La otra "embajada" de Corea en Bogotá

Además de la Embajada de Corea del Sur, en Bogotá existe otra que no se encarga de asuntos diplomáticos, sino de promover la gastronomía y las tradiciones culturales de los coreanos residentes en la capital. En el restaurante Asiari, Asian Cuisine, despacha un embajador pleno de poderes para satisfacer a la clientela oriental y occidental.

Revista Directo Bogotá

Son las 11:00 de la mañana, aún queda una hora para que Asiari, un restaurante al norte de Bogotá, abra sus puertas a comensales locales y coreanos. Todo luce impecable, y Bryan Song, un surcoreano profesional en comercio exterior y dueño del establecimiento, supervisa que todo esté en su sitio. Bryan, como decidió llamarse en occidente, llegó a Colombia en 1984, lo que explica su español fluido. Viste un traje negro, perfectamente planchado y luce impecable de pies a cabeza.

Él es el encargado de que este lugar sea el escenario ideal para que los coreanos que viven en Bogotá vuelvan a sentirse como en casa y para que los bogotanos tengan un encuentro memorable con esta nación asiática.

Asiari cuenta con dos plantas. En la primera están las mesas para cuatro personas, una cava, decoración tradicional y un televisor en mute que transmite un partido de fútbol. La segunda planta tiene salones privados cuyas mesas están diseñadas para compartir un BBQ coreano, plato típico en el que toda la comida se pone en el centro y cada quien cocina lo que va a comer. Bryan sonríe y corrobora que en los mejores restaurantes coreanos esto no podría faltar.

Los salones de esta planta son cerrados porque a los coreanos, a diferencia de los colombianos, les gusta comer en un ambiente privado y silencioso, sin pantallas ni música; solo hay un timbre para llamar al mesero cuando sea necesario. Carolina Urueña, una mesera del lugar, dice que trabajar aquí “es bacano” y que no ha tenido que aprender coreano porque la mayoría de los clientes extranjeros habla español. Ella solo los saluda haciendo una leve reverencia con la cabeza y cuando suena el timbre de los salones reservados sube con el mismo respeto y les lleva comida y licores. Song explica, sin enorgullecerse, que en su cultura se bebe mucho licor mientras se come, “una cena sin alcohol no es cena; en términos de trago colombiano, dos coreanos pueden tomarse media botella de aguardiente en media hora”, dice.

Bodas made in Corea

Toda la decoración del lugar fue traída de Corea del Sur, desde las mesas y las sillas hasta los enormes cuadros y las lámparas que caen del techo como gotas. Además de un reloj que cuelga y brilla por su detallado trabajo en pedrería, llaman la atención unas pequeñas muñecas que hay en la primera planta. “Mi padre me regaló los dos tipos de muñecas: geishas y coreanas, porque aquí se vende la comida de estas dos naciones a las cuales representan”, explica Bryan. Las geishas, de origen japonés, son inconfundibles por sus elegantes kimonos, la delicadeza de su postura y el blanco extremo de su rostro enmarcado por el pelo recogido. Las otras muñecas, las coreanas, muestran la vestimenta tradicional que se usaba en la antigüedad: el hanbok. El pelo, partido por la mitad, está recogido y el maquillaje es tenue. A diferencia de las geishas, sus vestidos no tienen estampados florales y son más holgados.

Bryan señala una pareja de muñecos y dice: “Ese es un matrimonio”. Ambos lucen un hanbok colorido, adornado con símbolos dorados y accesorios tradicionales alusivos a la festividad. “En Corea, las bodas se tienen que hacer rápido. Hay unos lugares que se llaman wedding halls donde cuentas con dos horas para hacer todo: la ceremonia, tomar las fotos con la familia y los amigos, y luego se tienen que ir porque viene la siguiente pareja”, cuenta Bryan contemplando los muñecos. Sin embargo, después de esa boda exprés hay una recepción en la que los recién casados pueden interactuar con los invitados y dar rienda suelta a su cultura. Los novios visten el hanbok, como el de los muñecos, y retoman sus tradiciones coreanas, que en las bodas son muy particulares.

Asiari ha sido escenario de estas tradiciones coreanas. Para los regalos de bodas “simplemente se da un sobre con dinero”, explica Bryan, “y en la puerta del salón hay un señor en una mesa, encargado de anotar quién entrega el sobre y de qué valor para que cuando esta persona se case, los anfitriones le regresen el mismo monto”. A pesar de ser una costumbre que encarna la reciprocidad con milimetría, a Bryan le parece que se ha vuelto un compromiso obligatorio y hasta un negocio.

