Jorge Eliécer Gaitán: 66 años sin la luz del caudillo

Con el paso de los años, el Bogotazo que tuvo lugar el 9 de abril de 1948, sigue siendo un tema álgido y controversial. En esta oportunidad presentamos una atenta reconstrucción histórica de los hechos.</br><a href="http://www.elespectador.com/noticias/infografia/bogotazo-65-anos-despues... src="http://static.elespectador.com/especiales/1404-bogotazo/volver-bogotazo....

Hoy se conmemora un año más de la muerte de Jorge Eliécer Gaitán, el líder liberal que fue asesinado en la carrera Séptima con avenida Jiménez en Bogotá, cuando salía de su oficina. Ese día Gaitán había terminado la defensa del teniente Cortés, un joven militar acusado de la muerte de un periodista. En ese proceso el caudillo utilizó el argumento del honor, de acuerdo con la condición militar, y una explicación de la realidad psíquica del acusado que, a su parecer, había actuado en defensa del honor y movido por una ira momentánea, no necesariamente con dolo y premeditación. De esta manera pudo desvirtuar la acusación y salir en hombros del juzgado en horas de la madrugada.

Era mediodía y Gaitán se encontraba departiendo con algunos amigos, celebrando la conquista que había sumado a su brillante carrera como litigante y mostrando, como había sido característico en él, un uso magistral de la palabra y un vasto conocimiento en la normativa penal. No en vano el líder político era hijo de un hombre que tenía una librería y que era director de dos periódicos, y había crecido en ese ambiente de discusiones intelectuales que le permitieron robustecer su realidad académica, a lo cual debemos sumar su formación en Italia con Enrico Ferri.

Uno de esos amigos era Plinio Mendoza Neira, persona muy cercana al inmolado líder y a quien Gaitán había defendido años antes en un proceso en el que había sido acusado por el entonces procurador y años más tarde presidente, Carlos Lleras Restrepo. Mendoza Neira, según han contado sus familiares, tenía la intención de decirle algo importante a Gaitán esa tarde y lo había invitado a almorzar, a lo que el líder liberal respondió en tono de broma que, aunque él era un hombre costoso, con gusto aceptaba.

Al salir de la oficina, Mendoza Neira tomó a Gaitán del brazo para hablarle sobre el proyecto de instituto de formación sindical Benjamín Herrera, un poco adelantados al grupo (Pedro Cruz, Jorge Padilla y Alejandro Vallejo), cuando de repente vio cómo Jorge Eliécer Gaitán intentaba volver al edificio y refugiarse de algo que Mendoza todavía no comprendía, pero que entendió instantes después al ver aparecer en la esquina a un hombre con cabellos desordenados, mirada de odio y barba de varios días que disparó contra Gaitán en tres oportunidades con un revólver que, según el encargado de escribir el informe, no era más que un arma obsoleta de funcionalidad bastante limitada y que un par de días antes había comprado a un señor Pablo Lozano. Segundos después hizo un cuarto disparo. Existen testimonios que dicen que a Gaitán también le dispararon por la espalda. Mendoza Neira dijo que lo vio girar el cuerpo. Sobre este tema todavía no hay una palabra final.

Gaitán fue llevado a la clínica central donde lo declararon muerto. Una de las balas había penetrado cinco centímetros en su cabeza. Algunas personas cercanas al hecho, que podían contarse por centenares, pues el pueblo empezó su aglomeración, especialmente los lustrabotas que permanecían en la carrera Séptima, contaban que Gaitán manaba un hilillo de sangre por la boca y gran cantidad por la región occipital.

Fueron esas personas las que cobraron justicia por su propia mano contra el aparente asesino, Juan Roa Sierra, quien se había refugiado en la droguería Granada, de donde la turba lo sacó para arrastrarlo hasta la muerte y dejarlo frente al palacio de gobierno. Era tal la efervescencia del pueblo que no hizo falta agitar mucho las pasiones, pues del fondo del alma surgía en estado de ebullición la cólera incesante de los gaitanistas.

