El gran Salto del Tequendama

La Fundación Granja Ecológica El Porvenir decidió restaurar la casona que está en frente de la cascada y diseñar recorridos para que los visitantes conozcan la fauna y la flora de este espacio.

Recuperar el Salto del Tequendama ha tardado 18 años. Cristian Garavito

El Salto del Tequendama fue la casa de mamuts hace millones de años. Este lugar prestó sus piedras para que desdichados saltaran a buscar una tregua con sus problemas. Recibió a las grandes plumas del periodismo para que cumplieran con contar centenares de historias, a través de la crónica roja. Fue lugar de recreación, de aguardiente y paseos sabaneros. Incluso, también fue parte de la historia del transporte en Colombia, cuando la casa que queda al frente de la cascada funcionó como estación de la Línea Sur de Ferrocarriles Nacionales, restaurante y hotel. Durante años este rincón de Soacha padeció del olvido de los ciudadanos y de los gobernantes, pero un grupo de profesionales, llamado la Fundación Granja Ecológica El Porvenir, quiso cambiarle la cara y ahora este espacio se convirtió, además de un bello paisaje, en una casa museo.

En 2010, El Espectador denunció que este lugar natural era víctima de un ecocidio, pues ni siquiera había agua. De acuerdo con el registro de esa época, el motivo de la sequía era el “desvío del cauce del río Bogotá, la sequía y la utilización de sus aguas para producir energía por parte de Emgesa, que desde hace más de diez años realiza este procedimiento siguiendo los términos de la Ley 143 de 1994”. Eso sin contar las toneladas de desechos que los habitantes del sector botaban al espejo de agua.

Al ver este panorama, la Fundación Granja Ecológica El Porvenir decidió comprarle la casa a Roberto Arias, fundador de Colsubsidio. Sus integrantes se remangaron y empezaron a trabajar para la recuperación no sólo de la cascada de 150 metros, sino también en la restauración de la propiedad aledaña, construida entre 1923 y 1927, que ahora se convirtió en la Casa Museo Salto de Tequendama. Las paredes rosadas que estaban deterioradas por la falta de mantenimiento ahora son blancas y el techo volvió a tener tejas.

Esta construcción de arquitectura francesa está anclada al precipicio y anexa a la catarata de la que toma su nombre. Guarda en su interior décadas de historia y costumbres del siglo pasado. En su mejor época, el lugar era visitado por miles de turistas nacionales y extranjeros que se maravillaban con la gran caída. Tiene cinco niveles y uno de ellos se acondicionó como museo, donde se exponen obras sobre la biodiversidad del país. En este momento, por ejemplo, se pueden observar las obras de Aimé Bonpland, un importante botánico francés, quien resaltó de manera especial la belleza de los bosques colombianos.

Ahora ellos se encargan del mantenimiento de este patrimonio que estaba en ruinas y también de la protección de los animales, como insectos, aves, mamíferos, anfibios y especies de plantas silvestres que habitan este ecosistema de bosque de niebla. Y lo mejor es que todo esto puede verse muy de cerca gracias a los recorridos que hace la organización por los predios de la granja El Porvenir, un espacio anexo a la catarata.

María Victoria Blanco, directora ejecutiva de la Fundación El Porvenir, cuenta que todo esto fue posible, en gran medida, por la ayuda de la Universidad Nacional. Su Instituto de Ciencias Naturales realizó el inventario de flora y fauna, así como el registro histórico del lugar. El líder de este proyecto fue el profesor Santiago Díaz, quien luego plasmó los resultados en un libro con la biografía completa de este espacio.

Blanco asegura, además, que desde que comenzó este proceso, su sueño siempre fue el mismo: que los turistas vuelvan y descubran un patrimonio ambiental y cultural del país. Lo cierto es que lo lograron. Después de 18 años trabajando en esta zona hay una nueva casa que le da la talla al gran paisaje que hay al frente. “Ahora es evidente la congestión de los vehículos cuyos ocupantes tratan por todos los medios de obtener la mejor fotografía y, por supuesto, de encontrar un espacio para parquear e ingresar a la hermosa casona. Esta bella obra arquitectónica, que estaba totalmente cubierta por la suciedad, hoy resalta en medio del cañón como Casa Museo y el Salto del Tequendama que hoy vuelve a exhibir su caudal”, dice Blanco.

El único sin sabor de este proyecto es que el Estado ha brillado por su ausencia. Ellos han recibido ayuda hasta de la comunidad francesa en Colombia, a la cabeza de la Agencia Francesa de Desarrollo y de la Unión Europea, quienes lograron un importante apoyo económico para la restauración arquitectónica de la casona. Sin embargo, la Fundación espera que con el fallo que salió en marzo del año pasado, solicitando a los entes territoriales pertinentes su intervención y ordenando que de manera inmediata se protegiera como Patrimonio Natural y Cultural de la Nación, algo cambie y quienes debían encargarse de este espacio empiecen a hacerlo cuanto antes.

Aún continúan los trabajos de restauración. Todavía falta arreglar los últimos dos niveles y mejorar algunas zonas verdes. Sin embargo, este primer paso es un gran avance para que el proyecto empiece a funcionar solo, con lo que se recaude con las visitas. La Fundación de todas formas recibe las ayudas, pues aún queda un largo caminar para volver a dejar este patrimonio tal y como estaba hace casi 80 años.

 

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