Los agentes del orden

La semana pasada cumplí 22 años. Para celebrar hice una fiesta en mi casa, situada en La Candelaria, con más de 100 invitados.

Luis Ángel

Pero después de pasar el día arreglando el viejo caserón para que todo estuviera perfecto y de adornarla con bombas blancas y negras, cuando los invitados llegaron con antifaces y ginebra yo ya estaba muy cansada. A las 2:00 de la mañana llegó la Policía. Todos nos asustamos, no porque estuviéramos haciendo algo malo, sino por el síndrome de persecución que tenemos los colombianos.

Bajé los 23 escalones de madera y les abrí a los agentes del orden con la esperanza de que me regañaran por el nivel de la música y yo pudiera irme a dormir. Sin embargo, no dijeron nada, ni siquiera pidieron que le bajara a la música. Entonces les pedí el favor de que volvieran más tarde para ayudarme a echar a la gente. Estos uniformados siempre están en la esquina, porque mi vecino es un senador de la República.

A las 3:00 de la mañana los policías volvieron y después de ofrecerles paquetes de papas subieron hasta la sala. Sólo se tuvieron que parar allí en frente y, sin necesidad de pronunciar palabra, los invitados desalojaron a la carrera. En pocos minutos la calle estaba llena de gente y mi sala llena, pero de basura. Mi mamá se levantó escandalizada al enterarse de que la policía había entrado a la casa. Empezó a gritar que era el colmo, pero la abracé y le susurré al oído que era yo la que los había llamado porque era hora de dormir. Todavía quedaban algunos rezagados y como todo estaba tan sucio les pedí a los policías que los obligaran a ordenar. Segundos después, todos corrían con bolsas de basura mientras los agentes —estos sí del orden— tomaban té en la cocina con mi mamá. Sólo me resta darle las gracias al honorable vecino.

 

* Las crónicas han sido escritas por estudiantes de la revista Directo Bogotá de la Facultad de Comunicación de la Universidad Javeriana.