El hombre que trazó el futuro de Ámsterdam dio lecciones de planeación a Bogotá

A propósito de la discusión del POT, Zef Hemel, exdirector de Planeación de la capital holandesa, desmenuzó su método de contar historias para que habitantes de calle y partidos políticos proyectaran la ciudad a 2040.

Zef Hemel es director de la Academia de Arquitectura y Diseño Urbano del Róterdam Academy.Fundación ProBogotá

“Esa es la paradoja de la epidemia: para crear un movimiento contagioso, primero hay que crear muchos pequeños movimientos”. 

—Malcolm Gladwell, ensayista de The New Yorker.

En marzo de 2006, en la campaña electoral de Ámsterdam, el director saliente del Departamento de Planeación, Duco Stadig, escribió un memorando a su sucesor: “El dinero para nuevos planes se está agotando”, debido al colapso del mercado de oficinas. Los urbanistas de la entidad respondieron con otro memorando: “El espacio crea dinero”. Luego, entablaron conversaciones con los seis partidos políticos más reconocidos sobre el futuro de la ciudad. ¿Cómo será Ámsterdam en 20 años? Ninguno pudo exponer una visión a largo plazo.

En vísperas de las elecciones, ese grupo de funcionarios escribió una historia de 20 capítulos. Las memorias de una torre del siglo XIX y caminos posibles para restaurarla; la acumulación de basura en la zona rosa y salidas para mantenerla limpia, y la maquinaria de cemento en las zonas rurales y la promesa de no construir un edificio más eran algunos de los temas.

El boceto de metrópoli futurista se presentó ante 25 funcionarios del Departamento de Administración Pública. Como ellos tenían incrustados numerosos expedientes en la cabeza, aportaron con nuevos datos. Zef Hemel, entonces secretario de Planeación, usó los comentarios y escribió una nueva versión de la historia. Semanas más tarde, el texto fue incluido en la lista de proyectos del área metropolitana de Ámsterdam. Se oyó en grandes centros de eventos y gimnasios y teatros y comedores para inmigrantes y habitantes de calle. Se inauguró la leyenda.

Nada más contagioso que un rumor. La historia no fue impresa ni divulgada en internet. Si la gente quería oírla, debía agendar una cita. Y agendar una cita significaba dar ideas, comprometerse. El relato torció su destino con la incorporación de nuevas voces —al final, más de 3.000— y la ansiedad de saber que era imposible ordenar o destrozar el texto empujó a que algunos volvieran a escucharlo, incluso tres o cuatro veces. Ese relato urbano, casi de ciencia ficción, ambientado por novatos en mezclar cemento, fue sustento del Plan Maestro de Desarrollo Urbano de Ámsterdam 2040.

Como Ámsterdam y Bogotá comparten el crecimiento caudaloso de migrantes y bicicletas y la falta de tierra para construir, Hemel participó en un foro para discutir el Plan de Ordenamiento Territorial (POT) en Bogotá y dictó un taller a los funcionarios de la Secretaría de Planeación. Ellos se preguntaban cómo involucrar a las localidades para que contaran sus preocupaciones, una fase que servirá de piso para formular el plan el próximo año. Hemel dibujó media sonrisa y advirtió: “Una planeación exitosa depende de contar buenas historias”.

¿Para qué sirve contar historias en la planeación de ciudades?

Hice el ejercicio 70 veces y alcanzó a llegar a 3.000 ciudadanos por mes. Aún hoy, después de 10 años, recibo mensajes en Twitter de personas que recuerdan los capítulos. Nadie olvida las grandes historias. La repetición hizo que la gente pasara a la acción de manera inmediata. Incluso en algunas zonas de la ciudad, hicieron cosas sin tener un plan estructurado y sin la mano del Estado. Contando historias no se distingue entre la elaboración de un proyecto y su puesta en marcha. Crear una visión narrativa colectiva produce ansiedad, absorbe.

¿Cuál es su noción de planeador urbano?

El planeador, en su papel como dibujante del futuro, parece haber desaparecido en Ámsterdam. Su lugar ha sido tomado por un narrador que atrapa a la audiencia.

¿Cómo tendió puentes entre la capital y los municipios vecinos?

Cuando empecé a contar historias, los primeros en invitarme fueron los municipios aledaños. En Ámsterdam hubo reticencia: algunos ciudadanos son arrogantes y siempre están ocupados. Los vecinos, en cambio, se sentían parte de la historia. Varios estaban decepcionados porque sus tierras no se desarrollaron tanto como esperaban, entonces se afanaron por colaborar en la visión estructural de la región. En la crisis financiera de 2008 proliferaron los espacios vacíos. El 40 % de la región metropolitana estaba abandonada. Con los ciudadanos, creamos una agenda regional con más de cien acciones. Nos libramos de la intervención estatal y poblamos esas tierras.

