El nuevo escudero del proyecto Petro

De cuna política y vaivenes entre los movimientos de izquierda, Jaramillo estará encargado de revitalizar el ‘progresismo’ en momentos críticos.

Guillermo Alfonso Jaramillo es tolimense. Fue gobernador de ese departamento en dos ocasiones. / Óscar Pérez
Guillermo Alfonso Jaramillo es tolimense. Fue gobernador de ese departamento en dos ocasiones. / Óscar Pérez

Es el secretario más prominente de la administración de Gustavo Petro. En un año y cuatro meses al frente de la Secretaría de Salud logró, en la medida en que se lo permitió el grueso aparataje burocrático y normativo del país, cambiar el modelo de atención médica y de salud pública de la capital. Ahora, al asumir la cartera política del Distrito, ha logrado lo que pocos: cambiarle parte del discurso al alcalde. Esta es la historia de un hombre que se confiesa obstinado e impaciente y que, como muchos dicen, llegó a ‘apagar incendios’ en un proyecto que, para él, es la esperanza de paz para el país.

En 1972, a Guillermo Jaramillo lo último que le interesaba era hacer política. Acababa de llegar de Holanda, donde estudió zootecnia. Sus padres, el exministro de Salud Alfonso Jaramillo Escobar e Hilda Martínez de Jaramillo, exparlamentaria, le prometieron que le darían un préstamo para que pudiera montar su propia finca. Lo hizo, en Armero. Comenzó con su proyecto, pero más que los animales y los cultivos, pudieron los valores que conservaba desde niño, cuando acompañaba a su padre a realizar cirugías por todo el Tolima: “la vocación de servicio a los más pobres”.

Estudió medicina. En sus períodos de vacaciones visitaba Armero. Su primera intervención para favorecer a la comunidad fue lograr que la Gobernación del Tolima le llevara un profesor de planta a la escuela de la vereda Santo Domingo. Luego, por pedido de los campesinos, buscó la forma de financiar la electricidad de los caseríos y lo logró. En parte, y así lo admite, por los buenos contactos políticos de su familia. Al tiempo, organizaba jornadas gratuitas de salud.

El bicho de la política ya lo había picado. Junto a otros jóvenes, formó las Juventudes Liberales de Izquierda. Con ese movimiento llegó a ser concejal de Armero y luego diputado de la Asamblea del Tolima. Tuvo que decidir si especializarse o seguir en la vida pública. En 1981 decidió. No tenía más de 30 años cuando las cosas le “empezaron a oler mal”. Alberto Santofimio tenía “unificado” al Partido Liberal en el departamento, pero los rumores de su vinculación con el narcotraficante Pablo Escobar Gaviria se esparcían rápidamente.

En febrero de 1982 fue secuestrado por las Farc luego de una actividad proselitista. A los tres días escapó, pero el incidente lo impulsó a dejar el país por un año, a pesar de que había sido elegido como representante a la Cámara. Al regresar, estuvo muy cerca de vincularse a Luis Carlos Galán en el Nuevo Liberalismo para combatir a Santofimio, pero no pudo por una típica discusión de egos políticos. Más, “cuando en la repartija del gobierno central la ficha fue Santofimio. Él nombró al gobernador, a los alcaldes y a los inspectores de Policía. Lo que nos quedaba era trabajar con los obreros y campesinos”.

Esa división que provocó en el Partido Liberal fue mal vista por sus padres, que consideraron que desperdiciaba la oportunidad de fortalecer al partido. Luego de su período como representante fue elegido senador en 1986. Gracias a su respaldo al gobierno de Virgilio Barco, fue nombrado gobernador del Tolima. “Barco nos llama y nos dice: si sigue la división liberal en el Tolima, no va a haber poder para nadie. Me da la Gobernación y a Santofimio le nombra un ministro que protagonizó un escándalo por un viaje con un ‘cacao’ a Nueva York. Se va el ministro y me piden la renuncia para no pelear”. Sigue en el Senado.

En 1988, “el procurador Carlos Mauro Hoyos nos llama y nos demuestra que el Cartel de Medellín iba a matar a todos los que estábamos cerca de Samper y nos acusaba de ser comunistas, agentes de la KGB”. Comenzó la matazón contra todo lo que sonara a cambio. Vienen las elecciones de 1990, hace una campaña exprés de dos meses para el Senado. Gana y, a raíz de la nueva Constitución, firma la revocatoria del mandato de los congresistas. Y vuelve a ser electo en 1991.

En dos años se da cuenta de que “no vale la pena permanecer en el Congreso. El partido prometía una cosa en la plaza, otra hacía en el parlamento. Todas las reformas fueron derrotadas por los amigos de las élites urbanas y los terratenientes. Como hoy, todos los cambios los hacen las cortes”. En 1993 renuncia a su curul y al Partido Liberal. Se va a estudiar al exterior cirugía cardíaca pediátrica, para volver en 1996 a montar un equipo “de lujo” en Bucaramanga, en la Fundación Cardiovascular de Colombia.

