Inseguridad en Bogotá: ¿solo un tema de percepción?

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Aunque el Distrito sostiene que los delitos han disminuido, la desconfianza y el miedo a salir a las calles ha aumentado en los capitalinos. ¿Cómo explicar esta discordancia? ¿Tiene que ver la pandemia en esto? Expertos nos explican.

Según las cifras de la Secretaría de Seguridad, todos los delitos de alto impacto en la capital (excepto el hurto a bicicletas) tuvieron una notoria disminución el año pasado. Sin embargo, la Cámara de Comercio de Bogotá entregó los resultados de la Encuesta de Percepción y Victimización de la capital en 2020 y evidenció que los bogotanos sienten que la realidad es otra. La encuesta demostró que la percepción de inseguridad en el 2020 ha sido la más alta en los últimos cinco años, alcanzando un 76%. ¿Cómo explicar esta relación inversa? La respuesta, como muchas otras problemáticas que se sufren hoy en día, radica en la pandemia.

Para empezar, hay que entender a qué se debe una baja tan notoria en la cantidad de delitos. Según César Andrés Restrepo, director de Seguridad Urbana de ProBogotá y experto en asuntos de seguridad y defensa, esta considerable disminución corresponde al cambio drástico que vivió la ciudad cuando se enfrentó al confinamiento.

Con menos gente en las calles, comercios cerrados, poco uso del transporte público, entre otros, las oportunidades para la delincuencia evidentemente disminuyeron. Esto, según el informe “La seguridad urbana en tiempos de pandemia” realizado por ProBogotá, no solo ocurrió en la capital del país sino en todo el mundo, por lo que en la mayoría de países y ciudades se registraron importantes reducciones en los delitos. No obstante, aunque el cambio fue drástico, no necesariamente perduró en el tiempo.

Por ejemplo, según indica el informe, en Reino Unido los primeros meses de pandemia registraron caídas del 40% en los crímenes con respecto al promedio de los últimos 4 años. Pero para mediados de 2020, cuando las restricciones se suavizaron, los registros criminales aumentaron con tendencia a la normalización.

Otro caso similar fue en Lima, la capital de Perú, en la que durante el primer confinamiento se presentó una disminución de hasta el 84% en los índices criminales. Sin embargo, cuando la gente regresó a las calles, se generó una reversión representada en un salto de 290 denuncias en abril a 900 en mayo. Esto llevó a que el gobierno del país advirtiera que, con la flexibilización, el crimen volvía a sus condiciones previas al virus de manera progresiva.

De esta forma, se entiende que en Bogotá también se hubiera presentado esta reducción, sobre todo teniendo en cuenta que, como expone el informe, en cada localidad se experimentó al menos 100 días en los que la gente salió muy poco a las calles. Así las cosas, la pandemia generada por el COVID-19, habría sido la responsable de esta disminución, pero como se evidencio en otros países, sus efectos no serían del todo positivos. La delincuencia también se reinventó y encontró en la coyuntura una forma de reestructurarse y fortalecerse.

“La crisis en la que entraron todos los gobiernos demostró que casi que ningún país estaba preparado para una emergencia así, por lo que se generaron problemas económicos y desigualdad, lo que permitió que los grupos criminales adquirieran facultades”, manifestó Restrepo. Lo anterior se evidencia en casos como Brasil, en el que en Río de Janeiro fueron las mismas organizaciones criminales las que decretaron toques de queda para contener el virus, a falta de medidas impuestas por el gobierno de Jair Bolsonaro.

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En cuanto a Bogotá, según John Anzola, experto en seguridad y convivencia, el confinamiento y la prioridad que se le dieron a otros temas como la salud, sirvió para que dinámicas como el microtráfico se transformaran, trasladando la compra de estupefacientes a domicilio o que, por ejemplo, los ladrones se enfocaran en robar bicicletas. “Como la gente empezó a necesitar movilizarse, los robos de este tipo aumentaron, no solo porque la gente usó más la bicicleta sino porque la gente empezó a comprar más bicicletas, incluso robadas”, dijo Anzola.

