Lo que gana y lo que pierde Petro sin Jaramillo

El exsecretario de Gobierno liderará la campaña por el No en la revocatoria. Su salida de la cartera política tendrá efectos en la gobernabilidad de la ciudad.

Desde que comenzó el gobierno de Gustavo Petro en Bogotá, uno de sus funcionarios mejor calificados por la opinión fue Guillermo Alfonso Jaramillo. Primero, como secretario de Salud, este tolimense puso la responsabilidad de la crisis hospitalaria de la capital en las EPS, por sus deudas con los hospitales.

Después de ese logro político, Jaramillo sentó las bases para el programa de 1.000 médicos itinerantes que hoy deambulan por las localidades más pobres, puso a funcionar centros de salud que se consideraban quebrados y forzó al Gobierno nacional a transferir recursos para mejorar el sistema de salud de los bogotanos.

Luego, en abril de 2013, la Secretaría de Gobierno quedó sin cabeza visible por cuenta de la destitución e inhabilidad que la Procuraduría le impuso a Guillermo Asprilla. Inmediatamente, Petro recurrió a Jaramillo, el hombre que, por entonces, copaba los titulares de prensa y los directos de los noticieros de televisión.

Inicialmente, el reto del nuevo secretario era lograr que el Concejo de la ciudad aprobara la derogación de la valorización (cobro que había suscitado masivas protestas), el cupo de endeudamiento para grandes obras de infraestructura y movilidad y la Modificación Excepcional del Plan de Ordenamiento Territorial.

Logró que se aprobaran las primeras dos iniciativas con sagacidad política. Jaramillo cambió las dinámicas de la relación de la administración con el Concejo. Sus antecesores (Asprilla y el hoy candidato al Senado, Antonio Navarro) se habían negado a darle participación burocrática a los concejales en el Gobierno, si no era de frente a la ciudad y asumiendo responsabilidades políticas por los resultados de las carteras que recibirían.

Según cuentan en el Concejo, Jaramillo fue audaz al recibirle hojas de vida a los concejales y hacer nombramientos en cargos sin mayor capacidad de ejecución y contratación. El secretario saliente amarró los votos de un sector de la U y del Partido Verde y logró darle oxígeno al alcalde para comenzar la construcción de megaobras.

Pero esa ‘mermelada’ no alcanzó para lograr la aprobación de la modificación del POT y, finalmente, el proyecto se hundió en el Concejo. Algunos dicen que Jaramillo jugó en esa contienda con la certeza de que Petro podía expedir el proyecto por decreto y por lo tanto no hizo grandes esfuerzos por ganarse el favor de los concejales.

En septiembre de 2013 la relación de Jaramillo con el alcalde no pasó por su mejor momento. Por un lado, el exsecretario había tomado medidas en seguridad (como el toque de queda por localidades) que no eran del agrado de Petro. Y, por el otro, crecían los rumores sobre un supuesto malestar del alcalde por el manejo que Jaramillo hacia de la burocracia.

Incluso, unos meses después, trascendió en los mentideros políticos que había una pelea entre Guillermo Asprilla y Jaramillo por puestos en la Secretaría de Gobierno que fueron copados por personas venidas del Tolima (departamento en el que Jaramillo ha desarrollado su vida política) y por supuestos cambios en las alcaldías locales para favorecer a determinados candidatos al Congreso.

Luego vino el episodio de la destitución e inhabilidad interpuesta por la Procuraduría contra el alcalde. Jaramillo fue fundamental, pues atendió todos los compromisos de gobierno que Petro tuvo que dejar de lado para defenderse del fallo que prometía (y todavía puede) ser su muerte política.

Jaramillo supo mantener la frialdad en momentos de efervescencia e incluso le pidió a los manifestantes que instalaron un campamento por un mes y medio en la Plaza de Bolívar que desalojaran el centro institucional del país para evitar más investigaciones y sanciones por parte de los organismos de control. A pesar de que la medida fue criticada por los más fanáticos seguidores del alcalde, le sirvió a la administración para quitarse un problema legal de la cabeza.

El exsecretario había dicho en muchas ocasiones que se sentía solo en la capital, que quería volver a Ibagué para estar cerca de su esposa y que necesitaba un descanso. Pero nunca dejó de creer, así lo dijo en entrevista con este diario, que Petro “es el último guerrero que puede cambiar este país. El último que está dispuesto a desafiar al establecimiento para darle derechos a los pobres”.

Ahora, que se va a liderar la campaña de la revocatoria, seguramente, tendrá que buscar aliados, recursos y gente para hacer lo que mejor sabe: política. No la tiene fácil pese a la popularidad en las encuestas del alcalde Petro pues no es una certeza que esos porcentajes de cerca del 60% se conviertan en votos.

Solo después del próximo dos de marzo, luego de la victoria o la derrota en las urnas, se sabrá si, como consideraban sus detractores dentro de los mismos Progresistas, Jaramillo estaba ‘armando’ un proyecto propio, o si, como lo dijo tantas veces, cumplirá “el sueño de hacer que Petro sea presidente”.

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