Esta fue la última entrevista de Petro como alcalde de Bogotá

‘Sería víctima de una profunda injusticia política’, hace un par de semanas, el recién destituido alcalde Gustavo Petro calificó de esa manera una posible sanción de la Procuraduría en entrevista con El Espectador.

Petro asegura que temas como la educación o la tasa de homicidios demuestran que él sí ha ejecutado.

No se sabe aún cuándo saldrá el fallo, pero se sabe que será pronto. En el Palacio Liévano todos temen el peor escenario: que la Procuraduría va a dejar al alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, sin dientes. Él, sin embargo, sostiene que no ha perdido esa batalla aún. Que removerlo del cargo así sería antidemocrático. Que, contrario a lo que dicen sus opositores, sí es un ejecutor. En entrevista con este diario, Petro reiteró además que jamás volvería a alzarse en armas y admite que tiene similitudes con Álvaro Uribe, aclarando, eso sí, que es sin duda su opositor.

Usted ha dicho que la reelección presidencial no es necesaria para lograr la paz. Ahora que hay nuevos actores en el ajedrez político (léase el uribismo), ¿piensa igual?
Indispensable para la paz no hay nada, pero, indudablemente, estamos en unas circunstancias políticas concretas. La vida política del país se divide hoy en dos grandes partidos: el partido de la paz y el de la guerra. En la guerra no se imponen sino los salvajes, y en la paz, la civilización.

¿El partido del expresidente Uribe es el partido de la guerra?
No puedo pronunciarme sobre candidatos, pero hay una minoría de colombianos que le apuestan a la guerra porque ganan de ella política y económicamente, que es peor. Ese núcleo de políticos, empresarios oscuros y élites regionales sienten que una posibilidad de paz les quita sus opciones y luchan contra eso. Ahora, ¿bajo qué banderas políticas se están aglutinando? Pues sí, las del uribismo.

Si la Procuraduría lo saca del cargo y lo inhabilita, ¿cuál sería su reacción?
Saber que soy víctima de una profunda injusticia política.

Si usted no puede ser servidor público, ¿qué se pone a hacer?
Escribir poesía (risas). Que me quiten mis derechos políticos por ser un hombre de izquierda no significa que deje de luchar.

¿Qué quiere decir con eso? La última vez que dijo algo parecido salieron sus opositores a decir que usted estaba pensando en volver a las armas y se armó un polvorín...
Es un polvorín muy parecido a cuando hacía mis denuncias sobre el paramilitarismo en el Congreso. El malo del paseo era yo, no el paramilitar. Aquí es lo mismo. Uno dice que un golpe al voto popular genera violencia y culpan al que denuncia y no al que cierra la democracia. Lo acaba de decir Humberto de la Calle en su último discurso: la paz es la democratización del país. Yo lo repito.

Por eso pregunto: ¿se volvería a alzar en armas?
No, porque yo ya hice una promesa ante mi sociedad. Mi compromiso no es con el procurador Ordóñez ni con la prensa, es con la sociedad. Ese es el camino.

¿A usted no le duele ver lo que la elección de Ordóñez ha implicado en temas tan importantes para la izquierda como los derechos de las minorías o la protección del derecho fundamental al aborto?
Que el procurador mantenga posiciones contrarias no ha hecho que nosotros en Bogotá retrocedamos en temas como los derechos de las mujeres o de orientación sexual.
Pero es que su jurisdicción es Bogotá, mientras que el trabajo del procurador impacta en el país.

¿Y por qué los otros alcaldes no hacen lo mismo?
Porque son elegidos por otros programas de gobierno.

Tenemos que aceptar una realidad: en esta sociedad y en el Estado hay gente que piensa diferente, y eso quise demostrar cuando voté por el procurador Ordóñez. Ahora le toca a él demostrarlo. No quiero decir que sea un intercambio de favores, sino que él tiene que demostrar que es capaz de que en el Estado se mantengan posiciones ideológicas diferentes a la suya. Se llama democracia.

Entonces hoy tampoco va a ser el día en que diga que se arrepiente de haber votado por el procurador.
A mí no me parece que sea un tema de arrepentimiento. Además, esa palabra es propia del procurador (risas).

¿Cómo entiende el país que usted haya demandado al Estado ante el sistema interamericano cuando el fallo de la Procuraduría ni siquiera se ha producido aún? ¿Cómo no leer de su parte una falta de confianza en las instituciones colombianas?
Cuando se prevé una violación extrema de un derecho fundamental, como lo son los derechos políticos, estas instancias tienen la facultad de dictaminar medidas cautelares. No pedí reparación, sino prevención.

