceras del vientre. Después tapona todos los orificios para evitar que los gases salgan y expelan un mal olor. Cuando termina con el trabajo fisiológico, procede a mejorar la apariencia del difunto.

“En esta profesión hay que ser muy integral. Además de mis conocimientos en anatomía, estoy al tanto de las técnicas de belleza. Sé peinar y cortar cabello. A los hombres les afeito la barba, a las mujeres les pinto las uñas y las maquillo de la forma que prefiera la familia. Me baso en una fotografía para poder conservar al máximo la apariencia que tenían en vida. Y como toque personal, suelo rociar silicona en aerosol en el cabello de los cadáveres, pues descubrí que resalta el brillo. También es parte de mi trabajo vestirlos y dejarlos con un aspecto elegante y formal para las exequias”.

Debido a la minuciosidad con que hace cada uno de sus trabajos, Martínez ve con preocupación la competencia que hay entre las funerarias: “Siempre están corriendo y piden que termine el trabajo cada vez más rápido. Pero el cuerpo de un ser humano merece tiempo para darle la correcta despedida. Esta industria podría mejorar si no se satura al embalsamador con varios pedidos al día. Pero como en todo, la plata está de por medio, pues un servicio puede costar cerca de $15 millones en algunas de las mejores funerarias de la ciudad”.

El trabajo más difícil que ha realizado fue la preparación de un cadáver que tenía dos semanas de descomposición. Tuvo que trabajar con un compañero por cinco días con el fin de recuperarlo, enfocándose en las partes que se verían durante las exequias: manos, pies y cabeza. Son pocas las veces que recibe este tipo de casos, pues requieren mucho tiempo y generalmente las familias no tienen los recursos para pagar un procedimiento tan complejo. Por eso sueña con tener su propio laboratorio, para poder trabajar sin la presión económica que gobierna en el gremio.

Martínez llegó a este trabajo por accidente. Comenzó su vida laboral manejando un taxi. Después consiguió un puesto administrativo en una funeraria, en donde, un día cualquiera, los directivos del negocio le ofrecieron trabajar como embalsamador. “Primero tuve que aprender de manera empírica, y después de un par de años logré obtener mi certificación en Medicina Legal. Debido a que mi formación fue diferente, me costaba comprender las técnicas modernas. Por ejemplo, yo solía drenar la sangre del cadáver por arteria femoral, pero tuve que aprender a hacerlo por la yugular”, comentó.

Después de una década de trabajo como embalsamador, Ignacio Martínez no puede despegarse de su profesión. Dice que el hecho de ser católico le ayuda a lidiar con el oficio. Es tanto lo que ha significado en su vida el trabajo con la muerte, que a su esposa la conoció cuando embalsamó el cuerpo del abuelo de ella.  Relata en tono de chiste que sus amigos le dicen que sólo habla de muertos y que sus hijos lo tildan de loco. Sin embargo, es un oficio que respeta. Dice que del constante contacto con los difuntos ha aprendido a quererse y a valorarse mucho más como ser humano.

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