Un niño fue atacado en La Conejera

Los perros que se vuelven salvajes en Bogotá

Muchos de estos se agrupan en manadas, que se han establecido en humedales y en los cerros. No suelen ser violentos, pero sí representan una amenaza para la fauna silvestre.

Cristian Garavito - El Espectador

En el humedal Juan Amarillo la condición es alarmante. En una caminata, por fuera de los senderos establecidos para quienes visitan el lugar, recurrentemente se ven perros. Son manadas que aparecen cada tanto, hasta de siete animales, que posan sus miradas penetrantes sobre quienes se atreven a atravesar sus límites, donde han perdido su condición de animal doméstico y se han vuelto salvajes.

La escena no es única del Juan Amarillo. Circunstancias similares se han evidenciado en otros humedales de gran tamaño y que se conectan con ecosistemas como el Córdoba, Jaboque y La Conejera. También se han identificado en espacios que conectan la zona urbana con la rural, como los sectores de Quiba y Mochuelo Alto, pero quizás el principal problema está en los cerros orientales, donde se sabe que hay grandes manadas, pero no se ha establecido la cantidad.

En su mayoría, se trata de perros que fueron abandonados, pues en la ciudad se ha vuelto costumbre dejarlos en zonas boscosas, como lo son los humedales y la falda de la reserva forestal protectora de los cerros orientales. Ante las circunstancias los animales deben aprender a sobrevivir y comienzan a perder su carácter doméstico. Primero se agrupan en manadas, la mayoría en grupos que suman hasta 10 animales. Luego siguen su instinto de supervivencia y cazan roedores, como ardillas y ratones.

De acuerdo con Julián Tarquino, coordinador de registro y control del Instituto Distrital de Protección y Bienestar Animal, los animales pierden el vínculo por el humano y tienden a ser carnívoros, pero no agresivos. “Solo atacan si ven amenazadas sus presas, porque por lo general al sentir la presencia de personas huyen”.

En la ciudad hay identificados al menos un millón y medio de mascotas, es decir, perros y gatos, de los cuales al menos el 15 % viven en la calle. Según Fernando González Maya, director de Procat Colombia, dentro de estos animales ferales hay dos grupos. El primero son aquellos que aprenden a vivir entre las comunidades, “pero, ante la falta de comida, deben meterse a los humedales para conseguir lo que les hace falta y terminan cazando”. El otro suele perder por completo el contacto social. Ante estas circunstancias, según González Maya, “recuerdan su ascendencia de lobo y comienzan a vivir de lo que cazan”.

El Distrito ha identificado que se alimentan especialmente de avifauna y roedores, a los que pueden acceder fácilmente, como ardillas, curies y ratones. Sin embargo, Procat ha evidenciado que en los cerros ha amenazado a los tigrillos lanudos y los cuzumbos, que evitan cruzar por las zonas donde se encuentran estos perros. Incluso, en el Parque Nacional Natural Chingaza es tal la situación, que se ha reportado hasta la caza de venados.

“Los perros son muy generalistas. Sus parientes silvestres tienen comportamientos parecidos, es decir, son cazadores oportunistas y no se apegan a una dieta específica, sino que todo depende de su disponibilidad”, dice González. Los principales problemas del aumento de estas manadas radican en las afectaciones que pueden generar en los ecosistemas, dado que ponen en peligro especies nativas y generan inconvenientes de salud pública, tanto para otros animales como para los humanos.

Recientemente, en el humedal de La Conejera, por ejemplo, una manada de perros atacó a un niño de nueve años. El hecho llamó la atención de la opinión pública, ante las condiciones en que el menor fue agredido, pues los caninos le produjeron tales heridas, que tuvo que ser internado en cuidados intensivos.

Si bien el Instituto de Protección Animal identificó que esta manada había atacado al menor, porque personas dentro del humedal incitaban a los animales a ser agresivos, el hecho dejó en evidencia otra situación: poco se ha hecho para identificar y controlar a los perros y gatos salvajes en zonas boscosas y humedales de Bogotá.

Arduo trabajo

Desde hace un año el Instituto de Protección Animal creó el equipo CES (capturar, esterilizar y soltar), bajo el cual se ha comenzado a tratar estos animales. “Hay un proceso donde, inicialmente, se hacen visitas a las zonas para identificar cuántos animales hay y en qué condiciones están. Después se hace la sensibilización, porque en la mayoría de los casos no están acostumbrados al contacto humano. A partir de ahí se monta un corral, para comenzar la captura”, señala Tarquino.

Primero se inicia con la captura de los más pequeños, los cuales tienen procesos más cortos de socialización, para comenzar el proceso de adopción. En el caso de los adultos, son mantenidos en los corrales donde, además de empezar el proceso de sensibilización, son esterilizados y vacunados. Si no se logran recuperar, al finalizar el proceso los vuelven a soltar en las zonas donde los hallaron.

Esto se hace, según Tarquino, porque “si los sacan a todos, queda libre el espacio con recursos que ya ha dejado la manada, por lo que es muy probable que vuelva a conformarse un nuevo grupo, con nuevas enfermedades y conductas, mientras que si dejamos una manada estable, protegerá su territorio hasta que fallezcan”.

Sin embargo, este no es el único problema. Así como la gente suele abandonar los perros, también lo hacen con los gatos. En el caso de estos animales, las condiciones son más difíciles, pues tienden a ser más independientes, cazan solos y, por consiguiente, no es fácil su identificación y captura.

El nivel de depredación de los gatos es diferente, porque son más eficientes y dentro de su dieta se incluyen aves, ya que pueden escalar árboles y atacar nidos. En este caso diferenciar los ferales de los caseros es más complicado. “No tenemos ni idea si hay manadas. Lo que sí se ha cuantificado en otros países es que su afectación es mucho mayor, porque incluso los gatos domésticos, que son libres también, generan este tipo de impactos en el entorno”.

Las soluciones son claras. González Maya advierte que el control de los perros salvajes está en la prevención y en el trabajo que realice el Distrito. “Hay picos en los que se exacerba el problema, por ejemplo, a principio de año, cuando la gente deja botados en los humedales y los cerros a los animales que les regalan en Navidad”, por lo que advierte que el principal enfoque es preventivo, pues debe haber en la ciudad mayor conciencia del manejo y la responsabilidad de adquirir una mascota”.

Con respecto al trabajo del Distrito, hasta ahora se está estructurando, pues antes de la conformación del Instituto de Protección Animal no se tenía claridad de quién debía atender esta problemática. Quienes están detrás de este proyecto trabajan de la mano de expertos, que quieren conocer las condiciones de estos animales, y de las alcaldías locales y la comunidad, que han ayudado con la construcción de jaulas y guacales, con materiales reciclados, para la captura de estos animales.

Para González Maya, hay que hacer un trabajo fuerte a largo plazo, pues tanto el control como la sensibilización está en manos del Distrito. “Estos animales hay que extraerlos y rehabilitarlos. Necesitan un control urgente, porque representan un riesgo de salud pública para los ecosistemas, y eso demanda una responsabilidad más proactiva para controlar el problema. Eso se logra con más campañas para que la gente entienda que abandonarlos se considera maltrato animal, lo que es penado por la ley. No podemos seguir afectando a la ciudad por ser irresponsables con estos animales”.

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2019-06-15T22:00:26-05:00

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2019-07-06T18:59:59-05:00

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Mónica Rivera Rueda / [email protected] - @Yomonriver

Bogotá

Los perros que se vuelven salvajes en Bogotá

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