El reto de crear un museo de la memoria

Tal vez no se llame museo, tal vez no tenga objetos, seguramente levantará ampollas y polémicas, pero por fin habrá un sitio que muestre la realidad del conflicto y sus efectos en el país.

Martha Nubia Bello tiene la misión de entregar el museo funcionando en 2018. / Óscar Pérez - El Espectador

Después de más de dos años de debate sobre cómo debe ser el Museo Nacional de la Memoria, que según mandato de la Ley de Víctimas debe construir el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH), por fin hay noticias sobre el proyecto. La próxima semana el presidente Juan Manuel Santos anunciará la apertura de un concurso internacional para el diseño de este lugar que debe albergar la historia de la guerra en los últimos 50 años.

El 30 de diciembre del año pasado la Alcaldía de Bogotá dictó un decreto entregando un terreno de 20.000 metros cuadrados para este fin. Está ubicado en un lugar privilegiado de la ciudad: entre las avenidas NQS, 26 y Américas, uno de los pocos que quedan libres en el centro de la capital, con la idea de crear un corredor de la memoria que parta desde los cerros Orientales, pase por el Museo Nacional, los cementerios y el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación del Distrito y conecte después con el Monumento a los Caídos, del Centro Administrativo Nacional (CAN).

Martha Nubia Bello, directora recién nombrada, tiene la misión de entregar el museo funcionando en 2018, pero su trabajo como investigadora de casos insignes del conflicto colombiano como Bojayá (Chocó), El Tigre (Putumayo), San Carlos (Antioquia) y la Comuna 13 de Medellín, y más recientemente en la coordinación del informe Basta ya, le ha permitido nutrirse de una experiencia de más de ocho años que desemboca en lo que será este proyecto.

¿Por qué sólo ahora arranca el Museo Nacional de la Memoria?

Hay todo un trabajo previo que se llamó construcción social del museo. Fue un diálogo con las personas y comunidades que ya están haciendo ejercicios museísticos y de memoria en las regiones. Tenemos que reconocer la pluralidad de voces, debemos darles apoyo técnico, curatorial, de sistematización y escritura, y visualizar su experiencia. Es una discusión que plantearnos; por ejemplo, cómo se quiere ver representada una región en un espacio, cómo se ve expresada una comunidad étnica en un museo. Estudiamos experiencias de Guatemala, Chile, Perú y México, por ser las más cercanas.

¿Es posible hablar de una memoria que nos identifique como país?

Tuve la posibilidad de recorrer el país, de conocer los casos y entender las disputas que despierta este tema. Hay diversidad de lenguajes, interpretaciones y posturas frente a la historia, a lo que ocurrió. El reto es que el museo exprese esa complejidad. Debemos entender que no hay consenso, eso se vio en el Basta ya.

¿Cómo construir un museo cuando el conflicto está vigente y hay un proceso de paz?

La palabra museo ya es problemática. Está asociada a una vieja concepción de museo, de objetos y de verdad oficial; limita mucho. Nosotros preferimos hablar de un lugar de memoria, incluso puede que no se llame “museo”; puede llamarse lugar, casa, centro. Lo importante es que ya hay un ejercicio vivo de la memoria, se está haciendo incluso antes de la existencia del Centro de Memoria. Son ejercicios independientes, innovadores, la mayoría de iniciativa de las propias comunidades y víctimas.

¿La idea es agrupar lo que ya existe?

Insistimos en que debe existir un lugar de la memoria en Bogotá porque esas iniciativas no tienen difusión en la ciudad. Esta sociedad urbana está desinformada, tiene una mirada restringida del conflicto, estereotipada, muy maniquea. La memoria de esta tragedia tiene que ser fuente de aprendizaje para tantos ciudadanos desinformados e indolentes frente al conflicto. El reclamo de la gente en la región es que en Bogotá se sepa lo que pasó allá, que se sepa lo que vivieron. Es un reclamo justo.

Después de dos años de diálogo, ¿en qué hay acuerdos?

En que la construcción del lugar debe ir a la par con el fortalecimiento de lugares de memoria en las regiones. Uno no excluye al otro. Que un visitante en Bogotá sepa que en Granada, Antioquia, hay un museo; que en Trujillo, Valle, hay un monumento. Otro acuerdo es que no sea una verdad oficial ni de unos académicos; no será la verdad del Estado, sino un escenario donde perspectivas distintas del conflicto estén presentes.

¿Cómo lograr que todas las visiones estén presentes?

Hay disensos muy fuertes. Por ejemplo, la Comisión Histórica muestra lo difícil que es ponernos de acuerdo sobre si las causas del conflicto están en el tema agrario o si son políticas o es la injerencia estadounidense o el modelo de desarrollo. Los indígenas ubican el origen cuando empezó la invasión española. Lo que se puede hacer en un museo es mostrar que esos disensos no deben generar una confrontación violenta ni justificar la eliminación del otro.

