Opinión

Fray Ñero no quería ser un ángel

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Muchos veían al fallecido fray Gabriel Gutiérrez como un “ángel” de los sintecho, pero él decía que su misión estaba muy lejos de ese rótulo y que era tan humano como cualquiera. Este es un homenaje al sacerdote conocido como fray Ñero, quien en sus últimos años de vida se dedicó a hacer más digna la vida de quienes habitan las calles.

Cuando lo conocí estaba vestido con ropas de parroquiano: jeans, camisa a cuadros y chaqueta impermeable. Fue la semana siguiente al operativo en el Bronx, en el Oma junto al Congreso, donde nos había citado Sabina Rodríguez Van der Hammen, para que aportamos nuestros puntos de vista porque se planeaba un debate de control político al exalcalde Enrique Peñalosa y a su secretario de seguridad, Daniel Mejía.

Aunque él se presentó como fray Gabriel Gutiérrez Ramírez, su intervención no me pareció de sacerdote. No solo por estar vestido como un ciudadano común, sino por la caracterización pormenorizada que hizo de los recicladores desalojados, que por tener carreta no les interesaba ni podían asistir a las unidades de la Secretaría de integración y por lo mismo eran damnificados del operativo policial. Tal exposición me pareció más de sociólogo que de cura.

Nuestra amistad empezó cuando le dije que yo había estudiado cuatro años en el colegio San Luis Beltrán de Santa Marta. Él me dijo que conocía al ya viejo Padre Trujillo, rector de aquel entonces. En adelante, cada vez que me presentaba ante alguien de su comunidad, decía: “Alberto fue educado por franciscanos” y eso era como una llave de confianza. Aquel día nos fuimos caminado hasta la iglesia San Francisco, su sede conventual. Me contó que “era de Villavicencio, modelo 1957″, que desde muchacho demostró su vocación religiosa y que le gustó la orden de los franciscanos desde que vio la película ”Hermano sol, hermana luna” sobre la vida de San Francisco de Asís. En ese tiempo, aún no era Fray Ñero, pero los mendigos y gentes de calle en las aceras de la carrera Séptima lo saludaban con cariño.

A decir verdad, todos perdimos el debate contra los atropellos y la incontrolada diáspora resultantes de aquel operativo, porque la Alcaldía y los medios de comunicación convencieron a la ciudadanía de que la Fuerza Pública había cumplido una cruzada contra un infierno y que la población desalojada del Bronx no eran más que personas instrumentalizadas por los demonios del narcotráfico y el delito.

Pero fray Gabriel, quien conocía uno a uno a los limosneros y pordioseros que merodeaban o dormían en el perímetro de la San Francisco y porque parte del desplazamiento desembocó en su zona, tenía la otra versión del asunto, la de los damnificados no escuchados, la de los desamparados por la ley y por la gobernanza. Además el cariño sincero por los habitantes de calle ya había florecido en su alma como una ineludible responsabilidad misional, como sacerdote y como colombiano.

Dos meses después me llamó y me citó en el parque Tercer Milenio. Esa vez sí estaba con el cartujo marrón de franciscano, vestido de sacerdote ganaba un halo de respetabilidad indispensable, porque muchos de los ñeros con los que nos topamos no nos conocían y se les sentía irascibles, resentidos por el destierro. Nos dirigimos al caño Comuneros en la avenida Sexta, porque en el tramo entre las carreras 20 y 30 permanecían emplazados entre el caño muchos de los desalojados del extinto Bronx y él sabía de varias chicas con heridas a las que les llevaba curaciones y alimentos.

La razón de mi presencia allí era porque a él le gustaba dialogar conmigo sobre el fenómeno de la habitabilidad en calle. No eran mansos nuestros diálogos. Esa vez discutimos sobre el asistencialismo y la evangelización, yo le alegué que mejor que ofrecerles el cielo debemos procurarles una vida digna aquí en la tierra. Él por su parte, me demostró que el asistencialismo era un primer paso necesario, que antes de cualquier proceso de resocialización o inclusión socio laboral, hay que brindarles las ayudas básicas, alimento, medicinas, o si no el desenlace de su desgracia puede ser mortal en muy corto plazo.

Bajó con agilidad de muchacho por la pendiente hasta el fondo del caño y fue directo hasta donde sabía que estaba la chica herida, me dio dinero para que comprara en alguna droguería gasa y esparadrapo, cuando volví con el encargo la muchacha ya estaba sonriente y comiendo la merienda que él le había dado.

