Gina Parody, la incansable

Elegante, aplicada, íntegra, a punto de pasar a Enrique Peñalosa, la exsenadora es una de las grandes sorpresas de esta campaña.

Gina Parody tiene claro que la amistad termina justo donde comienzan los principios. Lo demostró cuando renunció a su curul hace un par de años, luego de que su proyecto de ley, conocido como La Silla Vacía, no fuera aprobado en el senado. “Ya no represento al proyecto uribista del cual me enamoré, no lo puedo defender y tampoco puedo ser un obstáculo para él”, se justificó en ese entonces. Su renuncia significó el distanciamiento de quien no sólo fuera su gran amigo personal sino el hombre de cuya mano se aferró para hacerse un hueco en la política: Álvaro Uribe Vélez. Lo conoció en un foro en Cartagena cuando tenía 26 años y él no era más que un precandidato presidencial con 2% de popularidad. “Me encantó por varias cosas, una formal y otras de fondo. La formal, eran 13 candidatos y él fue el único que entregó el discurso. Me pareció un tipo preparado. Lo segundo, habló de un tema que me apasiona: cómo hacer crecer la economía”.

Se volvieron uña y mugre, al punto de que comentaban la actualidad nacional todos los días, de madrugada. Gina escuchaba. Él, ¿hacía catarsis con ella? Aquella vez que Mancuso e Isaza visitaron el Congreso, siendo su acérrima defensora, sorprendió con su discurso: “El ejemplo que este Congreso le da a la sociedad es que el que cometa delitos o crímenes atroces puede llegar acá como un héroe”. En el debate sobre Justicia y Paz fue abucheada. “Ese día fue como descubrir donde estaba”, recuerda. “Era un momento histórico para reflexionar sobre el pasado y decir basta a ese vínculo de siempre entre la ilegalidad y la política. Si no me retiraba, terminaría siendo cómplice de algo en lo que no quería participar”. Uribe no lo entendió así. Es curioso: fue la gran parcera del presidente cuando él era casi un desconocido. Él se aferró al poder y, cuando llegaron todos los demás a aprovecharse de su popularidad, ella se abrió del parche. Renunció no por cálculo sino por desilusión. ¿Dónde estaría ahora de haber seguido a su lado? ¿Habría caído con él? ¿Habría heredado su legado? Fue tan duro el golpe que se fue del país. ¿No soportó la presión de las críticas y los insultos de los uribistas luego de ser la niña mimada del régimen?

En la entrevista con Clara Elvira Ospina en la que explica las causas de su renuncia, su retórica es bonita. Se ampara en la democracia, habla de la necesidad de reconocer y reparar a las víctimas. Lo dice todo con elegancia (su gran fortaleza), enfatizando siempre que se trata de su opinión, de sus emociones, evitando así toda suerte de odios y críticas. Clara Elvira la acusa de desleal al presidente, que era lo fácil cuando a Uribe lo apoyaba el 70% del pueblo. Ella solo esgrime razones políticas cuando en realidad necesitaba su propia vida. ¿Acaso fue su manera de matar al padre? Gina parecer ser al tiempo Thelma y Louise: primero la muerte antes que la traición. ¿Una nueva forma de hacer política? Se puso como meta Harvard, mientras le llovían rayos y centellas por no quedarse haciendo oposición. La hizo, pero a su manera: distanciándose, olvidándolo como quien abandona un amor que no conviene. Dos años después asegura sentirse orgullosa por disfrutar cada día más sus emociones. “Me funciona ser consciente de lo que estoy sintiendo por dentro, saber que hay un solo paso, pero que es definitivo. Puedo sentir rabia, pero no actuó sobre ella. Me falta mucho, pero me ha ayudado mucho a cambiar”.

Gina es hija de costeños. Su abuelo era guajiro pero su papá –que es el ejemplo que ella toda la vida ha seguido- es un hombre que se forjó en Barranquilla. Allí se casó y construyó una inmensa fortuna comenzando como vendedor en una naviera holandesa. Hoy es dueño de una de las transportadoras marítima más grandes del país. La suya ha sido una familia discreta, de bajo perfil, sin escándalos. “La historia de superación de papá me enseñó que en Colombia, si uno abre una puertica de oportunidades, la gente la coge”. Creció en Bogotá comiendo sancocho y arepae´huevo, y viendo todos los días las páginas de El Heraldo desperdigadas sobre el sofá de su casa. “De chiquita, en mi casa nunca dejó de hablarse de actualidad política junto con los temas propios de la oficina”. Se sabe que hasta los 18 estudió ballet en la academia Welton; que no le gusta bailar salsa. De hecho, rumbea poco; que prefiere comer en casa antes que en restaurantes; que en la cocina se defiende preparando desde arroz con huevo hasta cordero al horno; que donde se siente más cómoda es en los cerros orientales, siente nostalgia por La Soledad, el barrio donde creció, y cariño por Engativá, la localidad donde situó su sede principal; que de niña prefería los juegos rudos; que es madrugadora y hace yoga; que es viciosa de los chocolates; que correr es lo que más la relaja. Es garbosa, ágil en sus respuestas. Los medios la quieren y las cámaras la hacen ver mucho más joven que su cédula. Nunca se desacomoda: su oratoria es teatral. Tiene temperamento de fuego. Lo dice su voz: segura, contundente. Limpia.