Eran los mismos que poblaban las plazas cuando el caudillo se disponía a empezar uno de sus discursos y seguramente los mismos que un par de meses antes habían escuchado su alocución magistral durante la Marcha del Silencio. Cuentan algunos nostálgicos que cuando Jorge Eliécer Gaitán empezaba sus discursos la gente quedaba hipnotizada, abstraída por aquel juego mágico de palabras que vestían de gala el alfabeto y ponían a galopar los corazones que empezaban a soñar con una mejor patria.

Por esos días se estaba celebrando en Bogotá la Conferencia Panamericana. Mucho se ha mencionado la presencia del joven estudiante Fidel Castro en Bogotá durante esos días, quien había agendado una cita con Jorge Eliécer Gaitán tal como quedó registrado en la agenda del reconocido político y jurista. Estaba también en la ciudad Gabriel García Márquez, estudiante de segundo año de derecho en la Universidad Nacional. Cabe mencionar que entonces ambos eran extraños y no existía todavía la amistad histórica que conoce el mundo entero. Varios testigos aseguraron también haber visto al general Virgilio Barco en la acera del frente, en una actitud que de una u otra manera no contribuyó a la protección del asesino como testigo principal de los hechos.

De niño, mi única cercanía con el asesinato de Gaitán fueron las narraciones de mi abuelo materno, Eduardo Bayena Sanjuán, que por esos años era estudiante del colegio San Juan de Córdoba, en Ciénaga, y que fue testigo directo de una turba que llenó el pueblo para tomarse la estación de Policía, donde metieron a los uniformados al calabozo y hurtaron las armas para empezar la rebelión.

Algunos años después supe que mi padre, Gustavo, y mi tío Jesús Manrique Danies, no solamente estaban en Bogotá ese año como estudiantes del colegio San Bartolomé La Merced, sino que también fueron testigos directos de todo lo que se vivió en la ciudad tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. Cuenta mi tío que aproximadamente a las tres de la tarde un compañero de apellido Ceballos dio la noticia del asesinato, aunque ya habían visto pasar gente con machetes, y que esa tarde lo único diferente que percibieron en el colegio fue que un grupo de personas llegó para llevarse al hijo del presidente Mariano Ospina Pérez, quien estudiaba con ellos en aquel colegio de jesuitas dirigido por el padre Arturo Montoya.

Sólo pudieron volver al colegio cuatro días después y recuperar un par de camisas y un pantalón. El resto del tiempo lo pasaron donde la tía Elisa Danies, en el barrio La Perseverancia, de donde mi tío Jesús y don Ricardo Gómez, esposo de la tía Elisa, salían a comprar la poca comida que podían encontrar en una tienda cercana. Cuenta también que en algunos sectores fue tal el desabastecimiento que unos conocidos le narraron años después que les tocó cocinar cáscaras de plátano para comer algo durante esos días nefastos.

Al día siguiente, durante el almuerzo, los estudiantes fueron sacados del colegio por el prefecto Horacio Mejía, ante algunas versiones que señalaban que iban a quemar el plantel, y se dirigieron a buscar refugio en el colegio de lasallistas ubicado al norte de la ciudad. De ese grupo también formaba parte quien sería el general Luis Eduardo Roca Maichell, compañero de clases de mi tío y mi padre. Al llegar les dijeron que debían devolverse al San Bartolomé, pero éste ya había sido tomado y la mayoría de pertenencias de los estudiantes hurtadas.

Varias veces me ha contado mi tío que la ciudad estaba totalmente incendiada y el tranvía, en el que algunas veces paseaba con mi padre, totalmente destrozado. También dice que un par de días después del asesinato de Gaitán vio en la Plaza de Bolívar el cadáver de Roa Sierra tendido. Algunos lustradores le dijeron que Roa había sido muerto casi de inmediato por los golpes de la turba y que fue torturado y desmembrado sin piedad. Él mismo fue al Cementerio Central, ubicado en la calle 26, donde los cadáveres estaban por decenas, con la intención de ver si había algún conocido, pero sólo pudo encontrar un recuerdo para alimentar las líneas de este sobrino que muchos años después escribe un poco sobre aquellos días.

