Lo humano en lo urbano

Hoy se presenta ante el Concejo la modificación al Plan de Ordenamiento Territorial, carta de navegación que determinará la forma en la que crecerá Bogotá.

En el norte de Bogotá hay campo para que vivan un millón de bogotanos, según el exalcalde Enrique Peñalosa. / Archivo
En el norte de Bogotá hay campo para que vivan un millón de bogotanos, según el exalcalde Enrique Peñalosa. / Archivo

La exsecretaria de Hábitat de la administración Petro realiza una defensa del  modelo de ciudad y cuestiona a su principal crítico: el exalcalde Enrique Peñalosa.

La expansión urbana de Bogotá, propuesta por Enrique Peñalosa en su escrito publicado por el diario El Tiempo en su edición del pasado 23 de abril, no es, a mi entender, la solución con sustento científico que permita neutralizar el inquietante futuro que allí consigna.

La expansión de la ciudad en un 33%, que se efectuó entre los años 2001 y 2012 y que el exalcalde insiste en continuar hacia el norte de Bogotá, no resolvió el déficit de vivienda del momento, no propuso mejores espacios y tampoco la utilización de materiales reciclables ni avances en la generación de energías limpias.

No aparece la consideración de entradas directas de sol y buena ventilación de las viviendas, condición necesaria para prevenir enfermedades de los residentes. No se redujeron las horas de uso del transporte público, contaminante y saturado, y tampoco se disminuyó el tiempo de desplazamiento entre las viviendas y los lugares de trabajo. Ningún comercio de economía solidaria se creó y no aumentó el tiempo libre para compartir en familia. No hubo disminución alguna de la violencia intrafamiliar y la opinión participativa no contó con diseño alguno para permitir que los habitantes de los barrios alejados del nodo de la ciudad aportaran sus opiniones sobre la calidad de vida en las zonas de expansión.

Los megaproyectos que defiende Peñalosa, visiblemente revaluados en la hora actual, no sólo han ocupado áreas productivas, han invadido zonas de protección ecológica, han alejado a la población más vulnerable de los centros de trabajo, han fomentado el modelo urbano de segregación socio-espacial, han obligado a priorizar la construcción de nuevas infraestructuras, acortando el presupuesto para el mantenimiento de las existentes, sino sobre todo han beneficiado económicamente a los urbanistas y constructores de siempre.

Este modelo se contrapone al que se enfoca en el logro de la equidad social y el equilibrio ecológico. Son maneras no sólo diferentes sino antagónicas de entender el mundo: una que prioriza el interés general de todos los habitantes de una ciudad y busca frenar el calentamiento global con una propuesta urbana sostenible y orgánica, y la otra, que sigue engordando el interés particular (económico) de pocos.

Es pertinente hacerse algunos cuestionamientos esenciales: ¿Quiénes ganarán con el modelo de expansión hacia el norte de Bogotá? ¿Quiénes son los dueños de los terrenos? ¿Cuánto le costará al erario de la ciudad, y por ende a sus ciudadanos, extender las redes de servicios públicos, luz, agua, teléfono, gas, transporte? ¿Quiénes se beneficiaron con la construcción de Transmilenio por la calle 26? ¿Qué tanto se valorizaron los predios de engorde que bordean la avenida? ¿Quiénes son sus propietarios?

Mientras las transacciones económicas prevalecen, el deterioro del centro de la ciudad avanza sin planificación integral alguna. Para identificar la zona a intervenir con urgencia, le propongo a Peñalosa que se dé un paseo más acá de Nueva York y más allá de San Andresito para toparse, en pleno centro de la ciudad, con manzanas enteras —más de 600 hectáreas— ocupadas con bodegas subutilizadas, industrias en desuso, lotes de engorde, edificaciones abandonadas, bienes de interés patrimonial en franca decadencia, calles y avenidas invadidas de cráteres, espacio público deteriorado, que abusan de un suelo con enorme potencial para densificar, dándole paso a la vivienda, equipamientos, parques, etc.

La densificación de esas áreas debe recurrir a diversas propuestas urbanas que revalúen el modelo de renovación urbana impulsado por la Empresa de Renovación Urbana creada en 1999, desde donde por las buenas y sobre todo por las malas, sacaron a cientos de habitantes del centro de la ciudad, comprándoles a precios irrisorios sus predios, para luego proponer proyectos que hasta la fecha no ha sido posible desarrollar y han contribuido dramáticamente al deterioro del centro.

Más allá de los ejemplos fracasados de renovación urbana, ¿cómo vamos a sanar las hondas heridas urbanas que dejó el paso de Transmilenio por la ciudad consolidada para, con sacrificios presupuestales, alcanzar las zonas de expansión? Estos perfiles urbanos compuestos por kilómetros de culatas no sólo han hecho metástasis en el deterioro del centro, sino que siguen dejándose a la deriva y en el inventario muerto de las obras comenzadas y nunca terminadas.

En la planificación urbana de Bogotá, lo urgente sigue devorando lo importante y siguen siendo los “vivos” quienes aprovechan sin clemencia el estilo “inmediatista” de planificar y gobernar la ciudad. No se pueden seguir lanzando metas inalcanzables para captar la atención de los electores, ni imponer normas agresivas, carentes de principios de escala, de continuidad, de estructura y de gestión urbana integral. Esto sólo produce pánico y desorienta el debate central de la densificación de la ciudad.

El desafío que enfrenta el urbanismo de hoy es el de incorporar el desarrollo de la inteligencia social frente a un mundo que requiere de manera urgente enderezar las prácticas y creencias que vienen deteriorando y pauperizando la cotidianidad, fruto del legado de una mentalidad elitista, basada en la cultura de la revolución industrial. El planeta ya entró en otra revolución, la de la sostenibilidad, en donde prevalece lo humano en lo urbano.