Yuliana Andrea Samboní: los lugares del dolor

En el barrio Bosque Calderón, donde vivía Yuliana Samboní, el silencio es el testimonio de la pena. Mientras, frente a la clínica Navarra, donde estuvo hospitalizado el presunto asesino, la rabia se canalizó en el estruendo de los carros.

Bogotá está entre dos emociones: el dolor y la rabia. En la casa de Yuliana Andrea Samboní, el silencio es la manera de exteriorizar el sentimiento. Los vecinos reunidos al frente de la vivienda apenas cuchichean entre ellos. Los equipos de sonido que retumban en cada cuadra del barrio no lo hacían en esa. En la esquina de la clínica cardiovascular Navarra, en cambio, el ruido fue el desahogo. En la mañana del martes, cuatro hombres atravesados entre el tráfico de la calle 106 les pedían a los conductores que hicieran sonar sus pitos. Y todos obedecían el mandato. Buscaban hacerse escuchar en la habitación donde estaba internado el único procesado por este crimen y que posteriormente fue trasladado a los juzgados de Paloquemao, donde la juez decidió enviarlo a la cárcel.

A la entrada del barrio Bosque Calderón hay un letrero de bienvenida y un Cristo de piedra con los brazos extendidos. Al frente queda el colegio Simón Rodríguez, donde estudiaba Yuliana. Sólo hay que preguntar dónde vivía “la niña”. No es necesario mencionar su nombre para que todos señalen a lo alto del cerro. Aparece una hilera de casas de ladrillo y zinc. La carretera se va haciendo estrecha y a medio camino el asfalto se vuelve tierra y piedra. Es la vía por la que los vecinos dicen haber visto, al menos dos veces antes del pasado domingo, la camioneta gris en la que, según las autoridades, fue secuestrada la pequeña.

En lo alto aparece la casa a la que llegó la niña con su familia hace cuatro meses, cuando salieron de Cauca en busca de mejores condiciones de vida. La fachada blanca, la puerta azul. Al frente, sobre el andén, un altar sencillo: velas, una mesa de metal y un ramo de flores blancas. Los vecinos, de pie y con respeto, comentan lo que ha pasado desde el domingo, cuando se supo en cada casa que una niña se había perdido. Muchos estuvieron en el parque de Lourdes la noche anterior, alzando su voz contra el asesinato y el abuso de Yuliana.

Comentan que el barrio, que hace un siglo se formó sobre los cerros, es tranquilo. Que hasta el domingo mandaban a los niños de compras a la tienda sin ningún temor. En la zona donde vive la familia de Yuliana tienen todos los servicios públicos. Un poco más arriba no ha llegado el acueducto. Desde la loma, la vista es contrastante. Abajo, al otro lado de la Circunvalar, se ven las torres de estrato 6 de Chapinero. En una de ellas apareció el cuerpo maltratado y sin vida de la niña.

En la clínica Navarra, donde estuvo internado Rafael Uribe Noguera, las cosas fueron opuestas. Pasa una señora con una niña en el asiento de copiloto y se le atraviesa José Rodríguez con una pancarta en la que se lee: “Pida solidaridad y justicia para Yuliana. Pite!!!”. La mujer obedece, hace sonar la bocina con rabia. La escena se repite con cada vehículo que pasa. Es el único trancón en la ciudad donde los conductores no se molestan por estar atascados.

José Rodríguez, quien dirigió el ruido, llegó hace 10 años desplazado desde el cabildo de Palonegro, en Tolima, de una de las mismas comunidades indígenas a las que pertenece la familia de Yuliana. Dice que se va a quedar allí hasta que salga Uribe Noguera. El lugar estuvo rodeado también por agentes del CTI, que buscaban garantizar la seguridad del sospechoso. Adentro, la Policía custodiaba su habitación.

Mientras las investigaciones del crimen avanzan, la ciudadanía sigue mostrando su repudio por el asesinato de Yuliana Andrea. Entretanto, este miércoles será velada la pequeña y después, la familia Samboní viajará hasta su lugar de origen en el Cauca, donde la sepultarán.