Pese a que en 1997 lo invitan a ser gobernador del Tolima, no acepta porque no quería volver a militar con los liberales, quería trabajar como médico y no quería la continuación del cuestionado gobierno de Samper a través e Horacio Serpa, “pese a que le tengo un gran aprecio y no dudo de su honestidad”. “Apoyé a Pastrana por una simple y única razón: el convencimiento de que no hay otro camino que la paz”. Y creyó en la solución política negociada.

En 2000 lo convencen de ir a la Gobernación del Tolima. Resulta electo con 140 mil votos gracias a su propuesta “Tolima: territorio de paz”. “Convencido de que teníamos una responsabilidad histórica, pues las Farc habían nacido en nuestro departamento, propusimos que se hicieran mesas regionales de reconciliación y que las principales reformas se hicieran en el Tolima. Fui a ver a Raúl Reyes y le hablé de mi esperanza”. Desde su elección en 2000, hasta el final del gobierno de Andrés Pastrana, su departamento sufrió 18 tomas guerrilleras.

Ya en 2002, aprovechando que había sido el único gobernador que fue a la zona de distensión de Caguán, “los enemigos agazapados de la paz intentaron vincularme con las Farc. Cogían desmovilizados o informantes y le ofrecían beneficios al que me acusara de pertenecer a la estructura de la guerrilla”. Se libra del problema en 2005, pues la justicia no encontró pruebas en su contra. Y vuelve a trabajar en medicina, a la espera de la elección de 2006, cuando se presentaría a nombre del Polo Democrático Alternativo.

Inicialmente fue elegido como uno de los 12 congresistas del Polo. En el recuento final de votos, ese partido pierde dos escaños, uno de ellos el suyo, “por sólo 25 votos”. Entonces, “instauro una demanda ante el Consejo de Estado y, un proceso que debió terminar en seis meses, tardó tres años y tres meses. El fallo salió a mi favor y sólo pude ejercer como senador por menos de un año”.

Pero en medio de ese proceso deserta de las Farc Olivo Saldaña. “Este señor roba a las Farc, dicen que se escapa con $4 mil millones. Posteriormente, cuando lo cogen en Pereira, para zafarse de los múltiples crímenes que había cometido empieza a hacer todo tipo de montajes. Monta la falsa desmovilización del Cacica La Gaitana y empieza a vincular a todos los que fuéramos de izquierda como pertenecientes a las Farc”. (Segunda acusación, de la cual Jaramillo ya fue absuelto).

Mientras tanto, comienza el desencantamiento del hoy secretario de Gobierno con el Polo Democrático, al punto que en 2008 les propone a Gustavo Petro y Antonio Navarro que se salgan de la colectividad. “Ya habían montado una alianza entre la Anapo, el Moir y los comunistas para poner en la Alcaldía a Samuel Moreno. Aceptamos sus reglas, pero el descontento era muy grande porque nos habían quitado la voz”.

Esas diferencias, lo sacaron del partido en 2009, pero cuando vio que su amigo, hoy alcalde, era presidenciable, decidió apoyarlo para la consulta interna del Polo. “Ganamos contra la maquinaria. Ahí, pese a la derrota en las elecciones, demostramos que merecíamos la presidencia del partido, como nosotros aceptamos la de Carlos Gaviria en 2006. Esa fue la gota que rebosó el vaso”. Entonces, se funda Progresistas a raíz del éxito político que habían sido las fuertes denuncias sobre la corrupción en el gobierno de Samuel Moreno.

Jaramillo sintió el proyecto como propio. Entró para salvar el sistema de salud de la capital, que se había convertido en un fortín de corruptos durante los cuatro años previos. Montó una red de mil médicos enfocados en medicina preventiva y dejó los cimientos de una propuesta de un modelo de salud que busca garantizar el derecho para todos, en especial para los más pobres. También, chocó con los conservadores por proyectos como el Camad y el tratamiento para el bazuco con dosis controladas de marihuana (que, reconoce, “no está blindado científicamente”). Ahora, en la cartera política tendrá que resolver uno de los principales problemas de la administración: la falta de apertura frente a los demás pensamientos políticos. Dice que lo hará “con el diálogo. Acercando a quienes consideran que el camino es la paz y que la paz pasa por la convivencia en la diferencia. Este país necesita derechos y libertades. Llegaremos a eso con la conciencia de que somos una minoría política que quiere gobernar para las mayorías, piensen lo que piensen”. Una visión que le hacía falta al proyecto progresista.

 

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