Conversatorio de Colombia 2020

hace 7 horas

El rescatista de la calle

Javier Molina es un funcionario de la secretaría de Integración Social de Bogotá y líder del Equipo de Contacto Activo y Permanente, conformado por 25 personas que patrullan las calles de la capital buscando habitantes de la calle para invitarlos a ingresar a programas de apoyo y de rehabilitación.

Aparte de su jornada laboral, Molina pasa su tiempo libre estructurando un proyecto con músicos que cantan en los buses de la capital del país, el objetivo es lograr que una firma discográfica independiente les grabe un disco.

Desde hace 13 años, después de haber salido de El Cartucho de Bogotá directamente a un hospital con tres tiros en su cuerpo, Molina se convirtió en un reclutador de personas sin esperanza para iniciarlos en procesos de reintegración social.

Son las 9 de la noche y Javier Molina llega al sector conocido como La Carrilera, ubicado en la calle 19 entre la avenida Caracas y la Carrera 30. Es el quinto sector que recorre este viernes. Su esposa e hijos lo esperan en su casa, sin embargo aún quedan dos lugares más por recorrer.

El “parcero”, como lo llaman, baja de una camioneta de la Secretaría con bolsas llenas de refrigerios: un sándwich, un refresco de naranja, un bombón de leche y una pera. Molina les pide hacer fila y dar los datos de rutina: nombre, cédula y el código, una especie de segunda cédula que tienen las personas en condición de calle que han pasado al menos una vez por algún hogar de paso de los tres que tiene el Distrito.

A cambio del refrigerio Molina les comparte, noche tras noche, una charla de cinco minutos. Mecanismo que ha logrado que, durante lo corrido de este año, 1.020 personas se acerquen a los hogares de paso y el centro terapéutico El Camino, lugar de rehabilitación y apoyo sicológico para aquellos con problemas de adicción.

El primero en la fila es un hombre joven, de incipiente barba y voz delgada. El frío, la droga y los males inmersos en las calles de la capital del país le cargan más años a su vida, pero Guillermo* dice tener sólo 18 años. Mientras que Javier Molina le aconseja que no arroje la vida por drenaje de la farmacodependencia y lo invita a ser parte del programa distrital, su mente se traslada 20 años al pasado cuando él “parchaba en la calle y pagaba $1.500 por una noche en un hotel de mala muerte en la zona conocida como el Cartucho”.

Molina nunca fue un habitante de calle en estricto sentido, pero sí tenía una fuerte dependencia a los alucinógenos. A los 15 años, al fallecer su madre, cogió una mochila y se fue a vivir el sueño suramericano, recorriendo casi todo Suramérica y parte de Centroamérica. En su aventura conoció y probó todo lo que se cruzó en su camino. Su gusto lo llevó al El Cartucho, un bajo mundo donde se comercializaban no sólo drogas y armas, sino también la vida. Molina sobrevivía comprando y vendiendo objetos robados. En ese negocio le iba muy bien, según dice.

Pero la suerte le cambió cuando uno de los jíbaros del sector asesinó a uno de sus compañeros de calle. Javier intentó intermediar por su amigo y tres balas recibió. Recuerda que unos hombres de seguridad lo llevaron al “container”, como le llamaban a un botadero de basura y hombres muertos en El Cartucho. Pero Javier estaba ‘sólo’ malherido.

Cuando despertó estaba en un hospital. Dos funcionarios de la Secretaría de Integración, Miriam Cantor y Carlos Martínez, lo llevaron al centro médico. Después de su recuperación empezó a trabajar con la secretaría. Cantor, a quien considera su mentora, le pronosticaba que no duraría ni tres meses en el nuevo empleo, pero Molina lleva ya 13 años. Aunque al principio, él mismo admite, no creía en el proyecto: su plan era devolverse a El Cartucho y seguir en el negocio.

“Después de estar nueve años detrás de un escritorio no creía que esto fuera para mí. Pero cuando comencé a realizar trabajo de campo, me di cuenta de que el habitante de calle no sólo es un drogadicto, que su condición se debe a un problema de desigualdad y pocas posibilidades. Lo que más me agrada de mi trabajo es cuando podemos reunir a habitantes de calle con sus familias, quizás por ese sentimiento de pérdida que viví con la muerte de mi madre”, confiesa ‘El sobreviviente’, como varios ex compañeros de calle suelen llamarlo.

Molina ha realizado más de cuatro investigaciones audiovisuales sobre la problemática de personas en condición de calle. Se siente orgulloso por haber recibido un reconocimiento del Concejo de Bogotá, en 2008, por su compromiso con esta población vulnerable, pero se siente aún más agradecido cuando se encuentra con aquellos que han pasado por el proceso y han salido victoriosos. Su sueño es convertirse en director de un lugar de paso para habitantes de calle.