Entre las oraciones y el dolor, madre del grafitero lo recuerda cinco años después de su muerte

Con una misa sencilla, la familia de Diego Becerra recordó al grafitero. El dolor contenido de Liliana Lizarazo, su madre, fue el signo de la ceremonia, una muestra de lo que han sido cinco años sin su hijo.

Liliana Lizarazo y Gustavo Trejos, madre y padrastro de Diego Becerra, durante la ceremonia. / Óscar Pérez

La normalidad de la misa de 8:00 a.m. se quebró. Pocos feligreses tenían claro el motivo que atrajo a las cámaras de televisión, que apuntaron siempre sobre la séptima banca de una de las hileras centrales de la modesta iglesia Santa María del Lago. Las dudas se despejaron cuando el sacerdote encomendó la eucaristía en el nombre de Diego Felipe Becerra, quien murió hace cinco años, cuando tenía 16, luego de recibir un disparo del patrullero Wílmer Alarcón. Un acto que derivó, según un fallo judicial, en el intento de uniformados y civiles de encubrir la muerte del joven, incluso plantando un arma en la escena del crimen.

Los 60 minutos del acto fueron una brega para contener el llanto. Liliana Lizarazo y Gustavo Trejos, el padrastro, guardaron silencio casi todo el rato. Se miraron por primera vez, con lágrimas en los ojos, cuando el sacerdote habló de sus cinco años de lucha y del dolor de la pérdida de un hijo. Él le acarició el rostro. Luego vino la lectura del evangelio, un pasaje de la profecía de Ezequiel sobre la resurrección. La pareja escuchó atenta. Durante el padrenuestro se agarraron las manos.

Mientras los demás feligreses comulgaban, la madre de Liliana, que estuvo siempre a su derecha, le entregó un papel. Era la letra de una canción: “Ángeles del cielo”. La música sonó y Liliana Lizarazo la acompañó con una voz devota que se quebró. No se pudo contener más, lloró por un instante. La canción le recuerda a su hijo. Su esposo la abrazó.

Él ha sido la cara del proceso judicial en el que se están determinando las culpas sobre la muerte de Becerra y por el entramado de versiones falsas y montajes con el que se intentó ocultar la verdad. Tres días después de la muerte, cuando circulaba la versión de que el grafitero llevaba un arma de fuego y que robó una buseta, una periodista confrontó a Liliana Lizarazo con la versión del conductor del vehículo, quien sostenía haber sido víctima de Becerra y terminó encarcelado. “Me dijo que mi hijo era un delincuente”, recuerda la madre, que tras ese episodio se enfermó y empezó a rehuir de los medios de comunicación. El caso ocupaba los titulares de prensa y abría noticieros pero, desde entonces, Gustavo Trejos fue quien asumió la vocería de la familia de Becerra, para resguardar, en su dolor, a su esposa.

Han sido cinco años en los que Liliana Lizarazo se ha aferrado al recuerdo de su hijo para seguir adelante. Suele escuchar las dos canciones que Becerra dejó grabadas, con su voz y su música. El muchacho compuso muchas más, quería dedicarse a eso. “Ahora estaría acabando la carrera”, dice su madre. Los amigos de su hijo aún la visitan, incluso celebran los cumpleaños. El mejor amigo de Becerra va a su casa, entra al cuarto del grafitero, pasa largos ratos allí.

“Diego es un símbolo para los jóvenes artistas, ellos han mantenido su memoria”, dice la madre. Muchos de los muros de la ciudad están marcados con su rostro o con la figura del gato que solía pintar y que lo identificaba como grafitero. Incluso, en su nombre se creó el Trípido Fest, un evento anual que reúne a quienes pintan las calles.

Ese tipo de demostraciones de solidaridad son las que han sostenido a la Liliana Lizarazo durante estos cinco años de procesos judiciales dilatados, y de un andar parsimonioso de la justicia, que solo hasta este año empezó a proferir condenas por la muerte del grafitero y el complot que se fraguó entre civiles y uniformados para desviar las investigaciones. Ella dice que el paso del tiempo y la falta de justicia en el caso “es una forma de revictimizar”. “Pero mi soporte es Diego, él vale nuestra lucha”. El próximo lunes volverá a los juzgados, esta vez espera saber el veredicto de la justicia que definirá si el patrullero Alarcón es culpable de la muerte de su hijo.