¿Siente la pelea perdida en la Procuraduría?
No, para nada.

¿Se imaginó que administrar Bogotá iba a ser así de difícil?
Me lo imaginé más difícil. Las mafias que yo había denunciado (en el Congreso) como La Gata, (Álvaro) García o Salvador Arana son ridículas comparadas con las mafias de Bogotá.

¿Cuándo va a sentir Bogotá que más que un alcalde que denuncia tiene un alcalde que ejecuta?
Disminuir la tasa de mortalidad infantil es más importante que el hecho de que un Ferrari pueda andar a 100 kilómetros por hora dentro de la ciudad.

Pero ejecución también es un metro, un buen sistema de transporte público, que todos podamos andar en bicicleta.
En este momento hemos construido un 50% más de las ciclorrutas que se hicieron en todas las administraciones anteriores. Nuestra prioridad en el presupuesto es la educación y así lo expresamos abiertamente en la campaña electoral: ‘Cerebro antes que cemento’. Hemos cumplido literalmente, $6 billones en dos años, el doble de cualquier gobierno anterior y cuatro veces más que el gobierno de Mockus. Algunos pueden pensar que la ejecución se mide en pavimento y eso es respetable. Pero nosotros dijimos: ‘Cerebro antes que cemento’ y no le estamos incumpliendo a nadie.

¿Con qué otros resultados defiende usted su ejecución?
Bogotá tiene una de las tasas de homicidios más bajas de América. Cuando recibimos esta administración morían 1.700 personas asesinadas por año, hoy son 1.100. Más importante aún: hemos reducido la tasa de desigualdad social. En un año Bogotá pasó de tener un coeficiente Gini de 0,52 a 0,49, mientras que en 10 años había pasado de 0,59 a 0,52.

Pero personas como el ministro de Defensa insisten en que usted le está robando créditos a la Policía.
Si eso es cierto, ¿por qué no caen las tasas de homicidio en las otras ciudades? Obviamente trabajamos de la mano con la Policía, y lo hacemos bien a pesar de que externos a la Policía y al Distrito han querido romper las relaciones entre nosotros.

¿Esas son las megaobras con que quiere que lo recuerden?
Claro que sí: disminución de la tasa de desigualdad social, de la tasa de homicidios, aumento de la calidad de educación pública, hemos avanzado como nunca antes en el metro, hemos disminuido la contaminación del aire sustancialmente, somos reconocidos internacionalmente por la lucha contra el cambio climático. ¿Eso no se llama ejecución? No me interesa que un Ferrari pueda correr a 100 kilómetros en la ciudad, esa nunca fue mi promesa.

De cualquier manera, es imposible negar que el transporte es un problema neurálgico para Bogotá. ¿Qué soluciones efectivas a largo plazo está pensando al respecto?
El nuevo paradigma urbano se trata de construir ciudades sostenibles e implica una estructura que sea compatible con el territorio. El primer paso para ello es el POT. Es necesario también que los medios de transporte sean sostenibles: construir la ciudad de tal manera que las personas puedan llegar a sus objetivos cotidianos caminando o en bicicleta. Eso significa ciudades compactas, con mezclas de usos de suelo, que se densifican con espacios públicos vitales en su perímetro urbano. Después del POT, que es lo que queremos volver realidad, está el transporte público motorizado con unas prioridades: la electricidad, y en la electricidad, el metro, que va en su fase más adelantada en toda la historia.

Cree que después de 50 años de debatir el metro, ¿usted será el que haga historia poniendo el primer ladrillo para la primera línea?
La licitación de la construcción va a depender del Gobierno Nacional. ¿Cuál será en septiembre? No se sabe. Pero el dinero de Bogotá para el metro y los estudios bajo responsabilidad de Bogotá están listos en septiembre para licitar la construcción.

¿Cómo pensar que Bogotá pueda llegar a tener un sistema integrado que favorezca a quienes no tienen carro cuando hay caos en cosas tan sencillas como la unificación de tarjetas del SITP?
El problema fundamental del SITP no está en las dos tarjetas, que además no es un problema nuestro, es un problema heredado estúpidamente. ¿Por qué razón la administración en 2010 prorrogó el contrato con Angelcom hasta 2015 y licitó otro contrato con una segunda empresa? Hemos luchado por cerrar ese contrato (con Angelcom hasta 2015), no se ha podido hasta el momento, lo vamos a intentar por otros medios. Cuando llegué a la Alcaldía decían que el problema del SITP estaba en la administración, pero resulta que lo más adelantado es lo que tiene que ver con nosotros y lo más atrasado, lo que depende de los privados.