Si alguien decide comer en Asiari y de repente escucha gritos como si un karateka rompiera una tabla, debe saber que este espectáculo hace parte de los juegos que realizan los novios con el fin de entretener a los invitados. “Para ver si la esposa quiere al esposo, los amigos le pegan a él hasta que ella llore; hoy no se dan golpes, pero sí lo molestan o lo ponen en ridículo para ver cómo reacciona ella”, cuenta Song. Hay otro juego que consiste en taparle los ojos al novio mientras que cinco mujeres, incluida la novia, se ubican detrás de él; solo con el tacto de las manos debe identificar cuál es su esposa.

En estas recepciones hay más de una docena de platos coreanos para escoger. Aunque sean tradicionales y todo el equipo de Asiari se esfuerce por ofrecer sabores originarios de Corea, los insumos son colombianos, al igual que el resto de trabajadores del lugar. La comida que se sirve a modo de buffet incluye varios platos autóctonos, como el bulgogi —delgados filetes de chata, marinados en salsa soya dulce con variedad de verduras a la parrilla— y el champong: una sopa de mariscos con carne de cerdo, espaguetis y variedad de verduras, entre otros. Estos manjares se comen con palitos metálicos, que son los auténticos coreanos.

Paladares opuestos

A propósito de los palitos, Bryan recalca que hay de tres tipos: los japoneses, que son de madera; los coreanos, que son metálicos, y los chinos, que son mucho más largos y de plástico. “Aquí manejamos los palitos de madera y los de metal”. En los salones privados para los coreanos y en los eventos se usan los metálicos, mientras que en el primer piso se ofrecen los de madera. También aclara que hay platos japoneses que se comen con la mano, como el nigiri (la variedad de sushi más popular en el Japón). Originalmente, el nigiri tiene el wasabi por dentro, se coge con la mano, se unta ligeramente en la salsa soya y al momento de llevarlo a la boca, se voltea para que el pescado sea lo primero que perciba la lengua.

“Aquí los bogotanos no comen con la mano, menos en un restaurante gourmet”, dice Bryan; “además, le echan mucha salsa al sushi e ignoran que eso daña el sabor del pescado”. Relata con gracia que cuando va a otros restaurantes de comida oriental, el mesero le trae el tarro de salsa, aunque los asiáticos no necesitan eso. Definitivamente, el paladar y la forma de comer de los colombianos y los coreanos son totalmente distintas. Por ejemplo, el kimchi —una preparación fermentada a base de vegetales— es una comida muy popular y apetecida por los coreanos, pero no por los colombianos. Bryan afirma que solo a uno de cada diez colombianos le gusta este plato donde sobresale la col china. Por diferencias culturales, familiares y sobre todo de crianza, cuando los bogotanos tienen dudas sobre el menú o piden una sugerencia, él recomienda los sushis y platos sin picante.

Y es que en Asiari caben todas las culturas y nacionalidades; incluso Bryan impulsa su cultura oriental y practica su religión occidental. Como es cristiano, no abre los domingos y en los individuales de cada puesto se puede leer Psalm 23. No sale el salmo completo (“Jehová es mi pastor, nada me faltará”) porque la idea es que los que sientan curiosidad, indaguen de qué salmo se trata. De esta manera, busca que sus comensales abran la biblia, así sea solo por curiosidad.

Asiari se ha convertido en un punto de encuentro para disfrutar y explorar la cultura coreana. Muchos niños que practican taekwondo, un arte marcial de origen surcoreano, vienen aquí para profundizar en el origen su práctica, relacionarse con el idioma y la gastronomía. Así mismo, Asiari es un referente para quienes estudian coreano; los aficionados del k-pop o pop coreano y el k-drama, series televisivas de este país, porque no hay duda de que en cuanto entran a Asiari, Corea del Sur deja de estar a 15.000 kilómetros de distancia y se encuentra en cada pared del recinto. Por suerte sigue lejos de la temida Corea del Norte, aunque esté en el norte de Bogotá, en la carrera 18B con calle 108.

*Este artículo fue publicado en la Revista Directo Bogotá, de la Pontificia Universidad Javeriana

últimas noticias