¿La voz de los victimarios estará presente?

Algunas víctimas nos han dicho que se imaginan las fotografías de jefes paramilitares en algún espacio en el que se vean detrás de las rejas. Otras víctimas nos han dicho que pongamos a los victimarios como en un muro de la vergüenza. Otros nos dicen que no, que sólo las víctimas hablen. Esos debates ya los tuvimos con los informes. Algunas veces la voz del victimario era necesaria, porque era esclarecedora. Otras veces la incluíamos para interpelarlo moralmente, para denotar el nivel de sevicia con el que actuó. Eso demuestra que aquí es más complejo, porque hay muchos actores y muchos grises entre víctimas y victimarios.

¿Y cómo manejar el tema de la verdad?

Empíricamente se puede demostrar que hay responsabilidad de actores armados, sin que exista un fallo judicial, porque la fuerza de los hechos, la fuerza de la voz de la víctima, demuestra cosas irrefutables, inaceptables. Eso debe tener un lugar allí, de lo contrario sería una oda al eclecticismo sin juicio ético. Ningún museo en el mundo se ha hecho mientras hay conflicto y negociación, por eso estamos pensando en los retos que nos plantea el posconflicto. El museo debe tener un guión abierto, que se irá cambiando con el tiempo. Hay que tener en cuenta que aún hay una memoria silenciada por efecto del miedo, por el conflicto vigente. Hay muchos que están esperando que llegue el momento para decir las cosas.

¿Cómo será físicamente el museo, qué temas tratará?

Son cinco temas, que no necesariamente serán salas de exhibición. El primero es qué pasó en estos 50 años de conflicto, mostrar las modalidades a las que se ha apelado, como desaparición forzada, secuestros, masacres, minas antipersonas. Es una foto de la guerra donde estén los 220.000 muertos documentados en Basta ya. El segundo es por qué ha pasado lo que ha pasado. Son lecturas explicativas de lo sucedido, que son evidentes, como decir que el tema de la tierra ha atravesado nuestro conflicto. Aquí se deben asignar responsabilidades. Un tercero es sobre los daños y los impactos, es decir, qué ha dejado la guerra en los cuerpos y los territorios, en mujeres, afros, indígenas, en el medio ambiente, la infraestructura; mostrar el efecto depredador e irreparable de la guerra. El cuarto es la resistencia, la dignidad y la paz. Y el quinto es nuestro presente, las otras violencias y los retos que nos presenta.

¿Y cómo presentar todo eso?

No será un museo de objetos —a lo mejor no haya muchos—. Tendrá archivos orales, documentales, fotografías, habrá expresiones de teatro, escultura. Será una casa de la cultura donde se invite a la creación artística, con salas de exhibición y auditorios.

¿Cómo se financiará?Habrá recursos del Estado y de cooperación internacional, pero le apostamos a que el sector privado se vincule. Por ejemplo, aportando la iluminación o el diseño y cuidado de jardines y zonas verdes. De los 20.000 metros cuadrados sólo se construirá sobre 4.000; el resto será un espacio público.

Experiencias emblemáticas de memoria en el país


En diferentes regiones del país hay experiencias de memoria, que, aunque no sean propiamente un museo, se convierten en insumo e inspiración de lo que será el Museo Nacional de la Memoria. El CNMH tiene documentadas cerca de 25. Estas son algunas:

El Museo de la Guerra de El Placer, Putumayo. El padre Nelson Cruz coleccionó por varios años los vestigios de la confrontación en una de las zonas de la coca y el conflicto. Recogió ollas perforadas, desechos de munición, brazaletes de los grupos armados, retazos de uniformes. Algunas veces los mismos combatientes le llevaban objetos para su colección. Todos los puso en la casa cural con el ánimo de hablar de la guerra sin poner en riesgo su vida ni la de la comunidad.

Casa de la Memoria en Tumaco. Una iniciativa de la Diócesis después de 14 años de trabajar con las comunidades. Se inauguró en septiembre pasado, en honor a la hermana Yolanda Cerón, asesinada por desconocidos. Tiene una muestra fotográfica y de instrumentos tradicionales de la costa pacífica nariñense, videos y fotos de las víctimas que ha dejado el conflicto en los últimos seis años y documentos de las acciones en defensa de la vida promovidas por los habitantes y de las propuestas para reivindicar sus derechos. “Me niego absolutamente a ser parte de los que callan, de los que temen, de los que se quedan solamente llorando”, dice a la entrada.

Salón del Nunca Más, de Granada, Antioquia. Es una sala con una exhibición fotográfica que evoca la vida de las miles de víctimas que dejaron los enfrentamientos entre Farc, Eln, “paras” y Ejército. Pero es además un sitio de encuentro en el que se realizan diferentes actividades de reflexión con las víctimas y un espacio para que los habitantes recuerden cómo eran sus veredas antes de la confrontación. Lo hacen a través de dibujos, cartas, videos.