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hace 5 horas
Por ahora, se mudan el Jamming y el Estéreo Picnic

Los grandes festivales se alejan de Bogotá

Eventos que nacieron en la ciudad se van a otros municipios de Cundinamarca. Se evidencia la necesidad en la capital de tener escenarios acordes con las expectativas de asistentes, músicos y empresarios. El tema está lejos de tener una solución concreta.

El Estéreo Picnic recibió en 2018 más de 80.000 asistentes, y se trastea debido a la dificultad de hacer un montaje para tal cantidad de público. / Gustavo Torrijos - El Espectador

El Jamming Festival, considerada la tarima de música jamaiquina más grande del continente, abrirá mañana el telón del circuito de festivales musicales, que tradicionalmente se han realizado en Bogotá y sus inmediaciones cada año. A este, en los próximos meses, le seguirán el Estéreo Picnic, Festelar, Sónar y los certámenes gratuitos del Distrito, identificados con el apellido “Al Parque”.

No obstante, la nueva edición del Jamming tendrá una particularidad: aunque inicialmente se realizaría a las afueras de Bogotá y muchos capitalinos compraron las boletas pensando que sería cerca de sus casas, por cuestiones logísticas y administrativas los organizadores lo trasladaron al municipio de Ricaurte (Cundinamarca), a casi 120 kilómetros de la capital y cuatro horas de viaje.

La decisión cambia por completo los planes de los asistentes, quienes ahora no solo les quedará más lejos y muchos tendrán que conseguir hospedaje, sino que les cambiará hasta el clima, pues dicha población queda prácticamente a orillas del río Magdalena.

Y es justo esta determinación de los promotores la que revive una vieja controversia que, pese a que se ha mantenido por años, aún no tiene una solución concreta: la falta de escenarios para realizar conciertos al aire libre y grandes eventos en Bogotá y poblaciones aledañas. El Jamming es el mejor ejemplo, pues en ocho ediciones ha tenido cinco sedes.

Aunque el razonamiento básico puede sugerir que esto es una consecuencia del crecimiento del festival (empezó con 4.000 asistentes en 2012 y en su edición de 2018 registró 15.000 participantes), lo cierto es que más allá de su expansión, hay una industria musical que ya no sabe en dónde producir conciertos que impliquen un gran despliegue de infraestructura.

Ese déficit de escenarios fue el mismo que llevó al Festival Estéreo Picnic, el evento privado más concurrido del país, a cambiar de locación para celebrar en abril sus 10 años de existencia. Ahora el Picnic ya no será cerca del casco urbano de la capital, ya que se trasladará a un campo de golf en Sopó (Cundinamarca). En pocas palabras, más allá de conciertos individuales o festivales de menor capacidad, este año no habrá ningún gran evento en el área metropolitana.

Para los promotores del Estéreo Picnic, si bien no hay polémica detrás de su traslado, sí resaltan que obedece al crecimiento de su audiencia: en 2018 contaron con 80.000 asistentes en tres días, todo un récord, si se tiene en cuenta que en la primera edición (2010) fueron apenas unas 3.500 personas. Gabriel García, CEO de la firma Páramo Presenta, grupo de empresarios detrás del Picnic, el cambio de locación fue en sintonía con el espíritu del festival.

“El Estéreo Picnic es un evento que tiene un componente de fiesta muy importante: va hasta altas horas de la madrugada y se vende alcohol. Los espacios en los que se puede hacer eso en Bogotá son muy pocos, y los que existen siempre tienen problemas, sobre todo por la infraestructura y la movilidad. Sentimos que la experiencia y el montaje pueden ser mejores, porque el área de la calle 222 se estaba quedando pequeña”.

García toca un tema clave en la discusión, pues a esa altura de la autopista Norte solo hay tres carriles, no hay aceras y mucho menos ciclorrutas. Estas dificultades de acceso explican por qué, cuando hay festivales, prácticamente se pierde un carril de la avenida, pues sobre este se ubican los asistentes a la espera de buses, carros particulares y vans, que se ofrecen a llevarlos hasta diferentes puntos de la ciudad. Si se tiene en cuenta que la Autonorte es una vía por la que entran y salen vehículos permanentemente, el tener solo dos carriles generaba enormes embotellamientos en cada concierto.

¿Y el parque Simón Bolívar?

En Bogotá solo hay tres escenarios con capacidad para más de 10.000 personas: el estadio El Campín, el Movistar Arena y el parque Simón Bolívar. Pensar en realizar estos festivales en los dos primeros parece imposible, ya que, si bien cuentan con la capacidad, no tienen espacio para la infraestructura paralela a estos festivales, como carpas y juegos. Por descarte queda el parque Simón Bolívar, que es la actual sede de Hip Hop y Rock al Parque, festivales que reciben casi tres veces la asistencia del Picnic o el Jamming.

Entonces, ¿por qué no hacerlo allí? De entrada, hay dos restricciones: los horarios y la venta de alcohol. Estos festivales están programados para durar mínimo hasta la 1:00 a.m., contrario a los eventos “Al Parque”, que finalizan por lo general antes de las 10:00 p.m. Además, en estos certámenes distritales está controlada la venta de licor, caso contrario a los eventos privados que derivan gran parte de sus ingresos del patrocinio de marcas de cerveza y otras bebidas embriagantes.

Fernando Escobar, director de proyectos de Move Concerts Co., empresa responsable de conciertos históricos como la de Roger Waters y The Rolling Stones, explica que el apoyo en Bogotá no ha sido el esperado para hacer crecer este tipo de eventos. “La parte tributaria en Bogotá es muy complicada y uno encuentra más apoyo en municipios aledaños. En la capital no hay apoyo completo a los promotores, pues están enfocados en los festivales “Al Parque”. La Alcaldía podría patrocinar un poco más estos eventos, porque se vuelven un tema de ciudad. Y aunque el Movistar Arena solucionó parte del problema, caben máximo 12.000 personas y no hay cómo montar pantallas o tiendas, y tampoco les interesa”.

Ante estas críticas, el Distrito, a través de la Secretaría de Gobierno, tiene su versión: no hay falta de apoyo, sino que existe una compleja directriz para expedir los permisos para actividades con alta aglomeración de público. Dentro de dicha norma están las exigencias de un plan de emergencias, garantizar adecuadas condiciones sanitarias y ambientales, cumplir con los topes de intensidad auditiva y horarios, y el pago de tributos como los derechos de autor y contribuciones parafiscales.

El Distrito sabe que el tema de un escenario para grandes eventos está en mora. Por eso, en el proyecto de Plan de Ordenamiento Territorial (POT), que se discutirá este año, plantea que “es necesario reconocer el segmento productivo y creativo de la música en vivo como dinamizador de la economía de la ciudad, y la necesidad de reglamentar estos espacios para generar modelos de negocio diversificados, que irremediablemente están vinculados con la venta y el consumo de alcohol”.

Sin embargo, dicho POT plantea que estos espacios pueden habilitarse siempre y cuando se cumplan las condiciones del Distrito, pero no plantea, por ejemplo, las zonas de la ciudad donde se podrían desarrollar dichas actividades. Según los empresarios de conciertos, aunque hay reuniones ocasionales con la administración, el tema de un nuevo escenario al aire libre nunca se ha puesto sobre la mesa. Si a eso se suma que poco se ven los frutos de la Ley de Espectáculos, que ordena que el Ministerio de Cultura recaude un porcentaje de la boletería para invertir en la construcción y mejora de escenarios, el panorama para la realización de grandes festivales en Bogotá no es muy claro, y seguro estará en discusión por mucho tiempo más.