¿Qué han hecho mal los operadores privados?
Es una cadena de acciones: entregar los buses viejos para chatarrización o para ser readecuados; poner las máquinas de recaudo; tener 22.000 conductores capacitados especialmente para ese tipo de buses. Además de poner los parques y los patios donde guardan los buses y el sistema de mantenimiento. Cualquier demora pone trabas en toda la cadena y esa complejidad de actos privados es lo que indica la verdadera velocidad de implementación del SITP. Nosotros podemos empujar, hasta poner multas, pero no está en el resorte de la administración pública. Ahora, demorar el SITP significa –tampoco por culpa de esta administración, sino por una cláusula de los contratos del 2010–, que tenemos que pagar el costo de implementación, como ciudad, y eso, a mí, es lo que más me preocupa.

¿Cuánto dinero es?
La cantidad está calculada en $700 mil millones: eso significa menos escuelas, menos recursos para hospitales públicos. Mi gran obsesión ha sido, por encima de todas las demás, cómo disminuir esa transferencia de recursos que se paga por el déficit operacional, dado que los buses van semi-ocupados.

¿Por cuánto tiempo?
Hasta que se logre el punto de equilibrio. Entre más rápido se logre, menos tengo que pagar. No el alcalde, la ciudad.

Si se trata de que la gente use más el servicio, ¿por qué uno no ve campañas más efectivas de pedagogía alrededor del SITP?
En este momento el problema fundamental no está en la falta de información de la gente, sino en que se tienen dos sistemas compitiendo: uno donde pones la mano y el bus para, hundes el timbre y ahí te deja el bus, pagas en monedas y hasta puedes reducir el valor del pasaje regateando. Eso es mucho más fácil que comprar una tarjeta, pensar en cómo funciona la tarjeta, coger el bus en un puesto fijo que no varía y que te va a dejar en puesto fijo que tampoco varía. Mientras los sistemas compitan, la gente preferirá el viejo al nuevo. A menos que nuestras medidas sean efectivas. Y esas medidas se llaman subsidio del SITP para la población de menos recursos, del Sisbén 4 hacia abajo.

Usted ha sido fuertemente criticado por los subsidios que otorga. Lo llaman populista.
Ningún sistema de transporte público masivo en el mundo, mas si se introduce el metro, se sostiene sin subsidios. Aquí nos convencieron de una enorme mentira y es que el sistema de transporte se autofinanciaba. De los 17 millones de viajes diarios que se hacen en Bogotá, la mitad son a pie y por obligación, por una razón básica: los pobres no tienen ni para el bus, y si no implementamos un subsidio, no incluimos a la población pobre dentro de los circuitos económicos de la ciudad y eso es fundamental para superar la pobreza.

¿Es consciente de sus similitudes con Uribe? Toman muy mal las críticas, creen que la prensa los persigue y los que no están con ustedes es porque están en contra…
Aceptar que unas personas están en contra y otras a favor no es una manera negativa de ver la política. Es más, es una manera seria de verla. Lo contrario es la gelatina, y sí, en eso Uribe y yo somos similares: no somos gelatina. Tenemos también una personalidad fuerte. Pero mi personalidad ha sido hecha dentro del barro, soy hijo de campesinos, estudié en escuela pública. No creo que Uribe haya hecho lo mismo, así se ponga un poncho. Él es de otro sector social, que es el de los terratenientes. Tenemos similitudes, sí. Eso no significa que seamos iguales.

Si usted afirma que el carrusel no ha muerto del todo, ¿podría individualizarlo con respecto al Concejo de hoy? ¿A cuáles periodistas involucrados se refiere en sus acusaciones?
El carrusel tenía tentáculos en todas partes, y en la prensa también. El gran constructor de las relaciones entre el cartel de la contratación y la prensa fue Álvaro Dávila, lo que hizo que el gobierno de Samuel Moreno no fuera tocado por la prensa. Pregúntenle a Dávila quiénes eran sus amigos en la prensa.

¿Cómo se siente ser el jefe natural de Enrique Peñalosa?
No me siento del mismo movimiento. Él no puede ser ni jefe mío ni yo de él.

¿Ya se leyó el libro de Leszli Kálli?
¡No! Estoy leyendo del cambio climático.

 

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