Grafiteras y madres: así es pintar los muros de Bogotá

Cloe, grafitera de 35 años, habla de los peligros que corre su género en este mundo, la maternidad como condición que cambia la forma de relacionarse con los aerosoles y de proyectos autogestionados para no dejar morir el arte.

Cloe es el nombre artístico de Carolina Méndez. Nació de una muñeca   bratz con la que la comparaban sus amigos. / Carolina Méndez
Cloe es el nombre artístico de Carolina Méndez. Nació de una muñeca bratz con la que la comparaban sus amigos. / Carolina Méndez

El grafiti, arte callejero que erróneamente algunos asocian a una actividad ilegal y masculina, cada vez lo practican más mujeres, que al ritmo de aerosoles encontraron una forma de contar sus historias. Y aunque en Bogotá les ha costado dejar su huella, por ser más vulnerables a los peligros de la calle, su rol de madres y el poco respaldo que reciben del Distrito, con su ingenio, han adquirido reconocimiento.

En los 90, cuando el hip hop estaba en furor, los raperos estadounidenses invitaban con su música a los jóvenes a transmitir sus molestias a través de firmas callejeras (tags) que llamaran la atención de la gente. En las avenidas y los barrios humildes de Bogotá se empezaron a ver los efectos del mensaje. Letras confusas y pegadas, denominadas en la jerga del grafiti como wild style, ocuparon puentes y muros. A pesar de que eran inentendibles para muchos, a unos cuantos les causó curiosidad.

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Cloe, con 35 años y artista urbana de vieja data, recuerda que a sus 16 años vio a través de la ventana del bus los primeros grafitis en la autopista Norte. “Me parecieron fabulosos, pero no tenía idea de quién los hacía. Como identificaba las letras por las explicaciones de mis amigos raperos, comencé a replicarlas en un cuaderno”.

Esta chica, de voz dulce y aspecto juvenil, ese día no solo vio su primer grafiti, sino que conoció a su primer amor. Casualmente él también se sentía atraído por el arte callejero y fue quien le enseñó sus primeros trazos y le abrió las puertas a este mundo.

En un festival Hip Hop al Parque conocieron a Fiar, la primera mujer grafitera de la ciudad y referente del arte callejero. El mural de 60 metros cuadrados que hizo en el evento les demostró a las chicas interesadas en el grafiti que era posible entrar a un mundo monopolizado por los hombres.

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Tres años más tarde, en el 2005, Cloe se encontraba en la universidad estudiando Ciencias Sociales. Sin embargo, las obras de Fiar seguían aumentando su interés en el arte urbano. Fue entonces cuando decidió inscribirse en los talleres de grafiti que ofrecía la Fundación Ayala. Sus primeros maestros fueron los que pintaron las letras que admiró de pequeña desde la ventana del bus.

“Tras escuchar lo que aprendieron mis profesores en Nueva York y Berlín, dije ‘¡esto es una locura! Quiero meterme en el cuento’. Entonces, en ese curso conocí a otras grafiteras que me presentaron a más gente y así se fueron abriendo espacios para pintar”, recuerda Cloe.

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Al comienzo, la calle fue amable con ella, pero a medida que se volvió más osada en la práctica del bombing (pintar muros sin permiso), su cara se hizo conocida en la UPJ. La adrenalina que le producía plasmar a altas horas de la noche sus sentimientos en una pared, la tensión de ser pillada por un policía, el frío incesante que le quemaba la piel y el objetivo de hacer un buen trabajo, la hacían repetir esa acción una y otra vez. “En esa rutina, los policías me echaban sobre la ropa los aerosoles, me quitaban el material o, en el peor de los casos, me encerraban. Una vez, me oriné en los pantalones, porque ellos por miedo a que me escapara no me dejaron ir al baño. Lo mismo les ocurrió a muchos amigos grafiteros. Sin embargo, esto cambió tras la muerte de Diego Felipe Becerra, el joven de 17 años asesinado por un policía”.

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Este lamentable episodio ayudó a que, en Bogotá, el grafiti dejara de ser visto como un acto de vandalismo. Se creó entonces, con ayuda de los artistas urbanos, el decreto 075, que ha venido promoviendo desde el 2013 la práctica responsable del arte callejero. Aun así, en la norma hay vacíos sobre los lugares donde no se puede pintar y, por ende, falta claridad sobre cuándo se debería sancionar a un grafitero.

Ante esta situación, el grafiti se sigue rigiendo en muchos casos por la ley de la calle. Como no hay una norma que defina si una obra debe durar 3 o 4 años, los artistas se rigen por un principio básico: Si alguien tiene algo mejor puede cambiarlo. Quien viole este código, desprestigia su nombre en el mundo del grafiti. En cuanto a los espacios para hacer sus obras, ellos han optado por autogestionar sus propios muros, haciendo acuerdos con los dueños del inmueble.

Mesa Mujeres Grafiti

A instancias del Distrito, las grafiteras conformaron una mesa de trabajo para discutir el papel de su género en los muros, construir propuestas y gestionar apoyos para desarrollar sus proyectos artísticos. La mesa hoy la lidera Cloe y la conforman 20 chicas entre los 14 y los 35 años.

Después de recorrer varias ciudades y de haber participado en festivales internacionales, la vida de Cloe como artista callejera tomó otro rumbo. Dejó de salir a pintar en las noches. La razón: se convirtió en madre. Aunque eso la alejó unos años del grafiti, cuando regresó, su apuesta fue hacer algo más grande con los aerosoles. Desde el 2014 trabaja con comunidades vulnerables, enseñándoles a los niños y jóvenes a expresar sus problemas a través del arte. También dirige la mesa distrital de mujeres, un espacio en el que les explica a las chicas grafiteras el decreto y donde idea proyectos artísticos legales en los que puedan mostrar su talento.

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La maternidad, sin duda, es una experiencia que parte en dos la vida artística de las grafiteras bogotanas. Muchas mujeres que han vivido la misma historia de Cloe y que son madres, también optaron por seguir pintando, pero a través de proyectos sociales que no ponen en riesgo su seguridad.

Angie, una integrante de la mesa, después del nacimiento de su hijo, se dedicó a invitar a las mujeres, niños y jóvenes maltratados a reivindicar sus derechos en los muros de sus comunidades. “A mí me duele mucho ver que los niños se consuman en la droga o que las madres se dejen pegar de sus maridos. Por eso he ideado varios proyectos en los que el grafiti ha ayudado a las personas a expresar de una forma sana sus conflictos”.

Muestra de su trabajo está en Ciudad Bolívar, donde pintó un mural que invita a las mujeres a no callarse ante el maltrato. “Dibujé una cara de Gatúbela gritando y algunas madres acompañadas de sus hijos aplicaron el color. Fue muy bonito escuchar a una de las mujeres decir que ese grafiti le iba a recordar que nadie tiene derecho a golpearla ni a silenciar su voz. Palabras como esas me demuestran el poder del arte”.

Acciones como las de Cloe o Angie están siendo replicadas por más chicas que encontraron en el grafiti un camino para ayudar a la gente y liberarse de sus propios problemas. Lo único que a veces las detiene es la falta de apoyo de la administración que, según ellas, ha sido casi nulo. De no ser por su ingenio para conseguir patrocinio y de contar con el apoyo de las comunidades, su presencia en los muros habría desaparecido.