El hijo de la recicladora

Desde el barrio Los Laches, en el centro de Bogotá, hasta la calle 100 con carrera 7ª, el largo cuadrante citadino es testigo de miles de vivencias diarias: las hay callejeras y universitarias, domésticas y laborales, diurnas y nocturnas. Miles.

María Helena Pinilla junto a su hijo Andrés Sarmiento en la Plaza de Bolívar./ David Campuzano - El Espectador
María Helena Pinilla junto a su hijo Andrés Sarmiento en la Plaza de Bolívar./ David Campuzano - El Espectador

Las hay también paralelas, como la que construyeron María Helena Pinilla y Andrés Sarmiento, madre e hijo, cada uno el mayor orgullo que el otro pueda confesar.

Ellos no serían nada sin la lucha. No una confrontación directa con alguien, una disputa momentánea o una pelea casada. No se trata de la lucha en sus concepciones más bélicas. Se trata del paso a paso, de la paciencia, de la constancia. Al día de hoy es probable que mientras él esté haciendo cuentas detrás de un escritorio en la empresa Colombiana de Hidrocarburos, un cómodo edificio situado en la calle 98 con carrera 13, su madre esté seleccionando cosas apiñadas en las canecas de basura que hay enfrente de los parques cercanos.

María Helena es recicladora. Es la realidad detrás del discurso político. Su ajada voz evidencia el trabajo que la hace caminar a diario las calles de Bogotá: buscar a gritos el papel y el cartón para luego separarlos, apilarlos y venderlos. Así es como ha aguantado la carga de ser madre cabeza de familia, tres bocas para alimentar y la afanosa responsabilidad de mantener una casa entera en pie. Su vida laboral se la entregó hace años a la cooperativa de recicladores Asochapinero, un conjunto de personas que se encargan de conseguir fuentes de trabajo para sus socios.

La máquina funciona. Las fuentes son variadas y amplias: desde un concurrido restaurante en el Parque de la 93 hasta un pequeño edificio que queda a la altura de la calle 86 con carrera 11. De todo. Las fuentes, a veces, son creativas y ofrecen cosas distintas. Paul Ríos, el presidente de la cooperativa, se enteró de que el Politécnico Grancolombiano estaba buscando hacer un convenio educativo: si alguno de ellos les hacía le selección de la basura que producían una vez a la semana, una beca completa sería concedida al hijo de un reciclador.

La sonrisa silenciosa de Andrés Sarmiento era la respuesta. Detrás de ese mutismo amigable se encontraba uno de los mejores estudiantes del colegio distrital Los Pinos. Él, a sus 18 años, ya tenía encima el curso Nómina y prestaciones sociales del Sena y mandaba hojas de vida por doquier a muchas empresas. Colombiana de Hidrocarburos lo aceptó y lo incluyó en la nómina para que, de lunes a sábado, cumpliera un horario desde las siete de la mañana hasta las cinco de la tarde. Papeleo, cuentas, sumas, restas. La persistencia heredada de su madre. Lo que se hereda no se hurta.

Es así como estos dos han construido una vida que va paso a paso. Él trabajando en el día y cursando de noche cuarto semestre de contaduría pública en una serie de clases que van hasta las diez de la noche. Nada le da pereza. Nada es un obstáculo. Sabe de sobra que todo en la vida se puede lograr si el largo camino se anda a paso lento, pero constante. Ese mismo paso que da ella, a diario, desde la calle 75 hasta la 100, entre las carreras 11 y 7, mientras pregona dos palabras que van perdiendo el sentido, mas no el significado.

El ejemplo de vida que construyeron se debe a una sola cosa: luchar contra viento y marea, contra los inviernos, contra la desesperanza. Así fue como aguardaron un lluvioso domingo en la Plaza de Bolívar, esperando a ser fotografiados para que su historia sirviera como símbolo de lo que han construido día a día.

 

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