Mi tío y mi padre pudieron regresar el día 17 a Barranquilla, en un avión con capacidad para 55 pasajeros, de donde se bajaron para comprar algunos panes a cambio de una edición de prensa que habían comprado en Bogotá. No tuvo la misma suerte el señor Jorge Espinoza, mi amigo y compañero de batallas como misionero mariano, quien años antes de irse a estudiar a Estados Unidos tuvo que vivir los hechos del Bogotazo. Recuerda que fue tan crudo todo lo acontecido en la ciudad que su padre hizo trincheras para la casa y dispuso de todas las armas como material de defensa, en caso de que la turba decidiera arremeter contra su hogar donde visitaban asiduamente los grandes líderes conservadores de su tiempo y cuya mayor reliquia, a los ojos de la madre de don Jorge, era una bendición apostólica otorgada por el papa Pío XII.

Don Jorge recuerda a su padre llorando en silencio en el tejado por la desaparición de Jaime, hijo mayor de la familia Espinoza Ruiz, mientras decenas de soldados pasaban indistintamente durante el día cargando fusiles Mauser de fabricación belga con bayoneta calada para controlar y preservar el orden en toda la ciudad. Vieron arder el tranvía en la carrera Décima con avenida Jiménez, en el que tantas veces se transportaron y sonrieron con las ocurrencias del loco Palito, un personaje bogotano que se montaba al vagón con la cara pintada de colores y hacía muecas, para alegría de los usuarios.

Años más tarde, cuando don Jorge se desempeñaba como miembro de la compañía de ingenieros del Army Depot de Forest Park, en Georgia, tuvo la oportunidad de leer documentos en los que se narraba el descontento de algunos agentes de la CIA frente a la inconveniencia de algunos líderes que emergían en América Latina, entre ellos Jorge Eliécer Gaitán, cuyas políticas resultarían eventualmente inconvenientes para los intereses de Estados Unidos. No constituye este documento, sin embargo, una posición oficial del gobierno estadounidense, sino el concepto de algunos agentes descontentos con el manejo de ciertos procesos en las dependencias del servicio de inteligencia.

Algunas personas manifiestan que un alto prelado le sugirió al presidente Ospina Pérez abrir las cárceles para que lo que inicialmente era una protesta por la muerte de un líder político terminara siendo una revuelta sin orden cuyo único propósito fuera destruir y manifestar la rabia. Esta versión nunca ha sido comprobada. Sin embargo, el hecho real es que aquella manifestación no desembocó en nada contundente, pues la turba no se tomó el poder, y el papel del doctor Echandía, gran amigo de Gaitán, de quien esperaban seguramente una actitud más enérgica y dispuesta, resultó ser el de un hombre avasallado por tan graves hechos que sobreponían su realidad a la concepción política del país. En otras palabras, el hombre de la esperanza estaba apenas entendiendo qué hacer y cómo actuar ante el problema.

Lo cierto de todo esto es que el único avance de la justicia colombiana fue un fallo del Tribunal de Cundinamarca en 1978, donde se resolvió que Juan Roa Sierra había sido el único asesino, una teoría muy común en el caso de estos magnicidios, pero que, según algunos juristas, deja algunos vacíos insalvables que a lo mejor quedarán para ser llenados por la memoria de los sobrevivientes, quienes alimentan las anécdotas según sus posturas ideológicas.

A partir del asesinato de Gaitán se gestaron con más fuerza algunos movimientos de insurgencia, se nos dio una muestra más de la inoperancia del Estado para resolver a fondo los casos donde pueda verse afectado el esquema de realidad nacional que hemos vivido como insalvable y se nos probó que existen fuerzas superiores que mueven los hilos del poder y la forma como debe encaminarse al pueblo. Todo ello sin mencionar que la única certeza sobre este asesinato es que cada 9 de abril nos detenemos a recordarlo un poco, a hacer reflexión de patria y, ocasionalmente, a otorgar letra al pensamiento para manifestar, como siempre, que hoy se conmemora un año más de la muerte de Jorge Eliécer Gaitán.