Más que clase, Gina tiene estilo. Y no hablo de su colección de gafas rectangulares en variados colores, ni del obispal morado de su campaña. Es más bien su forma de decir las cosas. Gina es, como diría Leila Guerriero, “Suave como un ala, e igual de peligrosa”. Alguien que estudió a su lado en la Javeriana apunta: “Actúa tan bien el personaje del establecimiento políticamente correcto, que nunca se sale del libreto. En su discurso se nota un autoritarismo muy bien disimulado”. Mi vecino Juan Carlos dice que le parece “yupicita, pero con pantalones”, mientras que Natalia Marenco, quien la acompaña como jefe de prensa desde hace seis años, la describe como “terca, obstinada, berraquita. Tiene claro para donde va”. La periodista María Isabel Rueda, quien fue su jefa en el Congreso, aseguró alguna vez que “Gina era la más chiquita y la más eficiente de todos los asistentes de las Unidades Legislativas. Era de una disciplina impresionante”. La disciplina la identifica, la vertebra. “Es muy inteligente y seria, pero carece de idealismo. No es una mujer profundamente culta, no tiene ni la impronta ni la curiosidad intelectual. Carece también de sensibilidad estética, pero es alguien que hace la tarea en relación con lo que tiene que hacer. Tiene la suficiente ambición como para ser incansable”, aseguró un compañero de campaña. Su gran talento está en su capacidad de análisis: “Es una apasionada de la crítica en todos los frentes –afirma un senador excompañero de Comisión-, lo que no significa que sea buena para ejecutar”. Según cierto columnista de El Tiempo, “A Gina todavía le falta pelo pa´l moño. Nadie sabe qué puede hacer cuando tenga bajo su firma los 26 billones del presupuesto de Bogotá”. Cuando lo escuché, recordé la frase aquella de la señora Lagarde cuando se posesionó como directora del FMI: "Las mujeres son como bolsas de té, revelan su fuerza cuando las lanzan al agua".

Se paga su campaña sin reparos, sin pedirle a nadie. A su alrededor hay silencio. ¡Demasiado silencio! Adicional a sus posiciones radicales, se sabe muy poco de ella. ¿Discreción y/o misterio? Para entender a Gina no hay que olvidar que creció en esa línea en que Bogotá dejaba de ser provincia buscando acariciar el cosmopolitismo. Tiempos de internet, cuando el país ya no mira tanto su ombligo sino que se preocupa por el TLC. Gina nació con privilegios, como casi todo el resto de nuestros gobernantes, pero sabe de la urgencia de abrir la ventana si quiere globalizarse. Creció viendo la guerra como un juego en el patio trasero. Hastiada de la violencia, la desprecia al tiempo que le bromea. Como quien pierde el respeto y en adelante no teme. Ha dicho que “la gente que vale es la que está en constante búsqueda”. Es una uribista evolucionada que está en el borde de una generación que busca desatarse de viejas formas de hacerse al poder. Al igual que su padre político, el tema de la seguridad siempre está en su cabeza. ¨Hay que blindar con el Ejército la periferia de Bogotá. La Policía dentro de la ciudad vigilará que no haya circulación de armas ilegales”.

De llegar a la alcaldía, el eje de su trabajo se concentrará en dos temas principales: educación e igualdad de oportunidades. “La oportunidades de un ser humano en Bogotá dependen de dónde nace. Si es en el norte, seguro podrá estudiar inglés y llegar hasta donde quiere. Pero si nace en Usme, difícilmente va a tener internet en su casa”. Junto con estos, enfoca otras dos acciones importantes: Deporte-Cultura y Crecimiento económico. “Para mí, igualdad es igualdad de oportunidades. Que el hijo del mensajero pueda ser el empresario de mañana”. De llegar a la alcaldía trabajaría con su equipo de mayor confianza, aquella que la ha rodeado todos estos años y que es tan joven como ella. Según afirma un artículo de La silla vacía, “No hay nadie "detrás" de Parody. Escucha y medita, pero sus decisiones las toma sola. Puede darse el lujo de arriesgar su propio pellejo y capital sin depender de nadie. El apoyo irrestricto de su familia le han permitido esa libertad”. Este rasgo positivo trae el recuerdo de que cuando las cosas le duelen ella puede caer, pues no tiene quien la sostenga. Como cuando renunció la vez pasada porque no resistió la presión.

La soledad de la niñez la llevó a la independencia en la adultez: cuando Gina nació, su papá tenía 45 años. El más cercano de sus tres hermanos le lleva diez. Por eso, a pesar de que en su campaña predomina la juventud, a Gina le encanta escuchar a la gente mayor. Con Mockus, se le apareció la virgen. A ambos. A él, que iba en caída en las encuestas, para retirarse a tiempo sin hacer el “oso”. (“Estaba “engorilado” con esa candidatura”, afirmó una cercana amiga de él); a ella, por tener alguien en quien cabalgar. Mockus no sólo suma votos al caudal que ella ya ha logrado consolidar sino, mucho más importante, experiencia. Sin lugar a dudas, él es su ancla, su polo a tierra... ¿Juntos son dinamita?