Es hora de darle la cara al río Bogotá

Hay responsables activos de su deterioro. Más de 70 empresas vierten desechos industriales a su cauce.

Bogotá y 41 municipios contaminan el río Bogotá. /Cristian Garavito - El Espectador
Bogotá y los otros 41 municipios integrantes de la cuenca del río Bogotá han vivido y se han desarrollado, lamentablemente, de espaldas a sus ríos. Sobre ellos se vierten las aguas residuales de millones de personas y los desechos químicos de la industria. Aun cuando los debates sobre la contaminación del afluente datan de comienzos del siglo XX, múltiples generaciones vieron cómo ésta avanzó sin que nadie actuara de fondo. La degradación —lejos de detenerse— aumentó con el acelerado crecimiento de la población, la caótica urbanización, la industrialización sin controles ambientales y la tala de los páramos.
 
La realidad es que todos los que hoy vivimos en Bogotá nacimos con el río contaminado, y aunque hay conciencia generalizada de la necesidad de tomar medidas para corregir esta situación, aun nos queda un largo camino por recorrer, decisiones por tomar y presupuestos por asignar para resolver este problema.
 
No han sido suficientes las millonarias sumas gastadas en estudios, inversiones en plantas de tratamiento de aguas residuales, diversas misiones técnicas y los intentos de coordinación interinstitucional; ni un fallo del Tribunal Administrativo de Cundinamarca, proferido en agosto de 2004. No se tomaron las medidas en el momento que era.
 
El panorama pareció cambiar con la sentencia del Consejo de Estado del 28 de marzo de 2014, que organizó las responsabilidades, tanto a nivel nacional como local, definió las tareas que cada una de las entidades debe ejecutar para recuperar el río y cobija a 19 entidades de la Nación, a Bogotá y los 41 municipios que están en la cuenca y a una larga lista de empresas.
 
Esta sentencia nos provee entonces de un plan de acción. Ahora tenemos que ejecutarlo, pero tenemos que hacerlo bien. Si queremos hacer efectivo el derecho constitucional de gozar de un ambiente sano, debemos entender que la contaminación del río no es un problema exclusivo del Gobierno, ni de los habitantes de Bogotá, que, además de pagar nuestra factura de servicio de acueducto y alcantarillado, ya estamos pagando la descontaminación vía impuestos.
 
Hay responsables activos del deterioro. Hay más de 70 empresas que vierten sus desechos industriales al río. ¿Cuáles son? Y si ya están identificadas, ¿quién va a cobrarles? ¿Por qué no se ha hecho? Hasta ahora, sobre este tema se ha hablado en voz baja, cuando las autoridades tienen el deber de identificarlas y exigirles que cumplan con su deber de no contaminar y, de hecho, que participen activamente en el proceso de descontaminación.
 
La contaminación del río Bogotá deja lecciones para el desarrollo de la región: los ciudadanos y la institucionalidad del país tenemos que reaccionar oportunamente frente a los problemas. No hay que esperar la intervención de una corte para tomar decisiones de fondo; tenemos que despertar el interés ciudadano de velar por la solución de problemas que afectan la calidad de vida.
 
Es hora de darle la cara al río, volver a integrarlo al paisaje urbano y convertirlo en parte protagonista de nuestra calidad de vida. No podemos seguir pretendiendo ser una ciudad moderna si, contrario a lo que hacen todas las grandes ciudades del mundo, seguimos creciendo con el río a nuestras espaldas, olvidado en el cajón de los malos recuerdos.
 
 
* Presidente Probogotá Región.

 

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