Se requieren $25.000 millones

La reconstrucción del Voto Nacional

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En los últimos años se viene trabajando en la recuperación de la icónica iglesia, que es patrimonio de la ciudad. Además de la infraestructura, se busca reconocer la historia que narran sus paredes.

Las puertas se llenaron de los temidos “sayayines”. Era 2001 y la Alcaldía había decidido intervenir la principal olla del microtráfico de Bogotá, conocida como el Cartucho, por lo que los habitantes de calle rápidamente buscaron refugio hacia el oriente por la Caracas, en la iglesia del Voto Nacional. Eran más de 150 los que estaban adentro del templo y alrededor había más de una docena que se comunicaban a través de walkie talkies, para impedir la entrada de las autoridades.

Este fue al fin de cuentas el inicio del fin, porque desde ahí la iglesia no volvió a ser la misma, que tan solo unos años antes había sido una de las más importantes del país, pues allí era donde los presidentes debían llegar a consagrar al país al Sagrado Corazón, una vez se posesionaban.

“Aquí vimos violar gente, matar a miles de personas con historias muy terribles en el Bronx”, recuerda Darío Echeverry, párroco de la iglesia, al referirse a esa otra calle, mucho más cerca de la iglesia, a la que se trasladó el expendio de droga, que antes estaba en el Cartucho. “Eso afectó seriamente la imagen del Voto. La gente ya no venía por miedo. Entonces este, que había sido el lugar que congregaba la devoción del pueblo, se convirtió en un lugar de temor y miedo”.

Con la falta de fieles, la iglesia se vino abajo. En el primer año de Echeverry se hundió una parte del techo, por lo que tuvieron que cambiarlo, pero eso solo fue la primera alerta. Luego tuvieron que cambiar la red eléctrica, que representaba un riesgo por lo vieja, y prácticamente tuvieron que hacer un nuevo acueducto, pues los cimientos terminaron encima de las aguas turbias de buena parte del barrio. El reloj se paró y la fachada amenazaba con irse al suelo, lo que prácticamente sepultaría a la emblemática iglesia.

Más allá de la estructura, lo que hay es historia. El predio fue donado por Rosa Calvo, en un exclusivo sector de principios del siglo XX, que llevaba directo a la Plaza de Bolívar, para edificar el templo, concebido para consagrar al país a los santos y rogar por la paz, ya que para entonces Colombia sufría la Guerra de los Mil Días.

La iglesia se terminó en 1938 y quedó en manos de la comunidad claretiana, pero pronto la plaza que tiene al frente, y en la que fusilaron a varios próceres como Jorge Tadeo Lozano (sus restos están en la iglesia), Camilo Torres y Francisco José de Caldas, se convirtió en una especie de terminal de transporte, que después dio paso a la avenida Caracas, con lo que finalmente se separó a este templo de la arquitectura histórica de La Candelaria.

Desde 2015 comenzó un trabajo de restauración, en medio del proceso de paz, ya que su construcción se concibió en un contexto similar. La adecuación comenzó con la restauración de la parte posterior, que era la que para ese momento mayor riesgo representaba, trabajo en el que se invirtieron $3.499 millones. Luego vino la segunda etapa que se concentró en la cúpula y el altar por $7.700 millones.

“El reforzamiento se hizo desde los cimientos en el área de la cripta. Se hicieron unos muros desde los trasceptos (laterales del altar) y adecuaciones a las bases principales de las columnas. De ahí en adelante se hizo una unión de la estructura metálica y de concreto, que apoya la estructura que va hasta la cúpula”, dijo Paola Barragán, arquitecta restauradora del Instituto de Patrimonio Cultural.

Hubo varios inconvenientes en el camino. Si bien se hizo la rigidización de la estructura metálica, tuvieron que establecer nuevas bases, debido a que algunas de las columnas no estaban en las condiciones que creían inicialmente. Además, hubo un retraso en el cronograma, debido a que en la cripta se tenía el registro de 1.200 a 1.500 osarios, de los que se hizo la exhumación de 789, que luego volvieron a ser inhumados. No obstante, en el proceso se descubrió una fosa con alrededor de 90 restos, que tuvieron que revisar.

El proceso también incluyó devolverle la identidad a la iglesia, pues, además de volver a poner en funcionamiento el reloj y de restaurar la estatua de la libertad, se volvieron a poner los vidrios con los colores de la bandera en la cúpula, que se perdieron durante el Bogotazo.

“Hay unos vidrios, que eran de seguridad, con un centímetro de espesor y una malla adentro. Allí encontramos vestigios de disparos, que se conservaron, porque en una de las revistas de los padres claretianos conocimos que ese día (el del Bogotazo) muchos dispararon a la cúpula, por lo que asumimos que algunos de esos podrían ser de esa fecha”, dijo Barragán.

Tras adelantar una parte del proceso de restauración, ahora resta la última etapa, que es la más costosa. Para adelantarla se requiere una inversión de $25.000 millones, por lo que planean dividirla en más fases. Esta sería la restauración interna de la iglesia. Aunque las condiciones no son graves, pues lo que se observa es el deterioro natural de la edificación, el párroco Echeverry cree que este podría ser un nuevo resurgir para el templo.

“Esto no es patrimonio de la iglesia. Hay gente sectaria que dice que es problema de los curas, pero no, es patrimonio de la ciudad. Por esta razón, para quienes creemos, pensemos en este proceso desde la fe. Para los que no son creyentes, los invito a verlo desde la historia, la arquitectura y el arte que hemos logrado preservar”, concluyó.

* Nota del Editor

La nota fue modificada debido a que se decía que se decía que la idea surgió en 2016 cuando en realidad la primera fase de restauración comenzó en 2015.

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