Es una de las cinco aulas ambientales

Entrenubes: el pulmón de tres localidades de Bogotá

La participación de la comunidad ha servido para recuperar esta zona de reserva. A pesar de que el trabajo ha sido fuerte, aún persisten amenazas. Recorrer sus senderos es una oportunidad para disfrutar de una joya ambiental de los bogotanos.

La reserva se encuentra rodeada de 104 barrios de las localidades Rafael Uribe Uribe, San Cristóbal y Usme. / Cortesía: Secretaría de Ambiente

El camino para llegar al extremo suroriental de Bogotá es largo desde cualquier punto de la ciudad. Usted puede tardar mínimo una hora en bus o carro particular, pero el viaje vale la pena. En medio de las montañas y rodeado por 104 barrios de las localidades Rafael Uribe Uribe, San Cristóbal y Usme, está uno de los principales pulmones de Bogotá: el Parque Ecológico Distrital de Montaña Entrenubes. Son 626 hectáreas, entre Los cerros Guacamayas, Juan Rey y Cuchilla del Gavilán, en plena cordillera Oriental de los Andes, donde al llegar se disfruta el aire puro, se siente el aroma de la naturaleza y la piel se eriza del frío.

Su paisaje es único. En un punto se puede apreciar la armonía entre la ciudad y el refugio natural, algo que se logró gracias a la lucha que comenzaron en 1996 líderes y ambientalistas de las tres localidades, que crearon la Corporación Parque Entrenubes, con el único objetivo de proteger esta reserva, que es un conector de los cerros orientales con la cuenca hidrográfica del río Tunjuelo y es de donde emergen siete quebradas: Seca, Chiguaza, Bolonia, Verejones, Santa Librada, Yomasa y La Hoya del Ramo, que conforman parte del patrimonio hídrico de la ciudad.

Gracias al trabajo de la comunidad, hoy el parque es una gran aula ambiental, donde se hacen talleres y caminatas por senderos con diversos niveles de exigencia. “Es un escenario para la educación. Este proyecto cumple casi 10 años y ha permanecido gracias a la apropiación social de los territorios que han tenido sus vecinos”, afirmó Natalia Contreras, integrante del equipo pedagógico de la Secretaría de Ambiente.

Para conocer la belleza del parque, basta con hacer uno de los recorridos guiados por el lugar. La caminata comienza cuesta arriba y el camino parece complejo. Sin embargo, el parque cuenta con senderos de madera que marcan la ruta y facilitan el recorrido, para que la actividad no sea tan agotadora. A medida que avanzan, los visitantes pueden observar desde frailejones, propios de los páramos, y flora de la zona andina, hasta plantas invasoras como el retamo espinoso, que hoy tienen en jaque las plantas endémicas de la región.

En este ecosistema se pueden encontrar 327 especies vegetales; 56 especies de aves como colibríes estrellita ventriblanca y búhos orejudos; cuatro especies de anfibios y cinco tipos de reptiles. Muchas de ellas han venido retornando a su hábitat, tanto de forma natural como a través de la liberación de especies rescatadas. Todo esto se da luego de un largo trabajo de restauración ecológica.

Como este ecosistema fue alcanzado por la expansión de la ciudad, estuvo en gran riesgo. Enfrentó la amenaza de la construcción de casas, que se hicieron en la zona de protección, y a la minería con la explotación ilegal de materiales de construcción, que llegó a tener en la zona hasta 39 canteras. Gracias al trabajo de la comunidad y de las entidades distritales, se logró detener lo que hubiera sido un daño irreparable para este pulmón de los bogotanos. No obstante, el peligro sigue latente.

En la actualidad sólo permanece una mina (con título minero) y aún se pueden apreciar algunos asentamientos dentro del perímetro protegido, distribuidos en 15 polígonos que están identificados por la Secretaría de Hábitat. “Esto ha impedido la recuperación total de la reserva”, explicó Clara Triana, administradora del Parque Ecológico Entrenubes.

Para reducir ese riesgo, actualmente la Secretaría de Ambiente viene adelantando la compra de predios y a la fecha, dice, ya ha recuperado 302 hectáreas, que se vienen interviniendo con el ánimo de preservar la flora, trabajo que se puede apreciar con mayor claridad en las zonas donde funcionaban las canteras, en la que los defensores del parque llevan cinco años plantando árboles nativos y matorrales, para reemplazar los pastizales y erradicando otros que no pertenecen al ecosistema, como eucaliptos, pinos y retamo espinoso.

Parte de la restauración del parque consistió en la construcción de uno de los viveros más grandes de Bogotá. Allí se cultivan especies nativas propias del bosque alto andino y de aquí sale parte del material vegetal para todos los procesos de restauración que se hacen en la ciudad.

El trabajo está dando frutos. Se nota al llegar, luego de más de 30 minutos de caminata, a la cima de la montaña, una de las zonas más afectadas por la minería. Allí, en el mirador de Juan Rey, se pueden ver los resultados de las tareas de recuperación. Desde este lugar, rodeado de verde, los caminantes contemplan la inmensidad de Bogotá, de sur a norte.

Este templo del aire puro tiene diferentes valores: ecológico, hídrico, histórico, recreativo, de integración social y científico. Luego de una caminata de más dos horas, los visitantes cierran su recorrido con un taller de cerámica, donde mujeres de los barrios aledaños trabajan haciendo objetos con arcilla extraída del parque y un buen pocillo de agua, para recargar energía y seguir disfrutando de esta reserva bogotana, que es el pulmón del sur de la ciudad.

 

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