Agregado a esto, por el confinamiento, la gente empezó a comprar y a interactuar más en internet, lo que llevó a que el crimen se fortaleciera en lo cibernético, tanto así que la firma de ciberseguridad Fortinet informó que durante 2020 en Colombia se registraron más de 7 billones de intentos de ciberataques.

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Mientras que la delincuencia se reinventó, la Policía tuvo que adquirir nuevas responsabilidades

Para ambos expertos otro factor que impactó la inseguridad en Bogotá fue que la Policía tuvo que direccionar sus esfuerzos hacia el control de las medidas de bioseguridad para combatir la pandemia. Por lo tanto, los uniformados tuvieron que encargarse de nuevas tareas como controlar y hacer cumplir las restricciones decretadas por el Distrito; hacer controles constantes a establecimientos; desmantelar fiestas clandestinas; acompañar la entrega de mercados y ayudas, entre otros, por lo que su labor no solo tuvo que enfocarse en la seguridad, sino también en la convivencia.

“Mientras la Policía estaba persiguiendo ciudadanos para que se pusieran el tapabocas, los delincuentes aprovecharon esa oportunidad para empezar a reacomodarse y adaptarse”, puntualizó Anzola. Además, si a lo anterior se le suma el déficit de 9.000 policías que tiene Bogotá y la desconfianza que tiene la ciudadanía hacia la institución, las cosas empeoran.

Por lo tanto, para el director de Seguridad Urbana en ProBogotá, estas nuevas responsabilidades y el constante cuestionamiento hacia la Policía pudieron haber generado una crisis interna, ya que sus nuevas responsabilidades implicaban jornadas laborales más extensas y mayor cansancio en los oficiales. Esto, sin contar la constante duda de no saber cómo actuar correctamente frente a un fenómeno que era nuevo para todos como la pandemia.

“Los policías entran en un dilema de si es mejor ser pasivo, lo que puede dejarlos indefensos, o muy exacerbados, porque pueden caer en un caso de abuso policial.”, agregó el experto, quien enfatizó que eso llevó a cometer errores que se ven reflejados en los abusos de autoridad o procedimientos mal ejecutados, como el que, en su concepto, realizó Edwin Caro, el patrullero que en medio de una requisa recibió un impacto de bala y murió momentos después.

¿Por qué la percepción de inseguridad?

La llegada del COVID-19 a Bogotá, no solo generó una crisis sanitaria, sino también una económica y social. De esta forma, muchas falencias en la sociedad se empezaron a hacer notorias, como el hambre, la desigualdad, la falta de oportunidades, la falta de conectividad, entre otras. Estas impactaron a la ciudadanía, la cual, obligada a permanecer en su casa, tuvo que reconocer y percibir lo que pasaba por medio de redes sociales y de los medios de comunicación.

En este aspecto coinciden los dos expertos, quienes argumentan que el voz a voz tiene una gran importancia en esto, porque, según ellos, la mayoría de las personas tienen un amigo o un conocido al que le han robado, lo que muchas veces genera miedo generalizado, aunque la misma persona no haya sido víctima de un atraco.

Si a esto se le suma la pérdida de legitimidad que está sufriendo la Policía, todo se convierte en un grupo de factores negativos que irremediablemente permean la concepción de la gente. Tanto así, que en la misma encuesta que se revela el aumento de la percepción de inseguridad, también se considera que la mejor opción para mejorar la seguridad en la capital es acabar con la corrupción en la Policía.

Así las cosas, el reto para el Distrito no solo está en combatir la delincuencia, sino en generar confianza en la ciudadanía. Para hacerlo, según Restrepo, es importante dejar de escudarse en la disminución de delitos que, según él, está más dada por la pandemia que por la gestión en la administración.

Agregado a esto, según él, se debe entrar a ejecutar soluciones prontas, las cuales tienen que ser propuestas, no analizando los índices del 2020, sino teniendo en cuenta cifras de años como el del 2019, en el que los números estaban altos, lo que lleva a trabajar en pro de cifras más reales y no en tendencias temporales que, como ya se evidenció, no serán permanentes, y que, sin una preparación y un plan estructurado, pueden llegar a ser peores de lo que se esperaba.

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