Era difícil seguirle el ritmo, hasta me pareció algo intenso, por eso le dije con ironía: “Hermano, usted se le puede meter con todo a este asunto porque tiene el respaldo de la comunidad franciscana”. Me miró a los ojos y caminando cabizbajo me dijo: “No mano, yo estoy solo en esto, para mis superiores mi empeño a favor de esta población puede ser hasta contraproducente para la relación de nuestra congregación con la municipalidad, con la oficialidad”.

También recuerdo que le hizo mucha gracia el hecho de que yo no usara el término oficial de “habitantes de calle” y, con frescura, me refiriera a ellos como “ñeros”, ”parceros”, ”callejeros”. Entonces, en el camino de vuelta, propició con evidente entusiasmo una charla sobre el significado y las connotaciones de la expresión “Ñero”. Después entendería que estaba buscando un signo para distinguir su misión. Tiempo después, fray Ñero fue el blasón de su dignidad popular y así lo reconocieron en los medios de comunicación, en las instancias gubernamentales y, por supuesto, entre las gentes de las calles.

En adelante, todos los bogotanos empezamos a saber de las hazañas que cumplía en el mundo suburbano, obstinado en una humana cruzada para redimir a los marginados, a los ciudadanos considerados oprobios por la sociedad de doble moral.

Supimos de fray Ñero oficiando misas en parques para feligreses desarrapados, en las novenas navideñas llevándoles orquestas y viandas a sus amigos ñeros, también metido en sórdidos cambuches, prestando primeros auxilios a enfermos y heridos de riñas callejeras o llevando de urgencia a muchachas a punto de parir, pero él ya había entendido que además de la asistencia directa eran necesarios programas interdisciplinarios y estructurales, como bien lo había enseñado su antecesor, el padre Salesiano Javier de Nicoló.

En ese sentido empezó a constituir la fundación Callejeros de la Misericordia, armando un equipo que además de acompañarlo en la asistencia directa, estudiaba las políticas, adquiría conceptos y estrategias para un día lograr una entidad autosuficiente para acoger a su modo a los habitantes de calle; con más ahínco cuando por artículos drásticos del nuevo código de la policía se les empezó a prohibir y a frustrar por la fuerza acciones en la calle para más de 20 personas.

Aunque fray Ñero era polémico desde su particular criterio sobre dicho fenómeno social y humano, y también crítico del papel que al respecto cumplían las entidades oficiales, sin embargo empezaron a decirle “el ángel de los habitantes de calle”. Pero una noche me confesó que no le gustaba que le dijeran así, porque esa era el título demagógico y mediático que le daban a los facilitadores de chaquetas azules contratistas de la Secretaria de Integración Social. “Yo nada tengo de cuerpo glorioso nadie sabe cuánto sudo y cuánto me jodo para cumplir mi misión. No soy ningún ángel, soy un sacerdote dolido y comprometido con el drama social de los que sin techo viven en las calles”, confesó.

Tres veces lo vi llorar por muertes que le dolieron en el alma. Una cuando falleció el General Sandúa, ese personaje símbolo de la insumisión, su vecino del parque Santander y amigo entrañable de todos los días. Luego la muerte de su mamá Rosa Elvira Ramírez, soporte y cómplice de su existencia. Su ausencia lo turbó, lo sentí absorto y hasta me pareció que empezó a cometer descuidos en sus acercamientos a los habitantes de calle cuando ya la pandemia andaba en picos altísimos en Bogotá. Este año, en enero, me llamó para contarme que había muerto otra callejera de sus afectos: Edelmira Medina Garzón, ”La Mariposa”, como se le conocía en San Victorino, y se puso al frente de todas las diligencias para darle a su amiga cristiana sepultura.

Todo este año nuestras charlas fueron por teléfono. Me contó alarmado que el coronavirus estaba en las calles y que no conocía estadísticas oficiales de la realidad de esta situación entre los habitantes de calle. Me contó que muchos vivían hacinados en los antros que quedaron de las ollas de narcomenudeo destruidas por la Policía, que esos sitios seguían siendo expendios de drogas, pero ahora eran focos de infecciones de dónde se podía desencadenar una mortal ola de contagios. Ante la alarma, desde mi corazón, solo atiné a decirle: ”Cuídese Fray”.

El 5 de marzo, él mismo me llamó a contarme que había dado positivo para Covid-19. Lo sentí preocupado, pero fuerte. Días después lo llamé y me contestó con voz entrecortada que estaba en la Unidad de Cuidados Intensivos de la clínica Marly.

Confié en su fortaleza, rogamos por su recuperación, pero el virus cuando se ensaña con un organismo es inexorable. Se llevó de este mundo a fray Ñero. Lo lloro sinceramente, me hará falta su amistad y más falta le hará a sus hermano ñeros que hoy se arropan con la calidez de su recuerdo para soportar el frío de su ausencia.

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