50 años del Idiprón

La herencia del padre De Nicoló

Marco Perilla fue uno de los primeros en ingresar al programa del padre Javier de Nicoló, que se consolidó como el Idiprón. Tras pasar por la calle, hoy es uno de los formadores de esta institución.

Marco Perilla llegó a los 12 años al centro del Idiprón en Bosconia. Cortesía Sergio Cárdenas

Dos días estuvo Marco Perilla dentro de una estación de Policía a punta de agua y garrote. Tenía 12 años y lo llevaron luego de uno de los operativos que realizaban las autoridades para recoger a los menores de edad del Cartucho. Él había llegado a la calle porque en su casa no había ni tenían con qué darle de comer. “Vengo de un hogar donde fuimos muchos hermanos y por la problemática social y el desempleo, tuve la necesidad de salir a rebuscarme la vida y la calle fue una opción”, asegura.

Dejó su casa cuando tenía escasos seis años. Se subía a los buses a cantar, pedía en los restaurantes algo de comer o ayudaba en el convulsionado comercio que se genera en el centro de Bogotá. Para sobrevivir andaba con una gallada, cerca de 20 jóvenes, que vivían como nómadas, siempre en un lugar diferente, dependiendo de las circunstancias.

“Hubo un lugar donde viví con dos hermanos, que lo llamábamos Tubo Caliente. Era exactamente en la calle 20 con carrera 12, donde había un poste de la luz con un transformador que tenía un corto, que terminaba calentando todo lo que había bajo él. Allí vivíamos con una gallada como de 25 muchachos”.

Marco no niega que probó la droga: “Puedo decir que lo hice como cinco veces”, pero cree que el hecho de que no se haya enviciado le permitió salir fácilmente de las calles, proceso que comenzó al segundo día de estar en la estación de policía.

Aunque han pasado más de 40 años, ese momento lo tiene claro. El padre Javier de Nicoló llegó a la estación, donde prácticamente los habían torturado, y le ofreció un sánduche y una botella de leche. Luego los invitó a un paseo a una finca con piscina. Marco ya sabía cuál era el fin del sacerdote, pues desde mucho antes había escuchado del proyecto que este lideraba a las afueras de la ciudad.

El padre salesiano vino de Italia en 1948 con el fin de realizar su trabajo de misionero con los enfermos de lepra en Agua de Dios (Cundinamarca). Al llegar al país, la pobreza lo impactó, pero aún más las condiciones en que vivían los niños en la calle. Fue por eso que se dio a la tarea de crear el proyecto Bosconia-Florida, con el fin de darles mejores oportunidades a estos niños, ofreciéndoles una vivienda, educación y el cariño de una familia de verdad.

Luego del viaje a una finca en Cunday (Tolima), a la que De Nicoló llevó a Marco tras sacarlo de la estación, lo trasladó a Bosconia, considerado el primer centro del Idiprón. Perilla empezó su proceso y allí se formó bajo una filosofía diferente a la cruda y egoísta experiencia que le tocó vivir en la calle. “Éramos 120 muchachos. Vivimos bajo una enseñanza muy recursiva, lúdica y a base de juegos que dinamizaban los educadores, porque más que centrarse en el problema económico, sabían que tenían que trabajar en el plano afectivo. Ellos nos hacían sentir acogidos y eso motiva a cambiar”, dice.

Se hizo bachiller y aunque tuvo la oportunidad de ser contratado por el Acueducto, decidió seguir trabajando al lado del padre, a quien recuerda como un salvador y como alguien que sabía ganarse el cariño de los jóvenes con su forma de tratarlos y no con una disciplina autoritaria. Lo recuerda como el hombre que los llevó a conocer el mar, al Tayrona. “Jugábamos, comimos coco y fuimos a pescar. Lo que más nos impresionó esa vez fue que los peces que sacamos se los comía crudos. Él nos explicó que era porque uno de sus platos favoritos del Mediterráneo eran los mariscos”.

Siguió su ejemplo y se formó como maestro. El padre lo ayudó para que estudiara Licenciatura en Ciencias Sociales en la Universidad Libre y al mismo tiempo para que continuara en el Idiprón, primero desde la parte administrativa y luego como docente. “Él transformó la educación en una época en la que se enseñaba con represalias y castigos. Fue eso lo que nos motivó a seguir sus pasos”.

Llegó a dirigir cinco centros del Idiprón, entre ellos el de Bosconia-Florida, y se ha dedicado a replicar la misión del padre De Nicoló: sale a las calles en busca de jóvenes para extenderles la mano y brindarles una segunda oportunidad. Se ha encontrado con historias de vida difíciles como un niño de cinco años que consumía perico, pero también con jóvenes que, al pasar de los años, le agradecen haberlos ayudado a salir de las calles. “Él tuvo que pasar por lo mismo que hemos vivido nosotros y por eso nos entiende”, señala uno de sus pupilos.

“El padre De Nicoló me enseñó con el alma a ser un buen docente”, asegura Perilla, quien busca mantener el legado que le enseñó el salesiano. Tiene claro, como formador de jóvenes que por dificultades han llegado a la calle, que todos deben ser valorados y acogidos con cariño y afecto, como el que él recibió hace 50 años, en el primer programa que dio inicio al Idiprón.

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