La temporada silenciosa de la primera capitana de la selección de fútbol de Afganistán

Khalida Popal es recordada por liderar el fútbol femenino en ese país. Lo que poco se recuerda es que disputó una veintena de partidos hasta que una rotura de ligamentos la confinó a un período de silencio que aún hace mella.

Khadila Popal lidera Goal Project, proyecto impulsado por la federación de fútbol de su país, cuya intención es crear un equipo femenino nuevo, con jóvenes afganas exiliadas. / Margareth Sánchez - Secretaría de Cultura

En un conversatorio de la Cumbre Mundial de Líderes, que termina hoy en Corferias, el reportero de guerra Jesús Abad Colorado proyecta sus fotos en un telón. Una de ellas muestra a una mujer posando en lo que fue su casa y ahora es un esqueleto de concreto luego de una balacera de los paramilitares. Khalida Popal, con el rostro adusto que deja la guerra, entierra la mirada en la imagen...traga saliva. Después dirá, en diálogo con este diario, que ese fue el paisaje de sus tierras durante 14 años, de 2001 a 2015, cuando era el tiempo de los talibanes y de George W. Bush.

Por entonces, las mujeres no podían trabajar fuera de casa. No tenían derecho a educación ni asistencia médica. Los hombres ponían los muertos. La música y el deporte estaban prohibidos. Cuando tenía 14 años comenzó a correr tras una pelota, después de la escuela. Un día, mientras jugaba con una amiga, un grupo de hombres les reventó el balón. Dijeron que el fútbol era cosa de varones. A partir de ese día empezó a trazar el camino que le dio reconocimiento.

Continuó, aunque su familia le prohibió jugar para blindarla de las pedreas y escupitajos que recibía en la calle. En 2007 creó la primera selección femenina de Afganistán y aprovechó los entrenamientos y las aulas de clase para decirles a las mujeres que no debían casarse si no querían, a pesar de sus familias, y también que debían seguir usando el velo para que las dejaran jugar, pero que el próximo logro debía ser destaparse el rostro.

Cuando cumplió una veintena de partidos con la selección de su país, se rompió los ligamentos. “Los médicos me dijeron que no podía volver a tener contacto con el balón en el momento que me sentía vieja para jugar —cuenta—. Me sentí frustrada. Fuera del campo había insultos y gente apresada por reclamar sus derechos. Adentro descargaba la energía necesaria para evadirme”.

Por ese tiempo golpearon a uno de sus hermanos y a su entrenador y la amenazaron de muerte. En abril de 2011, Popal abandonó Afganistán y partió a la India. “En una noche tuve que asimilar que salía de mi país para seguir viviendo. Quería despedirme de mi familia, pero no pude. Tampoco de mis amigas ni de mi equipo. Maldije ese día”.

En India intentó borrarse el nombre para vivir tranquila. No lo consiguió. Entonces se radicó en Dinamarca y vivió la temporada de silencio más larga de su vida. “Durante dos años me acostaba pensando en que era un mal sueño. Lo único que pude traerme de Afganistán fue una foto del equipo. Me aferraba a ella en silencio, porque dejé de hablar con mis familiares y amigos. Quería escapar de mi vida. Me enfermé. Mentalmente me enfermé. Sentía que era una adulta flotando en el aire y me preguntaba en dónde estaba mi suelo. Era como estar en un campo de refugiados, sin identidad”.

Durante esos años no tuvo amigos. La relegaban porque no dominaba el idioma. La consolaba el recuerdo de las 3.000 mujeres que en Kabul, la capital, son jugadoras, entrenadoras, árbitras. El eclipse de Khalida Popal empezó a pasar cuando entró a trabajar con la empresa Hummel, la firma a la que convenció para patrocinar los uniformes de la selección de su país. Para desviar la polémica por uniformar a su equipo, incorporó en el centro de la camiseta un hiyab, el velo que abandonó hace años, pero que sirve para que las mujeres de su país salgan a patear balones.

Si para el escritor español Javier Marías el fútbol es la recuperación semanal de la infancia, para Khalida Popal es la ansiedad de ganar lo que perdió una generación. Ahora trabaja con Cross Culture Projects Association, una ONG danesa que apoya, por medio del fútbol, comunidades en guerra, y lidera Goal Project, un proyecto impulsado por la federación de fútbol de su país, cuya intención es crear un equipo femenino completamente nuevo, con jóvenes afganas que, como ella, fueron exiliadas. Su ambición es que otras mujeres cumplan su mayor objetivo: ir a un Mundial. “Nuestra nación está sedienta de aventura y de orgullo. Ahora los papás llevan a sus hijas a los entrenamientos. Los papás están orgullosos de que sus hijas los representen”.