Estudiantes de jornada de la tarde, sin subsidio de Transporte

Diariamente muchos escolares bogotanos deben emprender largas jornadas e incluso cometer actos ilegales para llegar al colegio. El Espectador acompañó a dos de ellos.

/Andrés Torres
/Andrés Torres

Para llegar al colegio El Japón en la localidad de Kennedy, Felipe y Juliana toman tres buses alimentadores de Transmilenio, que hacen las veces de ruta escolar, desde su casa en el sector de Bosa Santa Fe. Es un largo recorrido que les toma más de una hora, atravesando sectores como el barrio El Amparo (uno de los focos del microtráfico en la ciudad) y exponiendo sus vidas en el cruce de las calles para hacer los trasbordos.

La rutina comienza a las 8:00 a.m., cuando se despiertan, se bañan y adelantan las tareas. A las 10:30 a.m., cuando apenas deberían estar tomando unas onces, Felipe de 12 años y Juliana de 9 se alistan para almorzar. En este día su hermano Diego, de 24 años, los acompaña porque está desempleado. Les calienta el arroz, las salchichas y el jugo y los apura para que se cepillen los dientes y alcancen a estar en el paradero del primer alimentador a las 11:00 a.m.

La localidad de Kennedy adonde los niños tienen que ir a estudiar, ha tenido históricos registros de inseguridad, que incluso llevaron al alcalde Gustavo Petro a inaugurar allí su programa de restricción al porte de armas. También presentó los más altos índices de fatalidad en accidentes de tránsito para los niños, niñas y adolescentes menores de 18 años durante 2012, como lo revela un reciente análisis de la Secretaría de Educación. Los mismos datos indican que, de los 571 fallecidos en la vía el año pasado, 48 hacen parte de este mismo rango de edad.

Pero para Felipe y Juliana, que cursan séptimo de bachillerato y cuarto de primaria, estas cifras y hechos, no son más que eso. El recorrido siempre lo han asumido con paciencia, sin quejas ni reniegos, porque desde pequeños la caminata ha sido su modo de transporte. De la mano de su hermano mayor han aprendido que es la forma más barata de movilizarse. Así lo hacían para ir a la Biblioteca Luis Ángel Arango en el centro de la ciudad cuando vivían en el barrio La Victoria en los cerros orientales.

Felipe se entretiene con una bola de baloncesto que rebota contra el piso mientras camina cuatro cuadras desde su casa para tomar el primer bus alimentador. Cuenta que el día anterior estuvo jugando con un amigo, que ya no tiene novia y que los profesores le preguntan cuándo va a llevar los libros que le faltan. Allí enfrenta el primer reto: ganarle la carrera al conductor del bus alimentador, quien cierra las puertas rápidamente, tratando de que no se suban más pasajeros. Queda un puesto libre y Juliana alcanza a sentarse, esta vez por lo menos no le apretarán la carpeta y el trabajo de dibujo que lleva en ella.

Así llegan hasta el Portal de Las Américas, uno de los más aglomerados de la ciudad. Es el momento de otro reto, pues tienen que hacer trasbordo al segundo bus alimentador y escabullirse entre el personal del sistema para que no se den cuenta de su intercambio sin haber pagado el pasaje que cuesta $1.400. Precisamente, la semana pasada el gerente de Transmilenio señaló que aquellas personas que se cuelan en el sistema serán judicializadas. “Sabemos que no es permitido pero ¿qué pasa entonces con la situación en la que no sólo viven mis hermanos sino muchos otros niños de la ciudad, porque a las familias no les alcanza para pagar $3.000 diarios para subir a un bus?”, dice Diego, que ahora está preocupado por la suerte que corran sus hermanos, que no pudieron acceder al programa de subsidios escolares o rutas del distrito ni consiguieron un cupo en un colegio más cercano.

Las rutas del Distrito…

Mientras los niños logran subir al segundo bus alimentador en el Portal de las Américas a las 11:30 a.m., Diego recuerda que hace un año las cosas eran un poco más fáciles. Vivían en el barrio El Amparo, de Kennedy y para ir al colegio se gastaban quizá 20 o 30 minutos, a veces tomando un alimentador y otras veces caminando. Pero tuvieron que mudarse de casa hasta el sector de Bosa Santa Fe. “Mi mamá fue en noviembre de 2012 a pedir el traslado de sede pero lo único que le respondieron fue que en octubre se había vencido el plazo para el trámite y ya no había nada que hacer”. Si los niños iban a estudiar lejos de la casa la otra opción era acudir al programa movilidad escolar de la Secretaría de Educación. Diego averiguó cómo podía inscribir a los niños y siguió los pasos en la página web.

En enero pasado, en la dirección local de educación, que queda cerca al colegio, le respondieron a Diego que los niños no habían sido beneficiados por el programa y que, incluso menores con discapacidad habían quedado fuera de éste. “Si acaso puede poner la queja en la Personería, pero eso se le demora mucho. Fue lo único que me contestaron”, cuenta el hermano de los niños. Lo que no le explicaron al joven es que para acceder a este proyecto los estudiantes deben estar en jornada diurna, como indicó la Secretaría de Educación a este diario sobre el caso.

El programa comenzó en 2004 con la puesta en marcha de las Rutas Escolares Distritales, con el objetivo de promover la asistencia a clase y garantizar acompañamiento y seguridad a los niños y jóvenes que se encontraban matriculados en colegios oficiales lejanos a su hogar, y garantizarles su derecho a la educación. En 2006 surgió la estrategia de Subsidios de Transporte Condicionados a la Asistencia Escolar.

Desde 2004, el programa pasó de tener 30.185 beneficiarios a 81.922 en 2013, lo que significa un aumento del %166 en 9 años. Hoy se cuentan 30.167 niños con servicio de rutas y 51.755 subsidios de transporte para los menores y sus acompañantes en algunos casos excepcionales. En estas alternativas el Distrito invertirá más de $82.400 millones este año.

Aunque son pacientes, el cansancio de cambiar de un bus a otro, el tiempo de pie y el cruce de las calles principales para ir a cada uno de los paraderos, agotan los cuerpos menudos de los niños. El semblante tranquilo con el que Felipe caminaba en la mañana mientras con su mano hacía rebotar el balón de básquet ha cambiado, ahora está más callado y con el ceño fruncido. “A esta hora él llega cansado y se pone bravo”, explica Diego. Son las 12:10 p.m. y el niño entra cinco minutos antes del tiempo límite para la clase. Juliana espera afuera junto con otros niños de primaria hasta que sea su entrada a la 1:00 p.m.”.

El viaje hasta el colegio es pesado, pero el regreso a casa es demoledor para ellos. Tienen que hacer el mismo recorrido pero en hora pico en el sistema de transporte y puede durar casi una hora y media. Llegan a casa con ganas de descansar pero enseguida, deben comer y hacer las tareas. Mientras ellos, como muchos niños de estratos 1 y 2 de la ciudad, gastan más tiempo movilizándose de un lado a otro y se acuestan tarde luego de hacer sus tareas, los niños de estratos altos invierten esas dos horas y media jugando, en clases de artísticas o junto a sus familiares.

¿Que cómo la mamá no invierte el dinero para que sus hijos puedan ir en un bus?, más allá de los prejuicios que cada quien pueda hacer a la historia de esta familia, hay una razón simple y es que cuatro pasajes diarios suman $30.000 pesos semanales y unos $120.000 al mes, una cifra importante para la madre que no gana más de $600.000.