Yeisson ganó el Smart-Films y usará parte del premio para ir conocer el mar con su familia

El joven de Villapinzón que brilló en un festival de cine

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Yeisson García sueña con tener su propia productora y hacer cine que nutra con un positivo mensaje a la sociedad. También anhela tener una fundación que brinde educación a los jóvenes más pobres del campo colombiano.

Muchos detalles de quién es Yeisson García vienen de sus acciones y no de sus palabras. Su arraigo al campo, por ejemplo, se evidenció cuando se dispuso a preparar un agua aromática con la que se acompañó la conversación que enmarca este artículo. Se dirigió al patio de su casa, arrancó unas hojas de cedrón, las puso a hervir en una olleta y al cabo de unos minutos, su madre, quien llegó para escuchar la entrevista, la sirvió en unos pocillos de porcelana.

Ya en la sala, rodeado de una decoración de radios y guitarras viejas, y con el mugido de una vaca a lo lejos, este joven de 23 años se dispuso a relatar la historia de cómo ganó dos premios en un festival de cine hecho con celulares (Smart-Films), con la particularidad de que él mismo no tenía un teléfono inteligente.

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“Y el ganador es…. ‘Un último abrazo’”, dijo el presentador. “Cuando mencionaron el nombre de mi corto fue genial. Los nervios se incrementaron al saber que había gente importante del medio allí, que las cámaras estaban apuntándome, no sabía qué decir, no había preparado un discurso, pensé que la voz me iba a salir temblorosa, pero en su lugar me comenzó a picar la nariz y hasta me dio un tic en la cara. Lo peor fue que todo eso se vio en primer plano y por Canal Capital”, recordó con risa.

Este es el corto con el que participó Yeisson:

 

Pero ese momento de luces, cámaras y aplausos tiene su antecedente. En Villapinzón, municipio de Cundinamarca, donde vive Yeisson con su familia, el hogar pasaba por una difícil situación. Este joven recuerda con lágrimas los días en los que el dinero no alcanzaba ni para una panela.

De nuevo, las acciones de este muchacho hablan más que sus palabras, pues a pesar de la falta de recursos se las ingenió para hacer — con materiales reciclados—, el escenario y los personajes con los que cobraría vida a su historia. Con alambres y madera hizo los muñecos, a los que rellenó con arcilla. Su hermana le ayudó a confeccionar la ropa y hasta donó un mechón de su cabello para el pelo y bigote de un protagonista. El corto, asegura, está inspirado en su abuelo Marco García, un hombre de 90 años a quien le guarda un especial afecto. El mensaje de su producción es cuánto se estaría dispuesto a hacer con tal de conseguir ese último abrazo de su ser amado.

También está el detalle del celular. Él no podía trabajar con su Nokia C1, del año 2010. Necesitaba un teléfono con una cámara para trabajar a oscuras. Optó por pedir uno prestado entre sus compañeros de la universidad. Ninguno le colaboró. Fue su mejor amigo de Villapinzón, un campesino con un P20 Lite, el que estuvo dispuesto a intercambiar su teléfono con Yeisson.

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Su recursividad no solo se ve en los materiales que usó para realizar el video, en el que, por ejemplo, convirtió unas varillas y los retazos del marco de una ventana en un riel para grabar la primera escena de su vídeo. Esto también se evidencia en su día a día. Con los $50.000 semanales que le daba su papá, gastaba $20.000 en flotas para viajar a Bogotá, otros $25.000 en pasajes de Transmilenio y, con los $5.000 que le quedaban compraba un paquete de dulces, al que le sacaba $25.000. “Como me hospedaba en la casa de una tía, aprovechaba el dinero para gastarlo en empanadas”, menciona.

“En un solo plano podía demorar hasta seis horas. Cuando terminaba iba al computador y las recopilaba, pero había momentos en el que el celular no hacía muy bien el trabajo de enfocar los objetos, lo que me obligaba a borrar todo, perder ese tiempo de trabajo, y volver a comenzar”, menciona. El fruto de su trabajo, en el que calcula haber invertido cerca de $30.000, fue el reconocimiento de SmartFilms por tener el mejor corto y animación, de allí que haya ganado dos licencias de Adobe, un celular que le dio Motorola como patrocinador y $25 millones.

No obstante, hay un sueño que le apasiona más y es el de tener una productora para realizar contenidos que nutran con su mensaje a la sociedad. También anhela tener una fundación que brinde la posibilidad de estudiar a personas de escasos recursos.

Por lo pronto este joven se concentra en el ahora. Con pasión se pone las botas para ir a trabajar el campo, lugar del que se siente orgulloso, pues sabe que a punta de ordeñadas y moliendas de excremento se ha formado su carácter, ese que lo ha llevado a salir adelante a pesar de las adversidades.

 

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