Los problemas de los taxistas, más allá del choque contra Uber

Los conductores se movilizan, de nuevo, para mostrar su inconformismo con esa aplicación tecnológica. Independientemente de esa discusión, el panorama laboral que viven es precario.

Foto archivo El Espectador

Vuelve juegan las protestas de los taxistas contra Uber. Esta vez, en Bogotá, los conductores se movilizarán hasta el Ministerio de las Tecnologías de la Información y Comunicación para mostrar su inconformismo sobre esa plataforma digital a la que acusan de competencia desigual. Pero más allá de ese reclamo, que viene desde hace casi dos años, los taxistas viven otras penurias, marcadas por unas condiciones laborales adversas.

Después de un mínimo de 12 horas de trabajo, un taxista regresa a casa con $50.000 en el bolsillo, de los $200.000 que pudo recoger a punta de carreras en Bogotá. ¿A dónde va el resto del dinero? Según un estudio del Centro Nacional de Consultoría, en Bogotá, Medellín y Cali, sólo el 17% de los conductores son propietarios de sus taxis. Los dueños suelen ser los mismos propietarios de los cupos, es decir, el derecho a que un taxi opere, el cual está avaluado en $100 millones.

Al no ser dueño del carro, el taxista debe pagar un producido —como un alquiler— diario, que está entre los $60.000 y los $100.000. Adicionalmente, tiene que tanquear el vehículo, en lo que puede gastar $40.000 diarios, y dos o tres veces a la semana debe lavarlo, es decir, otros $6.000 por una juagada. Con lo que le queda mensualmente, entre tanto descuento, también tiene que pagar su seguridad social y los demás cobros que le hace la empresa a la que está afiliado.

Mucho trabajo y pocas ganancias. Ese es el panorama en el que viven los taxistas en todo el país. En 1993, supuestamente se congeló en Bogotá el número de taxis con autorización para circular por la ciudad y se estableció que para el ingreso de un vehículo nuevo se debía chatarrizar uno viejo. Esta figura, que se denominó derecho de reposición, es lo que se hoy conoce como cupo. A partir de entonces, la persona que quería entrar en el negocio dejó de tramitar su permiso ante una entidad pública, para dar pie a un negocio entre particulares que nadie controla.

De ese modo, el precio de los cupos quedó sujeto a la especulación. El que lo compró en $3 millones a mediados de los noventa lo pudo haber vendido en $60 millones hace diez años. Ahora, cada cupo en Bogotá está valorado en casi $100 millones. Si se tiene en cuenta que hay 52.768 taxis autorizados, el negocio de los cupos rondaría los $5,2 billones sólo en esta ciudad. Las cuentas son mucho más largas si se tiene en cuenta que en todo el país operan 480.000 taxis.

“Si las empresas fueran organizadas, manejarían los cupos ellas mismas y los venderían a cada persona. Así se podrían controlar los precios y no quedarían a lo que crea la gente del gremio. Pero a la empresa sólo le interesa que le paguen el rodamiento y el seguro”, sostiene Jaime Mendoza, propietario de un taxi en Manizales.

Pese a las dimensiones del negocio, los conductores están sometidos a condiciones precarias de trabajo. Aunque se exponen a los riesgos diarios del trabajo en la calle, ni siquiera tienen garantizada su seguridad social. Las ganancias se quedan en los bolsillos de las cerca de 500 empresas que sirven de intermediarias en Colombia y en los dueños de los cupos y los taxis, quienes a veces tienen bajo su control un vehículo, pero pueden llegar a tener cientos.

Ante este panorama, en 2014 se expidió el decreto 1047, con el que las empresas quedaron comprometidas a aportar para la seguridad social de los taxistas. En Bogotá, el entonces alcalde Gustavo Petro autorizó el alza en la tarifa básica para contribuir en los aportes de los taxistas. Pero esas medidas no han sido más que saludos a la bandera, pues la mayoría de conductores siguen cotizando por su cuenta para poder trabajar.

Aun así, el reclamo de los taxistas se centra en la prohibición de las plataformas digitales. A pesar de las protestas, la llegada de estas plataformas al mercado colombiano, como se ha venido dando en todo el mundo, parece no tener reversa. En el aire queda la duda: ¿es ese el verdadero problema que tienen los taxistas?

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