La densidad de Ámsterdam es la más alta de Holanda.: 11.000 habitantes por kilómetro cuadrado. ¿Hacia dónde crece la ciudad?

Nos prometimos no construir un edificio más y, a cambio, recuperar el centro histórico. Para lograrlo creamos una oficina comunitaria, con expertos en urbanismo y funcionarios públicos que están transformando las oficinas abandonadas en residencias y locales comerciales de industrias creativas. Así duplicamos la densidad sin edificar en áreas rurales.

Allá hay más bicicletas que personas y no hay dónde estacionarlas. ¿Cómo enfrentan esto?

El transporte público, justamente, no ha mejorado mucho. Invertir en este tema es nuestra prioridad en la próxima década. El uso de bicicleta ha crecido 40 % en 20 años; así que la Alcaldía planteó construir 5.300 parqueaderos de aquí a 2020 en estaciones de trenes y buses públicos.

¿Cómo vincularon a los habitantes de calle para elaborar el plan?

La inteligencia sólo se construye con un público diverso. Como viven en la calle, saben dónde poner la mirada. Nos esforzamos en encontrar personas con las que nunca hablábamos, como ellos y la comunidad turca y marroquí asentada en la periferia. Tenía un truco para acercarme: les propuse a 60 habitantes de calle acompañarme por una noche a cambio de cinco euros. Recitaron poesía, tocaron música y luego los entrevisté por horas. A partir de la invitación, algunos crearon su propio blog y escriben sobre lo que pasa en los espacios públicos de Ámsterdam.

¿Qué decían sobre su modelo de desarrollo?

Que el urbanismo moderno no era bueno. Con esa infraestructura adecuada para carros y edificios minimalistas, ellos no podían encontrar dónde dormir. Así, para ellos, las personas viven más aisladas y son menos amigables. Aunque no creo en el determinismo físico, es cierto que la arquitectura del siglo XIX es más intrincada y allí pueden pasar la noche. Nos pidieron sectores sin paso vehicular y con parques, algo más humano, y también construir una arquitectura más rica y abrir pequeñas tiendas, nada de centros comerciales, porque es donde más los rechazan.

Para controlar su dispersión en Bogotá los llevan a centros de acogida, pero muchos regresan a las calles. ¿Es ese el camino?

Aprendimos que muchos de ellos prefieren vivir en las calles. Otros anhelan vivir solos, quieren emanciparse. Todos son diferentes, debemos entender lo que les pasa. ¿Se trata de un problema mental? ¿O es psicológico? ¿Son deudas que los absorben? ¿Pueden vivir sus propias vidas o tenemos que cuidarlos? Por eso odian ir a los hogares grupales; allá los reducen. Luego nos preguntamos qué necesitaban. Descubrimos que faltaba coordinación con las cooperativas de vivienda y en dos meses conseguimos más de 200 casas regadas por todas partes, no concentradas en una zona. Ellos eligieron en dónde vivir. Puede ser un detalle pero, con esas dudas existenciales, fue crucial para ellos.

¿Cuál fue la propuesta para quienes prefieren estar en la calle?

El alcalde habló con ellos para buscar un espacio en los que no se sintieran amenazados. Entonces instalamos campamentos móviles en 12 zonas, donde participan 4.000 habitantes de calle. Allí organizan sus fiestas y otras actividades, con presencia de la Policía y trabajadores sociales. No hay drogas y deben comportarse. Si hay conflictos, pierden el permiso. Se acabó.

¿Qué de la historia quedó en el plan de desarrollo urbano?

Hacer un documento político basado en eso era excesivo. Lo vital fue que, con base en las historias, consignamos nuevos contenidos. ¿El plan? Bueno, está bien, pero son más importantes los tejidos que se armaron. La gente nos conoció y nosotros a ellos.

¿Cuál fue la mayor lección de ese método?

La planeación urbana suele ser tecnocrática y va de arriba hacia abajo; por eso está llena de conflictos. Se necesitan muchos abogados para resolverlos. Frustra. Descubrimos que si lo hacemos de forma abierta, de abajo hacia arriba, podemos avanzar sin tanto obstáculo. En otras palabras, las historias funcionan porque reconocen la complejidad de la vida humana. Son modestas y no buscan dar una interpretación concluyente de la realidad. Nos confrontan con nuestras responsabilidades morales. La creencia es que, si los planes se presentan en publicaciones bellamente diseñadas, se apoderarán naturalmente. Las cosas no funcionan así. Como sentenció Gladwell: para crear un movimiento contagioso, primero hay que crear muchos pequeños movimientos.